Blogia
RUA DOS ANJOS PRETOS

EL CANDIL DE ESTA RUA

LAS DESPEDIDAS SON LA CERTIDUMBRE DE LO IGNOTO

LAS DESPEDIDAS SON LA CERTIDUMBRE DE LO IGNOTO

En estos últimos diez años he aprendido a escribir muchas despedidas. Dicen quienes las leen que cada vez lo hago mejor, despedirme. Quizás sea porque la ciudad que actualmente resido es la octava localidad por la que paso y dejo unos años de mi vida, y he ido despidiéndome por el camino de mucha gente, de los que actualmente desconozco todo y sólo quedan de ellos vagos recuerdos, momentos especiales y se desdibujan sus caras, o se entremezclan y le pongo frases a unos que son de otros y hago travesuras con gentes que nunca fueron traviesos.

En ésta que hoy escribo, que es una despedida sin serlo, también hay música en mis auriculares, un grupo que me tiene fascinado últimamente de nombre excéntrico y poco ortodoxo, y que me reservo, pues ya les he puesto algo de ellos en alguna ocasión. Y hablo de perros, que lo hago mucho en mis despedidas, porque tengo de fondo el llanto de uno de ellos, el de mi vecina del bajo-be, que piensa que el patio de luces es caninamente suyo. No es el mismo inquilino que educadamente deposita sus heces en la piscina de nuestra comunidad, lo que es de un mal gusto sorprendente incluso para un perro, sobre todo si tenemos en cuenta que nuestra piscina, como también les expliqué con anterioridad, está en la azotea del edificio y, por lo tanto, hay que ascender para la deposición, lo que es raro hasta para un cánido, no me digan. En mi personalísima investigación y particularísima deducción posterior llegué a la conclusión de que el cánido de muelle flojo había sido víctima de un ataque y temía por su vida. Conocedor el cánido de toda la filmografía de Wes Craven, optó por recorrer el mismo tránsito que sus musas. Como Sandra Cassell, Leslie Hoffman o Neve Campbell subió los peldaños que subían a la salvación de tres en tres y, en lo alto, viendo cómo la ciudad silente y dormida nada podía hacer por rescatarle de las fauces de la muerte, el pánico lo enroscó entres sus fauces cual mórbida anaconda, abriéndole los canales del esfínter como a los pasajeros de un aeropuerto en cuanto pisan tierra.

Las despedidas implican en el 99% de los casos un viaje. Puede ser éste físico, espacial o mental, pero siempre se hablará antes, durante y después del viaje que provocó la despedida.

He aprendido con los años y el ostracismo extremeño que cada vez me resulta más difícil despedirme, y les prometo que estoy habituado a ello. Alternativamente a esta columna estoy escribiendo mi despedida número 26, la que en cada número les ofrezco a los lectores de nuestra revista, El Coloquio de los Perros, y de la que también tienen noticia por aquí. De éstas, cuando el azar o la necesidad me obliga a releerlas, diré que también he aprendido. En ellas, ya lo dije, siempre hay una canción dando vueltas y bien que se podría hacer una antología de la despedida con ellas.

Y he aprendido que se organizan timbas de póquer en los contenedores de basura, y que por eso pesan tanto a partir de la medianoche. Que la soledad es la mejor aliada de la locura y que no sólo somos como los cánidos que suben a las azoteas a defecar, sino que somos también licenciados Vidriera, cada vez más opacos. Que puedes llamar a las tantas a los tele-chinos para que te traigan tabaco y alcohol. Que la palabra ya no es milagro, sino moneda de cambio de los mercaderes del prime-time, que abren cajas de seguridad donde guardar las miserias humanas y sacarlas a la luz para subir las audiencias. Que, en contra de lo que toda una generación había creído, Matrix no estaba evolucionando y que daba igual qué pastilla eligiera Neo. Que en algunas geometrías suburbanas la música es un casus belli y sirve como excusa para lanzar piedras contra las fuerzas del orden para salir de la monotonía. Que el mundo que vemos en directo y el mundo en directo que nos ofrecen nunca es el mismo.

Y, sobre todo, he aprendido que las despedidas no han de hacerse bajo los efectos de la anestesia y que cargar con ellas cuesta demasiado, tanto como las maletas que adornan la escena y que representan símbolos de alguna pérdida siempre. Porque nunca sabes si le estás dando el último adiós a alguien amado, nunca sabes si no has dicho demasiadas pocas cosas. Nunca sabes nada. Sólo que particularmente ya he vivido muchas, y cada vez son más amargas.

Las despedidas son la certidumbre de lo ignoto.

 

p.d. Canción del día: Across the Universe, Beatles

p.d. 2. Leído en Días de Radio el 20 de octubre de 2010.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

LA VIDA ES UNA CERVEZA CON AMIGOS

LA VIDA ES UNA CERVEZA CON AMIGOS

La vida es una cerveza con amigos una tarde de lluvia improvisada y sin prisas, una palabra de cuatro letras, un hueco en un autodefinido, una beca ERASMUS recibida y disfrutada a los 76 años, es un amanecer, un atardecer y poco más.

La vida es la mirada imparcial de 90 años de la bailarina cubana Alicia Alonso, de sus cientos de representaciones de Giselle, la heroína del libreto del romántico Théophile Gautier desde 1972; es un breve encuentro en Murcia con Augusto Roa Bastos moviendo una mesa, con Maya Plisetskaya, persiguiéndola por los callejones de la tercera planta de El Corte Inglés, entendiéndonos en una extraña combinación de francés e inglés; es una foto borrosa de mi grupo de octavo de EGB en Toledo con Marcelino Camacho y la voz de un - a día de hoy – militante socialista rogándonos que, por favor, no se la enseñáramos nunca a su madre, la mujer del notario del pueblo.

La vida es el espacio de tiempo que va de una aparición a otra en Telecinco de Belén Esteban; o los días que nos damos cuenta que hace mucho que no sabemos de Boris Izaguirre o Mercedes Milá y seguimos aquí y no ha pasado nada.

La vida es un café en Piazza Della Rotonda, en Roma, leyendo las inscripciones en mayúsculas del Panteón de Agripa detrás del Obelisco, intentando recordar que Tertium indica que el monumento fue mandado hacer durante su tercer consulado; es la risa de Katherine Hepburn a través de la gran pantalla y en versión original; es el instante preciso del cameo de Alfred Hitchcock y descubrirlo sin perder el ritmo y la intriga de sus películas.

La vida es Karolina Kurkova en todas sus vertientes, en todos sus vértices, declarando que el glamour es cosa de pijas, que hay que aprender para no perderse en sus excentricidades, y que hay que sobrevivirle porque hay que hacer la compra, cocinar y coger el metro; es tropezarse con una mirada perdida de Penélope Cruz en un concierto de Prince y ruborizarse como uno lo hace ante la Sibila de Delfos que capta toda nuestra atención en la Capilla Sixtina.

La vida es la sorpresa que nos proporciona cualquier regalo inesperado y la sensación que se nos queda en el alma de que ese momento no nos pertenece a nosotros, que se lo hemos robado a otro o se extravió de una escena de película en blanco y negro; es no hartarse de reencontrarnos en la placidez del sofá con el dinosaurio de Augusto Monterroso; es el olor a champú de la persona que una noche se ha quedado a dormir y que todavía no se ha marchado al despertarnos.

La vida es Allisson Le Borges embutida en unos leggings reforzados en caderas y buscarle entre los encajes, como si resolviéramos una sopa de letras, los parecidos razonables con su abuelo, Alain Delon; es Marylin Monroe reclamándonos su atención, pidiéndonos ayuda a través de la cámara de Cecil Beaton; es una lista de regalos navideños que, al menos, contenga una botella de Matarromera; es pensar que puedo reencontrarme con Susanne, después de casi cuatro años sin vernos, en los que ella ha sobrevivido a un cáncer y saber que voy a emocionarme en ese primer abrazo.

La vida a veces incluso es como leerle sánscrito a un burro o hacer helado de tocino, es ese día que llegas tan desencantado a casa que quieres tirarlo todo por la borda y comenzar de cero, aun sabiendo que después la almohada te dictará otros menesteres y te organizará el próximo día de manera similar al que acabas de dejar de lado.

Porque la vida a veces también es deleitarse en la más perezosa de las actitudes perezosas, o sentarse en la mesa de escritorio de tu abuelo en la que escribiste tus primeros versos y holgazanear, leyendo a los amigos o escaneando fotos ya ancianas, que te traen momentos y lugares que casi cuesta ubicar. La vida también es demorarse al fregar los platos, dejando que suenen los Pixies cada vez más alto, esperando que el otro lado de tu cama regrese del trabajo y encontrarte en su boca, preguntarle cómo ha ido todo, que será igual que siempre, abrazarla pese al calor, disfrutarla esas breves horas antes de que os rapte el sueño tumbados en el sofá.

La vida, en ocasiones, es amar, pero pareciendo que no haces nada, como si fuera una certeza cotidiana, afianzándote más en ella, recordando las palabras de Susanne desde Berlín, asegurándote que son tiempos extraños los de un cáncer y que cuando termine la lucha volverá a vivir. Más que antes, asegura.

 

Canción del día: What’s Good, Lou Reed

p.d. Leído en Días de Radio el 5 de Octubre de 2010.

 

 

EL PÓQUER COMO RENOVACION DEL CASINO

EL PÓQUER COMO RENOVACION DEL CASINO

Me encontraba en esos minutos de la basura en los que nos sentamos a esperar que se haga nuestra hora de salida para terminar mi jornada laboral del sábado. Cogí una revista que había por allí, cerca de la mesa. Una de ésas que los hoteles tienen a modo de promociones varias. Hablaba de póquer, una de esas publicaciones que te hacen un resumen mensual, amplio y exhaustivo de todo lo acaecido en los innumerables campeonatos y torneos que se celebran  a lo largo de todo el orbe terrestre. Una de tantas que han ido proliferando en los últimos cinco años en nuestro país, en la que cuatro o cinco jugadores profesionales consagrados se lo guisan y se lo comen para demostrarles a los demás lo cojonudos que son y lo mucho que les gusta mirarse el ombligo.

Un artículo levantó especialmente mi curiosidad, más que mitigada a tales horas de la mañana. Se trataba de una especie de historia abreviada del juego en España en diversos capítulos. En esta ocasión, casualidad de casualidades, le había tocado al capítulo del póquer nacional. En él se atrevían a asegurar, grosso modo, que los casinos subsistían anquilosados en un bucle que iba repitiendo los periodos que se dieron durante el Medievo: Alta y Baja Edad Media y que los colonos que fueron a hacer las Américas, exportando el Poker Texas Hold’em de Las Vegas para promocionarlo aquí y darle la alcurnia y el prestigio que hoy tienen fueron los Giotto, los Botticelli, los Donatello de la actualidad. Con ellos llegó el Renacimiento a las salas de juego y todo se volvió mágico de repente y accesible.

Son esos jugadores profesionales, cuyo atuendo principal son unas gafas negras, los que pueblan los pasillos de los casinos, aullando ante la valentía de un fulano que se juega la posibilidad de hacer una escalera con una trucha, que, para los profanos como un servidor, es una de las mejores jugadas que hay con tus dos naipes y al que vitorean porque se ha llevado después de unas horas un premio de 3000 pavos. Insertos en las más variopintas publicidades de las casas de apuestas virtuales que pululan por esta Nueva Europa que están construyendo, con sus gorras de béisbol americano o sus capuchas de skaters, aseguran que esta nueva configuración del paisaje ha cambiado el obsoleto y rancio abolengo de las salas de juego, en las que, hasta hace bien poco, se solía exigir etiqueta o no se permitía el acceso a ellas sin un calzado apropiado al menos. Lo mínimo que se pedía era una chaqueta para los caballeros y vestido para las señores y el personal te trataba de usted en cada momento, aunque pasaras allí más horas que ellos mismos y supieran más de sus cosas que su propia familia. Dentro del colmo del elitismo recalcitrante, hasta contaban con un servicio de guardarropía, donde también se podía alquilar ciertos enseres, necesarios para la entrada al recinto de juego.

Pero como dicen estos pupilos de Da Vinci, son nuevos tiempos y hay que espabilarse. Los casinos se han reciclado para dar cabida a más visitantes y potenciales clientes y se han ido quitando - algunos paulatinamente, otros de un plumazo - todo el boato y la etiqueta de club selecto que antaño todos conocíamos y que, al parecer, tanta grima daba a los que sabían que con el contenido de su cartera no podían ascender tales escalones. Ahora las chanclas, los chándales y los bermudas están a la orden del día y cualquier billete de curso legal es recibido con la mejor de las sonrisas. Entran como quien ha quedado para hacer botellón con sus esparteñas fashion y acoplándose en las posturas más risueñas para que apreciemos correctamente sus shorts de marcas reconocibles para todos y se les trata más campechanamente que a la familia real. Cuando hay que requerir la presencia de alguien por megafonía interna para comenzar un sit&go se les llama por su nombre de pila y todo el mundo parece de lo más feliz.

Y a mí me ha dado, fíjense qué cosas, a las cinco y media de la madrugada, por extrapolar todos estos signos de decadencia de este pequeño circo de las vanidades al resto de la sociedad, donde lo vulgar arrasa hasta la ataraxia y uno puede señalarle a su compañero ocasional el detalle de la vena de una mano en un cuadro de Renoir con la ayuda de un objeto punzante como es un paraguas y nadie de los que ven la escena le llamarán la atención horrorizados ante tamaña desconsideración y falta de educación. Por lo visto y sentido en mis diez años largos de servicio al cliente, éstos, ellos, nosotros, todos, tenemos ciertos derechos inalienables al adquirir una entrada o al traspasar una puerta. Es decir, derechos que no se pueden enajenar, que no se pueden ni vender, ni ceder ni transmitir legalmente. Y a todos nos gusta ser clientes en esta sociedad altamente consumista. Que nos traten exactamente como nosotros queremos: como a un perfecto cliente.

La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: si cuando adquirimos ciertas entradas nos convertimos en clientes de inmediato, y dejamos nuestra parte de ciudadanos en la puerta, antes de entrar, a la señorita amabilísima de la recepción o del guardarropía.

 

Canción del día: Viva las Vegas, de Elvis Presley.

p.d. Leido en Radio Candil el 21 de Septiembre.

99 ES COMO 100-1

99 ES COMO 100-1

Ustedes los occidentales escuchan látigo y se les va la cabeza. Se imaginan a una mujer embutida en un ridículo traje de cuero minúsculo, se les llenan las neuronas de depravación, transformándose en íncubos lascivos a la caza de un buen ejemplar que llevarse a las caderas, se tiran como posesos a libar la punta del zapato de la portadora del látigo. Llámenlo paradoja si quieren, pero aquí, en nuestra civilización, casualmente, también con la palabra látigo a muchos se nos transporta el pensamiento hasta una mujer enlutada, pero con velo, pecaminosa, cancerígena y adúltera. En el fondo, podríamos decir que somos tan parecidos… Pero ustedes tardarían en siglos en creerlo…

Ustedes se levantan por la mañana, preparan el desayuno y, como no son horas de ir a por el periódico local, ponen su canal de televisión preferido para amenizar el café con lo más destacado de la jornada anterior. En nuestro caso, ponemos Al-Jazeera y desayunamos agradablemente con el sabor de la justicia y la noticia de que a la mujer iraní condenada a muerte por adulterio le darán otros nuevos 99 latigazos, pues nunca está de más unos buenos azotes bien propinados, para que el resto observe cuán ejemplarizante y purgativo es quitar los pecados del espíritu antes de entrar en la otra vida, es decir, antes de pasar a mejor vida, que es un eufemismo para decir que nos liquidan para el otro barrio. Bueno, me ha salido otro eufemismo, qué podemos hacerle, si aquí somos tan eufemísticos, que ahora me pregunto si vendrá de místico esta palabra. ¿Serían los místicos del Éufrates los primeros eufemísticos? Tendría que mirar en la wikipedia.

Nunca sabremos si realmente es adúltera o no, pero conocemos el delito y la pena, la exculpación a la que será sometida públicamente y sus más que presumibles consecuencias, a pesar de los protestantes insurgentes occidentales, que están deseando venir a adoctrinarnos y a decirnos cómo debemos hacer lo nuestro, ellos que no saben siquiera gobernar su propio mundo opiáceo y se escudan en faldas de Dior para los flashes.

Personalmente, poco o risibles me parecen los cinco años que lleva en la cárcel esa mala pécora de Ashtianí, ya la podrían haber lapidado hace tiempo y ahorrarnos la deshonra de tener que mirarla a los ojos y una buena cantidad de impuestos para salvaguardar su manutención.

99 latizagos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco… Y así podría seguir mi cuenta hasta casi la centena. ¿Han escuchado mentalmente el chasquido del cuero tras cada uno de los números? ¿Han sentido su espalda desnuda, acicalada con la púrpura de su sangre centelleante? ¿Han visto la sangre derramada de los labios de su hijo, lacerante por la impotencia que causa el castigo?

99 latigazos, cifra mágica, por consentir tomar una foto sin velo, rigiéndose por las barbaridades occidentales, ese Disneyland inmundo, que van a convertir nuestro paraíso en un reducto de insurgentes. Los innombrables salen con la idea descabellada de que no es ella la modelo de la foto, pero es más evidente que nuestra justicia, auspiciada por los dones divinos, jamás tropieza. Y la difamación que de la decencia ha hecho Ashtianí es intolerable, a pesar de nuestra conocida tolerancia. Pero ya me estoy viendo a los franceses… Oh, los occidentales arbolando su simpleza bajo los canales retrógrados de la indecencia… Oh, ese enano de Sarkozy, ninguneado por su atribulada señora… Sólo ellos hablan de normalidad cuando ven a una mujer maquillada y resaltan su belleza para crear la autodestrucción y contaminar el germen de todas sus iniquidades… ¡Pobres brutos!

Desde mi ventana amanece sobre la cúpula de la Ópera Garnier aquí en París, y el día comienza apacible. El servicio de habitaciones toca a mi puerta, trayéndome el desayuno. Debo abrirles. Es tiempo de ir dejándoles. Tengo que apresurarme. Dentro de dos horas me reuniré con el señor Lombardi, algo así como un portavoz del Vaticano. En mi calidad de diplomático, no puedo salirme del guión y es bueno para nuestro gobierno estas publicidades tan gratuitas… Así que no hay más remedio que escuchar al tarado con alzacuello. Mientras él hable, yo iré  palpando la delectación de los 99 latigazos: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Y con esa satisfacción iré asintiendo con la cabeza a sus rogativas y presumibles consejos, hasta que termine su dichosa  cháchara cristiana.

 

Canción del día: TOXICITY, SYSTEM OF A DOWN

 

p.d. Leido en Días de Radio el 8 de Septiembre de 2010.

RÉQUIEM POR PLATANITO

RÉQUIEM POR PLATANITO

Que si el pobre toro de Tordesillas, de nombre Platanito, que ya hay que ser cursi como tan sólo lo puedo ser un aspirante a señorito con patillas de mostrenco y polo de marca a juego con chaleco de cazador para llamar a un representante del símbolo nacional de tal guisa y que ciertos medios han grabado como acto violento para darle carnaza a los antitaurinos;

que si la increíble hazaña de Nadal al conquistar todos los grandes campeonatos tenísticos con tan sólo 24 años, siendo el más joven en hacerlo y el tercero en toda la historia de los grandes slams, practicando un tenis que hacen que sus rivales hablen solos y destrocen raquetas contra el suelo ante la impotencia que provoca la potencia de su brazo aniquilador y ya se nos va subiendo el honor patrio a la cabeza y a llenarnos la boquica de lindezas como que es el mejor jugador de la historia, cuando hace dos días lo habían puesto a la altura de la selección nacional de baloncesto de la actualidad, es decir, a dos metros bajo el suelo;

que si el topless de Tania Llasera fue fortuito o pactado con la cadena ante la poca audiencia del programa que presenta, que es una rubita, por si no lo saben, que se pasó de La Sexta a Telecinco, que es como decir que vives en Almuñécar y te vas de vacaciones a Águilas y que tiene que aguantar cómo sus directivos le piden, como rubia que es y ejerce, que total qué más da, si enseña las tetitas en la playa, por qué no hacerlo también para insuflar unas décimas en la audiencia, que para eso te pusimos ahí, al fin y al cabo, porque estás muy buena y no por tu tesis doctoral sobre los dardos de Lázaro Carreter y que si no pasas por el aro pues cerramos el grifo del programa y te quedas sin currelo, a ver qué dices;

que si todavía colea la celebración del 11-S y la indignación norteamericana por lo de la mezquita, la Cordoba’s House que quieren llamarla, por la cosa de la nostalgia, aunque otros lo vean como acto de venganza, pues como dice un viudo de las vícitmas de las Torres, los árabes construyeron la mezquita cordobesa para agradecerle a Alá la victoria sobre los cristianos, pues, como todo norteamericano sabe, una mezquita se alza en loor a una batalla y como símbolo de una conquista;

que si aquí se pide el Príncipe de Asturias para los moriscos y en Córdoba, la nuestra, la verdadera, la del califato, se aúnan mil personas para enlazar la Mezquita con la Sinagoga;

que si el basuco, o droga de los pobres, elaborada a raíz de los restos que hemos desechado de la cocaína, va a hacer polvo, nunca mejor dicho, miles de cerebros en cuestión de meses, cerebros de jóvenes que en vez de ir a Yale o a la Deusto a aprender algo digno para sentirse más humillados en la cola del paro, optan por fabricarse su propio mundo de mierda, una mierda virtual, pero siempre la misma mierda, como si pudieras comprar la mierda en Second Life, pero con un adsl mucho más intenso, por vía pulmonar: y ahora también una mierda concordada entre el propio Gobierno – el próximo que venga también les hundirá la cabeza un poquito más en el fango, por si alguno quiere engañarse, ya se lo voy recordando – los empresarios y los banqueros, que se relamen los muy imbéciles pensando que el dinero de cuatro empresarios suma más que el de quince millones de curritos, vaya una piltrafa de banqueros, que ni sumar saben y no ven que quince millones de poco es mucho más que cuatro de mucho, tendrían que ir los directivos de mi empresa a explicárselo, ya que llevan aplicando esa consigna desde el 2007 y nos va tan ricamente.

Y así vamos pasando el día, con noticias que desgastan cada vez más y que nos hablan bien a las claras de esa decadencia humanitaria que se respira constantemente en el aire, a pesar de que siempre haya un Haití o un Pakistán que nos dé ínfulas para demostrarle al mundo que somos de lo más solidarios y que nada seríamos sin el otro.

Y así, es normal que la mala leche se me vaya acumulando en las encías y termine por salirme en forma de puñal de nácar. Como muy Generación del 27 van fluyendo en mi alma las maldiciones y las contradicciones y, por si fuera poco, antes de darle carpetazo a lo de hoy, leo que Viviane Reding afea la postura francesa de patear traseros de romaníes, cuando ya casi no queda ninguno en el país, que debe de ser que se ha enterado algo tarde, porque, por lo que se ve, Francia pilla muy lejos de Europa y sale con lo de abrirles un expediente.

Así que determino que hoy es un día para ponerse de basuco hasta las trancas, y me voy a dar una vuelta, a ver si localizo a mi camello, para ponerme hasta el tuétano, mientras veo repetido el partido de Nadal, que es lo único medio decente que hoy sobrevuela por estos rincones tardíos del estío.

 

Canción del día: Deltoya, Extremoduro

p.d. leído en Días de Radio el 15 de septiembre de 2010.

 

PARA LOS AMANTES DEL MORBO

PARA LOS AMANTES DEL MORBO

Pues como ahora tengo un cuartillo dentro de Candil Radio donde se puede acceder a los audios de las columnas - las que voy dejando aquí y otras, os hago partícipe de la nueva, adjuntando el enlace LA COLUMNA DE ESPADA en la sección propia de "Como en casa".

 

p.d. Ha sido impuesto este post a petición popular.

LAS BANDERAS Y EL CORO

LAS BANDERAS Y EL CORO

Ayer era festivo en mi comunidad, porque era su día. Como suele suceder en cualquier día de asueto extra, a tus vecinos les da por darle golpes a todo lo que pillan con la excusa de que practican el hermoso arte del bricolaje, despertándote a las diez de la mañana, lo que siempre es de agradecer. La gente está como loca por descansar de su trabajo para ponerse a dar martillazos en su casa, lo que es curioso. Si lo que quieres es descansar en casa, ¿por qué no te dedicas a confeccionar ceniceros con latas de refrescos recicladas o a hacer punto de cruz para ornamentar las tertulias de los centros de la tercera edad?

Pero volvamos al punto de lo del día de nuestra-vuestra Comunidad. Como recordarán, alguna vez he expuesto aquí la teoría de que si algo necesita un DÍA DE para que hablemos de él es que tienes un problema gordo, porque, al menos una vez anualmente, tienen que venir a recordártelo. Algo así como lo que hacen los programas del corazón con las viejas glorias como el Padre Apeles o Paco Porras, que los sacan aleatoriamente para que en 3 minutos nos acordemos de por qué aborrecimos a esos personajes.

Yo nunca he estado a favor de ciertas exaltaciones del terruño, porque los peores derramamientos de sangre de la historia se han hecho escudados en la exaltación del terruño y en ondear banderas y, además, uno no elige dónde quiere nacer. Si nos dieran a elegir dónde hacerlo... Bueno, supongo que habría superpoblación en las Islas Seychelles o barbaridades de ese tipo. Cuántos de nosotros no hubiéramos escogido como destino natal Río de Janeiro, pensando en esos revolcones en sus idílicas playas con jóvenes bronceados. O Dinamarca, por ser el país que mejor distribuye sus riquezas entre sus pobladores. Particularmente, creo que hubiera elegido la Toscana y no me gusta ni un ápice la mayoría de italianos que he conocido.

Deberíamos siempre resaltar nuestras concomitancias y no nuestras diferencias. Esto, de tanta perogrullada, ya cansa y se convierte en dicho cursi. Pero también es cierto que conviene recordar las cosas, pues tenemos una tendencia exagerada a olvidarnos de lo que causa incomodo y provoca esfuerzos. Cuando escucho a los andaluces, murcianos, catalanes, extremeños hablando de que su ciudad es lo más bonito del mundo me echo a temblar, sinceramente, porque el amor excesivo conduce indefectiblemente al conflicto y al "grito pelao".

Y desde aquí un consejo para advenedizos: si vienen por Extremadura, no comenten nunca que lo más bonito de localidades como Badajoz, Valencia de Alcántara o Alburquerque, sin ir más lejos, es su proximidad a Portugal, porque estarán fritos. No hay un miedo mayor para los de la Raya que los comparen con los portugueses, y jamás entenderé ese supuesto agravio.

Llevo casi seis años en esta tierra y todavía no he visto nada en Extremadura que me desagrade, a excepción de los bocazas, pero éstos son legión internacional y, simplemente, los aparto del plato y me como la carne. He disfrutado de veladas y jornadas maravillosas pateando Guadalupe, Plasencia, Alcántara, Trujillo... Me he deleitado llevando a viajeros ocasionales y amigos por las calles de Mérida, Cáceres y Badajoz, descubriendo con ellos también rincones para mí entonces inhóspitos o desconocidos... Quedarán estas ciudades impregnadas en mí como tantas otras, como mi ciudad natal también.

Pero no me pidan que enarbole banderas, como tampoco me pidan que forme parte del coro de la Iglesia. Las banderas, como las conversaciones privadas con el dios de cada uno, están en el interior. Cuando oigamos a alguien exagerar las maravillas de su terruño, agitemos la cabeza en señal de aprobación, dejémosle que chille lo que quiera, abstraigámonos y regresemos a los interiores insólitos que de nuestra ciudad amada llevamos cada uno en nuestra memoria. Verán, como irremediablemente, nos sale una sonrisa de condescendencia con nuestro improvisado interlocutor y, sin dejar de sonreír, le diremos que sí, que tiene razón en todo, que su terruño es lo más, mientras en nuestro pensamiento vamos dejando atrás la calle Pósito, seguimos atravesando Almanzor para subir hasta la Alcazaba, por ejemplo, y contemplamos una vez más el puerto, el barco de las 16.30, partiendo hacia Melilla.

 

Canción del día: My City of Ruins, Bruce Springsteen

p.d. Leído en Días de Radio, el 9 de septiembre de 2010

SÍ, TODO COMIENZA EN SEPTIEMBRE

SÍ, TODO COMIENZA EN SEPTIEMBRE

Normalmente esperamos que llegue el año nuevo para poner en práctica toda esa retahíla de promesas que comenzamos a redactar, día arriba día abajo, el 26 de diciembre. Algunos cachondos retrasan ese momento hasta el 28 y apuntan las ideas más descabelladas que se le pasan por la cabeza, como apuntarse a un gimnasio y promediar unas 40 abdominales por día o visitar la hemeroteca más cercana al menos dos veces por semana con la excusa de saber qué hechos relevantes acontecieron desde el día de su nacimiento hasta ahora, en cada uno de sus aniversarios.

Ya saben en qué terminan todas aquellas nobles propuestas. Llega febrero y nadie es capaz de recordar siquiera lo escrito en el papel de finales de diciembre. Si alguno ha puesto, de hecho, dejar toda clase de dulces atrás, se verá buscando horchata en Salamanca a finales de enero.

Algo parecido pasa en septiembre. El desarraigo que les provoca a muchos la vuelta a la ciudad, a su casa y al trabajo es tal que tenemos que proponernos actividades de lo más variopintas, sobre todo cuando estamos desnudos frente al espejo. Se han documentado casos acerca de esta clase de desarraigo, llamado también trauma post-vacacional o la puñetera misma mierda de todos los años,  tales como el de personas que se despiertan en mitad de la noche y tardan dos o tres minutos en saber dónde están y en reconocer su cuarto y, lo más grave, un par de minutos más en reconocer a su acompañante en la cama.

Estas promesas de cartón piedra que nos hacemos ahora son peores que las de Año Nuevo y los que aprenden la lección se dedican a acercarse al quiosco más cercano, elegir completamente al azar una colección a base de fascículos – lo mismo nos da que sea la reproducción en madera del Queen Mary II que los perfumes de Mata-Hari – y dejarle dicho al quiosquero que nos sea guardado cada semana el nuevo fascículo, aún a sabiendas de que no pasaremos del número 6, que suele coincidir con la segunda semana de octubre. Este año se lleva mucho el ajedrez de lo que antaño se conocía como La Guerra de las Galaxias, los cuentos inolvidables de Ferrandiz, Abanicos de Grandes Diseñadores, Esther y su Mundo, Las Grandes Sagas de la Novela Romántica y, sin duda alguna, el hit one, mi hiper-favorita: Vírgenes y Santos, una colección de 25 esculturas que comienza con Nuestra Señora de Lourdes y concluye con San Francisco de Asís.

Yo le hubiera dado un Óscar al que ha ideado ésta, porque con la que está cayendo entre la nueva subida del euribor, la reforma laboral y la próxima reforma de las pensiones a más de uno nos va ir haciendo falta refrescar la memoria y la nomenclatura de la hagiografía nacional y vamos a tener que vender la tele de plasma con la que vimos ganar a los nuestros el mundial para comprar un san pancracio y un ramillete de perejil, que no sé lo que será más caro ya.

Servidor, por ejemplo, se había hecho unas cuantas promesas, y eso que no he tenido vacaciones agosteñas. No las referiré todas, tan sólo la de perder un kilo cada cinco semanas hasta bajar siete y pasar a limpio todas las notas que escribí para una futura novela. Pero soy consciente de que de todas ellas, a finales de septiembre sólo quedará lo escrito en la columna de hoy. Así que me he decidido por el coleccionable de la Biblioteca Gredos a diez pavos semanales. Es una maravilla realmente, porque está todo lo que ya tengo en casa de literatura grecolatina y mucho más, hasta un total de 149 entregas, que sale por casi 1500 euros del ala. Es una buena manera de comenzar septiembre, leyendo a los clásicos y deseando interrumpir algo que sabemos interminable.

Porque, en el fondo, dejar las cosas a medias es también un acto de rebeldía. Y la vuelta al trabajo nos pide un pequeño acto de rebeldía para proclamar a los cuatro vientos nuestro disgusto. Por pequeño que este grito sea necesitamos propagarlo. Pero en esta sociedad idiotizada, como tampoco podemos alzar la voz en demasía y no nos atrevemos por miedo a no sabemos qué, pues intuyo que una buena manera es comenzar un coleccionable y dejarlo a medias.

Reconforta esa pequeña osadía en el tumulto civilizado de nuestras pequeñas miserias cotidianas.

 

Canción del día: Septiembre, Los Enemigos

Leído en Días de Radio el 6 de septiembre de 2010.

 



CALOR EN TODO LO ALTO

CALOR EN TODO LO ALTO

Hace tanto calor que hasta el Ritz ha salido en llamas, con nocturnidad y alevosía. Todo se derrite a una velocidad pasmosa y las ideas se nos licuan como un polo de limón, de los de palo de toda la vida, de ésos que te dejaban la lengua más amarilla que una fiebre amarilla.

Hace tanto calor que hasta las noctámbulas y noctívagas terrazas de verano en mi ciudad están desiertas de seres humanos, menos mal que en ellas los mosquitos del río juegan al mus y beben su tan preciada true blood, la bebida de moda entre vampiros y demás parásitos.

Hace tanto calor que el mismísimo Kiko Veneno ha manifestado en rueda de prensa que nunca más volverá a cantar en directo su tema Hace calor.

Hace tanto calor que hasta los controladores aéreos están pidiendo el alta porque, por lo visto, se está mejor trabajando con el aire acondicionado que en casa postrado en un sofa y viendo en las noticias cómo el mismísimo Ministro de Fomento te llama gandul, porque, por lo visto, la política se está derritiendo tanto tanto, también por culpa de este sol justiciero y vengador, que ya los ministros pueden pedirle a la Seguridad Social que controle las bajas de los trabajadores de este país. Mucho más preferible esto, claro está, a reconocer las deficiencias que desde hace lustros vienen soportando los principales aeropuertos de este país, con el beneplácito de las compañías aéreas, que ofertan viajes inexistentes y te cambian los vuelos por el mismo precio sin una mínima disculpa y sin posibilidad de reclamación alguna.

Hace tanto calor que ni dan ganas de mirar las portadas del interviú cuando uno pasa por un quiosco, y no nos paramos por miedo a leer en el diario de provincias de turno que estamos por quinto día consecutivo en alerta amarilla y que las sensaciones térmicas seguirán rondando los 50 grados. Eso son sensaciones fuertes y no lo de tirarse por un puente atado de una maroma de barco.

 

A la gente que me pregunta que si prefiero el verano al invierno siempre los he mirado con gesto de reproche, porque no doy crédito a semejante desfachatez. Es como comparar los almacenes Harrods, con todo su glamour victoriano, con un supermercado Aldi, con todos sus productos en oferta de marcas impronunciables. Yo, desde la experiencia adquirida por haber pasado más de 35 veranos en el sur de nuestro país, me decanto por el invierno de todas todas. Es que no hay color, vamos. Y más, desde que el mundo inventó ese prodigio de la ciencia que se llama Gore-Tex y puso en el mercado unas buenas y cómodas pantuflas. Las pantuflas, evidentemente, vinieron mucho antes, incluso mucho antes de los tiempos de Zipi y Zape, pero ahora están revisitadas, como gusta decir a los americanos, o redefinidas, que sería un palabro mucho más adecuado a nuestro universal idioma, tan perjudicado últimamente. Y el Gore-Tex, que es una inversión mucho más saludable que un calefactor, capaz de aguantar temperaturas hasta de 20 grados bajo cero.

Pero díganme ustedes cómo resuelve uno el problema de paliar una sensación térmica de 50 grados, si no es paseándose en pelota picada por la casa las 24 horas sin salir y con el aparato de aire acondicionado a todo lo que da, dejando derretir cubitos de hielo por la espalda y bebiendo zumos congelados hasta decir basta. Las piscinas, dirán algunos, pero no sirven para nada y tienes más peligros que ventajas, a no ser que sea una propia.

En nuestra comunidad tenemos una piscina, lo que supone un lujo. No me he zambullido en ella todavía y no creo que hoy lo haga. A algún promotor inmobiliario avispado y ávido de unos eurillos extras no se le ocurrió otra cosa que instalárnosla en la azotea del edificio, que ya son ganas de ir emulando a los grandes hoteles de Miami. Ustedes piensan piscina en la azotea y me miran con cara de envidia, pero hay que reflexionar un poco y pensar en la que está cayendo hasta las nueve de la noche por estas tierras en este julio decrépito y picapedrero. No hay toldos, no hay nada, sólo una ducha y un par de tumbonas. Eso sí, ves la ciudad y es un buen lugar para ir a hacer fotos nocturnas a esas maravillosas vistas que tenemos de un polígono industrial a la izquierda y de un colegio a la derecha. Por si fuera poco, tenemos unas imponentes vistas al puticlub más famoso de toda la ciudad. Lo que se dice un servicio completo de piscina comunitaria, vamos.

Hace tanto, tantísimo calor que me están entrando unos sudores de la muerte nada más que de escribirles esta columna, así que mejor les dejo ahí, derritiéndose detrás de las ondas, y me voy a la nevera a por una granizada de limón, a la que le echaré unas buenas gotas de su pertinente ron.

 

Canción del día: Kiko Veneno, Hace calor

p.d. Leído en Días de Radio en julio de 2010.

TANTO LEER EL COSMOPOLITAN

TANTO LEER EL COSMOPOLITAN

Tanto leer el Cosmopolitan, tanto hacer shopping, tanto desear que llegue la primavera para exhibir el morenazo rayos-uva y echar pestes de la lluvia... ¿Para qué? Llevan tiempo haciendo revistas para enseñarnos a vestirnos, hablándonos de tendencias tribales, del boho-chic y del vintage, metiéndonos en el salón de nuestra casa a Alexander McQueen o Nicholas Ghesquière, como si fueran obras expuestas en el Prado, introduciéndonos en los despachos de la Central Saint Martins de Londres para que conozcamos sus recovecos como algunos conocen los de la escuela de magia de Hogwarts… Repito: para qué, si  luego van y nuestras compatriotas hacen lo que hacen con el diccionario de la moda. Uno, que normalmente espera el cinco para ir a casa en la parada que hay en la Gran Vía a la altura de Cortefiel, se queda boquiabierto cada vez que ve a las chicas en masa corriendo hacia las perchas de ciertas tiendas con nombres impronunciables a enfundarse y embutirse 17 kilos de ropa que servirían de atrezzo para una película de Star Trek, o de los Picapiedra si estuviéramos hablando de época de rebajas.

Vamos a ver. Un poquito de recapitulación. El otro día, comentándolo con una amiga, llegamos a la conclusión de que la moda, definitivamente, está pasada de moda. No es por la crisis, llegamos a esa conclusión. La gente siempre ha sido hortera. Pero es que en esto de lo hortera no hay término medio. Para muchos el pret-a-porter es hortera y para los que se pueden permitir comprar  pret-a-porter todo el mundo menos ellos son horteras. Es una regla indiscutible para entrar a formar parte del juego de las fashion victims. Que ésa es otra: ves a la gente autoinculpándose de ser unas fashion victims y combinando chándal con camiseta de tirantes imitando la piel del hermoso leopardo. El término no es el correcto, buena mujer, lo que usted quiere decir en realidad es una compradora compulsiva.

No es que yo vaya hecho un pincel, precisamente. Tengo mis dos o tres tiendas y de ahí no me sacan. Las notas de color las pone mi suegra, con eso se lo digo todo. Pero creo que hay cosas insoportables. Por ejemplo: el condenado pantaloncito de pescador. ¿No inventaron la palabra “ostracismo” para esa prenda? Digo yo que sí. ¡Dios! ¿Quién fue el inventor? ¿Por qué no lo ejecutaron en plaza pública? ¿Qué lleva a la mujer a pertrecharse así? Normalmente, suelen ser vaqueros o negros, pero hay excepciones. A saber: por el barrio del Infante se me cruzó ayer uno de ellos fosforito; ya saben, ese tipo de verde que estresa la vista. Y qué pasa, que esa gente no tiene amigas o qué. No sé, algún novio, alguien lo suficientemente valiente u hombre para decirle: chica, esos pantalones te hacen un culo espantoso. Y lo más de lo más. Llegan y antes de eso se encasquetan un tanga negro. Es que debe de ser frustrante que te pongas un tanga y que nadie lo sepa. Pues hala, oído cocina, todos enterados. Adiós a la libido. Y más si tenemos en cuenta la combinación demoníaca por antonomasia: pantalones de pescador BLANCOS con tanga NEGRO. Casi ná. Y para rematar, lo más de lo más, el más difícil todavía. Para Libro Guiness, oiga. Conjúntenme esto dicho con lo divine-divine: camiseta de tirantes blanca (exterior) con sujetador de tirantes negros (en el interior). Hala, como una especie de quiasmo de la moda. Que suena de lo más pedante, pero es así.

         ¿Por qué lo hacen? Digamos que los caminos del Señor son inescrutables. Y el gusto de algunas mujeres inconcebible. Pero si hay algo que no entiendo, por más vueltas que le doy, es lo de los sujetadores con tirantes de plástico del todo a cien. Vamos a entendernos: no se me alarmen. Que lo entiendo. Que reconozco su utilidad. Pero hay cosas y cosas. Que digo yo que lo de ponerse “eso” con un escote “palabra de honor” ya supera el razonamiento darwiniano. Que el pobre antropólogo universal no tendría que haberse ido a islas del más allá para corroborar ciertas teorías. Con pasearse por El Corte Inglés (con mascarilla, eso sí) le hubiera bastado. Unos minutejos por allí, sección oportunidades, y te das un empacho de antropología del quince.

Canción del día: Ini Kamoze - Here Comes The Hotstepper

Leído en Días de Radio en julio de 2010

LA MULTITUD DEL INDIVIDUO

LA MULTITUD DEL INDIVIDUO

Individuo. Palabra que determina a muchos seres indivisibles, pero que tiene un plural muy diferente. Es un plural que ni siquiera es plural, hay que acudir a otro sustantivo. Llámenlo como más les plazca: sean modernos y díganle banda o tropa; sean agresivos y llámenlo manada, rebaño o camada; sean burgueses y llámenlo gremio. Es indiferente, al fin y al cabo, estaremos hablando de una multitud.

El individuo es a la multitud lo que el juego del solitario a la discoteca. El individuo entra a una biblioteca, a un teatro para ver una ópera o a unos grandes almacenes y en su fuero interno sigue siendo un individuo. Pero entra a un estadio de fútbol a ver un partido o un concierto y muda su semblante, se vuelve multitud, porque en su fuero interno se siente multitud.

La multitud es ese sustantivo poco uniforme en cuanto a número e integridad, que podría acabar con la crisis de un plumazo si se lo propusiera, que podría bajar los precios de la gasolina o del tabaco en cuestión de horas si se lo propusiera, igual que antaño derrocaban gobiernos y decapitaban reyes. Pero incapaz de hacerlo porque como individuo cada uno de los integrantes de la multitud han sido adiestrados para la domesticación masiva, que ha decidido desatascar sus penas y glorias a través de los eventos deportivos o a través del escape del entretenimiento.  

Una multitud es como un escape de gas. No pasará nada y se irá mitigando el peligro de explosión siempre y cuando no se prenda una mecha que provoque la combustión. Normalmente, en una multitud el detonante suele ser el pánico que revierte de la sensación de peligro. Cuando éste aparece, el individuo sabe qué tiene que hacer en todo momento: mantener la calma y dejarse evacuar, sabe que el miedo es gratuito y secundario, porque todo está preparado para las eventualidades. Pero la multitud no lo sabe e, inconscientemente, está buscando la mecha.

Hagan la prueba con un simple experimento cuando más le plazca. Puede ser en la cola de un banco por ejemplo. El individuo sabe que ha de aguardar su turno y que los empleados de banca son unos ineptos que les quitan el ordenador y la calculadora y no saben dónde guardan las llaves del coche, pero se mantienen en silencio: leyendo poesía, consultando su i-phone o recordando qué han de comprar en el Mercadona. Así aguantarán lo que le echen, sin decir ni media. Pero pruébelo, diga usted cualquier cosa, no hace falta que sea un exabrupto, con un resoplido o un suspiro puede valernos, dependiendo de la envergadura de la cola y de la cara de torpe del empleado que nos ha tocado. Automáticamente, alguien que esté cerca de usted saltará, dirá que lleva así más de 20 minutos y otro dirá que no le va a dar tiempo a recoger a los niños del colegio, o de la piscina, dependiendo de la época del año en cuestión.

La multitud es melodramática y propensa, por ende, al drama. Como individuo sabe perfectamente que unas previsiones de más de un millón de personas en una fiesta como la del trágico Love Parade del último fin de semana no son las más idóneas para atravesar un túnel de 200 metros que nos permitirá entrar a un recinto. Pero el individuo ya no es tal, en los aledaños de ese túnel siniestro ya hace horas que se ha convertido en multitud. Al otro lado del túnel está la luz, está la música, las drogas y la eventualidad del sexo fortuito o furtivo. Y el individuo se pone esa extraña máscara impenetrable de la colectividad que deviene en el ocaso de los dioses y se va corriendo a por el queso, a sabiendas de que lo han colocado en una ratonera.

Más tarde, desde el sofá de casa de cada uno, o desde las tumbonas playeras, vendrán los golpes de pecho, los arrepentimientos y las ganas de fustigar a alguien y de señalarle con el dedo. Como individuos, sabemos que, analizando la situación, hay una gran probabilidad de que eso ocurra, con los datos en la mano. Pero ante el suceso nos tornamos de nuevo multitud y buscamos la lapidación, y hasta que no lapidemos no nos quedaremos a gusto. Y si no, tiempo al tiempo.

 

Canción del día: Kraftwerk, The Model

Leido en Días de Radio el 29 de julio de 2010.

 

p.d. la foto, recogida de la agencia Efe.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

EL SURREALISMO SIGUE VIVO

EL SURREALISMO SIGUE VIVO

Los que piensen que el surrealismo ha muerto están equivocados. Hoy más que nunca está vigente, vive con nosotros y nos hace la cama diariamente.

Por ejemplo en el cine, esa pantalla gigante que ya dio tantas muestras y tantos frutos con aquellos actores cómicos mudos, que hacían reír con sólo mover una ceja y que tanta gracia harían a Alberti, que les dedicó un libro tan hermoso como Yo era un tonto y lo que he visto me ha vuelto dos tontos. Hoy no son pocos los que rinden velados o indiscriminados homenajes a los personajes del cine mudo. Desde Paul Auster y su Libro de las alucinaciones, hasta Tim Burton o Quentin Tarantino en su última y poco comedida Malditos Bastardos.

El surrealismo no es sólo un sueño de Tzara, un óleo de Picasso. Hay más surrealismo en cualquier frase de Jorge Javier Vázquez que en Un perro andaluz de Buñuel. Más surrealismo en una mirada atávica de Doña Belén Esteban que en El Jardín de las Delicias de “El Bosco”, precursor junto a Archimboldo de este movimiento francés surgido del dadaísmo y acuñado por el maestro Apollinaire. Por ello, si en la segunda mitad de los veinte el Surrealismo estuvo al servicio de la Revolución, ochenta años más tarde lanza un hermoso giro, y se pone al servicio de la Televisión, que en tanto y en tan poco se le parece.

Tanto se nos ha ido inoculando lentamente – desde Torrebruno y Laura Ingalls – que hoy es un ente vestido de paisano que puebla los platós de televisión y se regocija a sus anchas. Lo que nos pasa es que ya no sabemos identificarlo, pues se da en nuestras vidas de forma cotidiana gracias a la propaganda televisiva a cerca de las bienaventuranzas de esas caballerescas “muestras de realidad”, en las que ciudadanos de a pie, supuestamente, se ven en tesituras anormales para que el espectador comprueben cómo es en realidad el ser humano.

 

Pero he de reconocerlo: cuando creía que ya no podía subirse las cotas de surrealismo de Mercedes Milá admonizando a toda una nación sobre qué es ético y qué no lo es, se ha logrado. Las cumbres más altas del surrealismo, como no podría ser de otra forma, han venido a concentrarse en nuestro país y en forma de largometraje. Es lo más surrealista que yo haya visto, y miren ustedes que me he tragado televisión a lo largo de mis días. Y de tan simple que resulta, pasma. Emana tanta fuerza, es tan contundente el resultado que asusta y tras ver el momento álgido no podemos más que levantarnos y prorrumpir en aplausos hasta quedar exhaustos, ahítos ante tanto gozo. Que la gran pantalla haya logrado juntar en un mismo plano a dos monstruos del humor como Leslie Nielsen y Chiquito de la Calzada es un triunfo del surrealismo sin precedentes. Ríanse ustedes de los Collages de Joan Miró o a los frottages de Max Ernst.

Unir por arte de birlibirloque al mejor actor de todos los tiempos de lo que se conoce como spoof movies con el Mel Brooks andaluz por antonomasia, capaz de crear un diccionario de la lengua del humor y mantenerlo vigente  casi veinte años ha de convertirse en leyenda dentro de la comedia española. A la altura de Atraco a las Tres o El Astronauta; donde también, si me lo permiten, hay grandes dosis de surrealismo.

Estoy convencido de que tanto Salvador Dalí como Man Ray o Rafael Alberti quedarían entusiasmados con este encuentro. Ellos que tanto hicieron por difundir el cine mudo y darles voz, dotando de palabra a los que de ella no necesitaban para hacerse entrañables. Quizá a Leslie Nielsen le venga de raza, pues su tío fue también actor, y de cine mudo. Lo de Chiquito, como su paisano Picasso, permítanme que exagere, es de otra galaxia. Pero qué afortunados somos de tenerlo entre nosotros. Cuánto hermoso surrealismo pueblan las venas de sus manos.

 

Canción del día: Vuelta de Paseo, Enrique Morente y Lagartija Nick

Leído en Días de Radio el 9 de diciembre de 2009.

Anexo.

 

BUSCANDO CASA, ENCONTRANDO LLAVES

BUSCANDO CASA, ENCONTRANDO LLAVES

Bueno, pues como no nos cansamos de escucharlo por todos sitios, nos hemos lanzado a la piscina de la compra de una vivienda, por la cosa de especular con afianzarnos nuestro futuro, como si una hipoteca a más de 25 años fuera un apuntalamiento de algo. Hemos escuchado durante el primer semestre del año, agonizante ya, que es un momento idóneo, puesto que los precios no han de descender más.

Ojo, no porque la gente no tenga necesidad perentoria de vender, que siempre los habrá de este tipo con la que nos ha tocado lidiar, pues estos son morlacos y no los que pondrán en los inminentes sanfermines que se nos avecinan. Se para la caída en picado de los precios porque las inmobiliarias y las constructoras quieren salvar los muebles como sea y seguir sacando su tajada. Es duro pensar que, con esta crisis, ninguno de ellos podrá emular en breve al famoso Pocero, navegando su infamia y sus tumultuosos delitos en un yate de tropecientos millones. Eso duele cada 90 de 100 a un español: ver que uno ha hace lo mismo que tú, que se dedica a lo mismo y que él ha triunfado, dándose barrigazos a diestro y siniestro y que tú no puedes. Y nos da lo mismo que las causas sean lícitas o no. Nos cabrea sí o sí.

Así que, por una vez, con nuestros dos sueldos funcionariados y recortados, pero seguros y poniéndole velas a San Antonio, nos decidimos a pescar en río revuelto. El Señor Cotallo, hábil promotor, nos aseguraba que de tenerlo decidido nos tiráramos a la piscina sin trampolín, que los bancos habían abierto de nuevo el grifo y que los embalses este año están llenos. Le preguntamos por el temilla de la subida del IVA y nos dijo que para qué preocuparnos por un minúsculo tanto por ciento de nada cuando estamos hablando de comprar la casa de nuestros sueños.

Nosotros sabemos de antemano, por familiaridad con nuestros amigos y conocidos, que la casa de nuestros sueños se queda pequeña en cuanto aparezca un churumbel merodeando por sus cuatros esquinas y lo que hasta ese momento era jardín edénico o, al menos, botánico, se convierte en una especie de Guantánamo donde uno siente claustrofobia a la hora de la siesta y del que tiene que huir, aunque sea excavando en la arena con una cucharilla de las de café.

Pero no le dijimos nada al tal Cotallo. Que, además, fue tan amable que nos pasó con la sonriente señora López. Ésta nos aseguró que en pisos de menos de 60 metros cuadrados no se iba a notar la subida del IVA y que siempre estábamos dispuestos a hacer un apaño con el impuesto, como en los comienzos del 86. Ahora o nunca. No bajarán más los precios: no nos lo podemos permitir. Si esperan, llorarán dentro de un par de años haber perdido una oportunidad como ésa. Su voz me recordaba a la de una vendedora ambulante de medias, pero me abstuve de decírselo, porque ya la estaba viendo endosándome un cuchitril de 40 metros a precio de Gran Vía madrileña.

Nos preguntaron por el tema de las nóminas, hábilmente. Dijimos que éramos funcionarios con trienios y en seguida salió el tema de la crisis, pero, aún así, sus ojillos salpimentones brillaron codiciosos y comenzó a decirnos que era el momento, que presumiblemente en agosto volvería a caer la vivienda libre pero que nunca se sabe, que también se daba por sentado que España iba a ganarle a Suiza y luego lo que pasó.

Ahí fue cuando le saqué una entrevista a la Señora María Antonia Trujillo, que sabe de esto mucho más que nosotros por la cosa de haber sido ministra hasta el 2007 y le pregunté que qué opinaba ella como gestora inmobiliaria sobre lo que decía de que ella no compraría ahora porque habrá más bajada de precios.

Ella contestó como si estuviéramos en una cena privada que los rojos esos de mierda siempre van tocando las pelotas y que no le hiciéramos caso a ninguno. Si por mí fuera, vivirían todos debajo de un puente.

Así que con la mayor parsimonia del mundo,  le dije que me había convencido definitivamente, tiré de mi cartera y saqué lo que ella pensó sería un talonario y que acabó convirtiéndose en mi carné de sindicalista de la UGT y le dije que nos volviera a llamar cuando vendiera adosados debajo del puente y a ella la tuviéramos de vecina. Y, sinceramente, se nos quitaron las ganas de seguir indagando.

 

Canción del día: Radiohead, No Surprises

Leído en Radio Candil, en junio de 2010.

 

 

 

 

RÉQUIEM POR LA CANCIÓN DEL VERANO

RÉQUIEM POR LA CANCIÓN DEL VERANO

La canción del verano ha muerto. Parece un hecho consumado que las discográficas ya no apuestan por dar pienso para cebar los ingresos de todos los disco-pubs y orquestas de pueblo del ámbito nacional. Por lo que hemos podido saber desde estas ondas, Macarena está casada y es una apuesta madre de dos hijas, las bombas ya no son símbolo de una alegría descontrolada sino de dolor y devastación, como venía siendo su costumbre tradicional y el traductor de google ha conseguido descifrar el mensaje encriptado del aserejé, que resultó ser una receta para combinar barbitúricos con batidos de frutas exóticas con el único ánimo de rebajar el trauma postvacacional.

El mundo toma este deceso como algo normal y así prepara sus móviles para poder bajarse la música de los anuncios, en ausencia de esas obras de arte que han hecho palidecer al que fuera su mentor, Georgie Dann, como Mueve tu cu-cu o Que la Detengan.

A los españoles nos gusta quejarnos, es nuestro deporte favorito, más incluso que eso de estar dejándolo todo para el próximo día, para más tarde. Y estos dos veranos últimos ha pesado mucho más esa sensación de falsa crisis en la que a todos nos gusta estar para pensar que estamos mucho mejor que el vecino y que gustirrín que me da por lo bajini que el del estanco haya cerrado, a ver qué hace ahora con el audi que se compró. En este tiempo de incertidumbres económicas y financieras no hay espacio para estribillos facilotes y machacones, de esos que se meten en tu vida como una traicionera jaqueca, que te recuerda que está ahí cuando vas en el metro o hablas con tu jefe, mejor dicho, cuando tu jefe te exige el último documento o la última factura ultraurgente. A nadie le apetece bailar despreocupado al ritmo de cierto sonsonete estival, con la que está cayendo, a ver cómo hago frente a los tres préstamos y a la hipoteca con este panorama y de salir esa canción que resume la felicidad en tres minutos cambiaremos el dial a la COPE para que nos dicten cómo es la verdadera realidad.

A pesar de todo esto, hay descerebrados que aún se aferran a lo utópico y sueñan en colores. Se dejan llevar por lo fácilmente accesible de la publicidad – que ha sabido aguzar los cinco sentidos para sobrellevar la crisis, atacando a las marcas blancas como si de una nueva lepra se tratara, como si Nestlé o Coca-Cola fueran a extinguirse por un par de miles de desahucios o de insolvencias – y afirman que aún hay vida para la ofrenda estival. La que más ha sonado ha sido la de un anuncio de cerveza y su empalagoso estribillo, que en ocasiones les habrá parecido como un caramelo de toffee pegado en el cielo del paladar. Ha luchado por conseguir el puesto con un engrudo que todo el mundo silbaba recordando a Chanquete y que decía algo así como:

Lo mío es duro y lo tuyo es blando, dulce como el mango.”

Y con otra del mismo cariz, resumen del carpe diem de inicios de siglo XXI:

“Si es verdad que tu ere´ guapa, / Yo te voy a poner gozar /
Tu tiene la boca grande / Dale ponte a jugar”
Canciones al fin y al cabo que comparten alguno de los recursos para llevarse el trofeo, 
como el de ser bailables y fácilmente reconocidas por el público,
cultivo de polifonías de móviles de última generación y de radio-fórmulas poco
solidarias con el recientemente estrenado parado; pero canciones que  carecen de ese
estribillo machacón inidentificable en todo momento y a los que no se puede
recurrir ante situación, como las míticas No te olvides la toalla cuando vayas
a la playa
o El Venao. A ver quién se atreve a decirle a su jefe a las diez de la
mañana lo de “lo tuyo es blando, dulce como el mango” o a silbarle como lo hacían
los de Chanquete; quién el que se enfrenta a las hordas de lo políticamente correcto
en un metro de hora punta cantando lo de “tu tiene la boca grande /
dale ponte a jugar
”.

Así, rezando para que la recesión retorne a sus mínimos más mínimos y para que los hosteleros puedan subir la caña de cerveza puntualmente cada semestre, ruego a los dioses de las emisoras para que regresen las alegres insinuaciones de Georgie Dann que a todos arrancaban una sonrisa o los acertijos de las ketchup, que a nadie ofendían. Pero en tiempos de crisis quizá sea más  necesaria la ofensa que la canción del verano. Siempre y cuando nos garanticemos el pan nuestro de cada día.

 

Canción del día: No te olvides la toalla cuando vayas a la playa, Puturrú de fua

Leído en Días de Radio el 8 de septiembre de 2009

EL EXTRAÑO CENSO DE LA VIDA

EL EXTRAÑO CENSO DE LA VIDA

Aprovechando mi reciente visita a la casa de mis padres, me encontré con una de mis ex.  Los astros habían trasnochado ante su caprichoso deseo de que tuviéramos un reencuentro. Soltado así, puede sonar pretencioso, decir eso de una de. No hay muchas, así que las recuerdo a todas. No con todas, apenas media docena, para ser sinceros, tengo la oportunidad de tomar un café en una plaza un día de luz mediterránea, así que me animé a darle el visto bueno a su propuesta de ponernos al día en ese extraño censo de la vida sin el otro al que una vez estuvimos habituados.

Ella estaba también de vacaciones, regresaba de Huancayo, provincia del Perú, donde había terminado con un hombre que debía comprenderla mejor que yo. Trabajaba de animadora social en una escuela para discapacitados desde hace tres años y era inmensamente feliz. No recuerdo, mi memoria siempre ha sido selectiva, que fuera infeliz conmigo. Nuestro distanciamiento vino dado por incompatibilidades de horarios y por su afán de cubrir todos los eventos que favorecieran la reintegración social de todo bicho viviente. Éramos por aquel entonces, cuando nos aglutinábamos en un corto y sincero “nosotros”, un ejemplo a seguir por nuestros conocidos y amigos. Teníamos el récord provincial de cooperación con oenegés y se nos bendecía con la mirada todos nuestros esfuerzos por solidarizarnos con cualquier causa que fomentara la no discriminación.

Su agenda, por tanto, nos jugó una mala pasada, pues una relación se basa principalmente en interioridades particulares y nuestra vida era demasiado pública y explícita. Pronto comprendimos que no había un “nosotros” sino un “todos ellos” y decidimos avanzar por senderos diferentes. Yo terminé en Extremadura, ella cerca de los Andes, queriendo a un tipo que nunca le daría un bienestar social – tampoco es que yo pudiera garantizarle eso, la verdad, pero sí el bienestar espiritual que ella precisaba.

No vino sola. Trajo a su niña y yo no podía dejar de observarla como pensando si aquella criatura podría haber sido igual de haber dado conmigo como figura paterna. Los ojos y el pelo eran de su madre, no había duda. De cinco años, era bien educada y escuchaba, algo inusual en los niños de hoy en día. No es que estuviera atenta a lo que decían los mayores, pero si la llamabas, te prestaba atención.

Mi cuestionario fue el típico que se le puede hacer a un niño de cinco años, sobre todo alguien que aparcó sus necesidades doctrinales hace tiempo y no sabe cómo anda hoy el plan Bolonia. Ya les digo: sabes contar hasta dónde, a qué curso vas, cómo se llaman tus amigos y poco más. La pequeña repetía el nombre de Osvaldo incesantemente y tal era su influencia que llegué a pensar que era su profesor en Huancayo. Pero las palabras de mi ex me alejaban de las de su pequeña.

Estaba mejor que nunca, el aire de los Andes la había beneficiado. Hermosa había sido y seguía siéndolo. Y esto no es ponerme una medalla, sino una simple constatación. Seguía con su costumbre de ayudar a los desprotegidos, su labor de integradora social se había reforzado y ahora estaba más pendiente de la educación de niños de atención dispersa que de otra cosa.

Volví, en un momento dado, a captar la atención de la niña y ella volvió a hablar de Osvaldo. Le pregunté si era su profesor y ella me dijo que era su novio.

Entonces su madre se trasmutó en un ser que yo había olvidado y dado un pequeño manotazo en la mesa le dijo que no era su novio. No mientas al amigo de mamá, le dijo. Es sólo un amigo. Sois muy jóvenes para ser novios. Ahí está, pensé yo. Es bueno que vayan haciendo ya ciertas distinciones. La niña no se lo tomó a mal y continuó jugando con dos piedrecillas. Conforme se iba alejando pude observar que mudaba el paso y antes de que yo reflexionara sobre el por qué del cambio, saltó su madre con el mismo enrabietado gesto de antes y le  espetó: ¡te tengo dicho que no imites a Osvaldo!

Ah, la paternidad. Cuántos mitos y leyendas hay sobre ella. Cómo te cambia la vida, nos dicen, cómo te radicaliza los pensamientos y desorienta tus antiguas creencias. Huelga decir que durante lo que quedó de encuentro supe que la niña tenía un coeficiente intelectual por encima de la media y que Osvaldo, sin embargo, poseía un déficit de atención dispersa. Y no pude más que regresar a la que fue mi casa un día sonriendo, pensando que, en el fondo, por muy psicopedagogos que seamos, por muy regeneradores de la conciencia social que nos pretendamos y por muchas chapitas de oenegés que nos pongamos en la solapa de la gabardina, una madre siempre será una madre y por un hijo cambiamos hasta el acento.

O quizás siempre hemos sido más simples que un botijo y necesitamos de estos golpes para entenderlo.

 

Canción del día, Soy una taza, de los Cantajuegos

p.d. Leído en Días de Radio.

UN VIEJO LECTOR DE PESSOA

UN VIEJO LECTOR DE PESSOA

 Me encontraba solo aquella tarde primaveral del 94. Vagabundeaba por la Universidad sin mucho que hacer que tomar café por los aledaños y leer periódicos o poemas del 27.

Así que me tropecé con un cartelito en algún tablón de anuncios, o puede incluso que lo leyera en la agenda cultural de algún diario local, que decía que habría una conferencia de un tipo hablando de Pessoa y de Ricardo Reis. Yo tenía al poeta portugués recién descubierto y, de entre sus heterónimos, Reis suponía el más querido.

Como no tenía nada mejor que hacer, fui al Paraninfo, donde no había excesivo público. Pude sentarme en la segunda fila, detrás de una mujer de atractiva madurez. El conferenciante estaba sentado a la derecha de su presentador, catedrático de Hispanoamericana – algunos meses después fui descubriendo lo mucho que a este catedrático le reconfortaba el espíritu que ilustres letrados se colocaran a su derecha, evangélicamente, pero de eso ya hablé en otra ocasión.

En cuanto comenzó a hablar descubrí su acento portugués o brasileño, pero poco me costó darme cuenta de que, siendo menos danzarín, se trataba de un portugués. Su acento fue cautivándonos tan sibilinamente que caímos enredados en la tela de araña de su sabiduría en cuestión de minutos. Personalmente, no había escuchado a nadie tan elocuente en mi Universidad, al menos, que viniera de fuera. En un momento dado, recitó unos versos magistrales del poeta, aquella oda que comienza Sábio é o que se contenta com o espetáculo do mundo y, como suele ocurrir en estos casos, su cerebro le jugó una mala pasada y continuó la disertación en portugués. Pero no hubo caras raras entre el público asistente, quizás porque su acento pausado y tan portugués hizo, aún más si cabe, su discurso más embaucador.

Tardó un par de minutos antes de que la mujer madura y atractiva que había delante de mí le dijera: Pepe, estás hablando en portugués y él pidiera disculpas – cómo si tuviera que darlas – y prosiguió guiándonos con su lucidez en un afable castellano, que no parecía esa tarde tan áspero como suele ser lo habitual gracias a su inmensidad.

Salí aquella tarde del Paraninfo apuntándome el nombre de aquel curioso lector de Pessoa tan carismático, José Saramago, y prometiéndome leer algo suyo pronto. De aquella tarde, tan memorable al menos para mí, luego dio cuenta en el primer volumen de sus Cuadernos de Lanzarote, que leí ya en el 98, cuando me tenía ya ganado de por vida como lector.

Pero antes, tal como me había prometido, me acerqué a su obra unos meses después de la mencionada conferencia. Tomé prestado de la biblioteca Casi un objeto, y el último relato del libro, el más breve, lo fui leyendo de regreso de alguna parte en un autobús. Su descripción de una castración porcina resultaba tan abrumadora e ilustrativa que me atravesó en un momento dado, una sensación muy molesta por los mismos territorios que horadaban al animal protagonista del relato. Y cuando cerré el libro supe que Saramago había ganado la batalla y que tendría que ir a por más. Así que hurgué por las librerías y vi que estaba recién salido su Ensayo sobre la Ceguera y una vez que lo devoré lo puse en un altar.

Mi segundo encuentro con él fue durante el Congreso Internacional que mi universidad le dedicó en el 99 con la excusa del Nobel. En el que yo hice una breve intervención hablando de su relación con Pessoa, como homenaje a aquél día del 94. En un momento dado, alcé la hoja del papel y allí tenía sus ojos de primera fila escuchándome interesado y poniéndome nervioso.

Pero lo mejor de aquellos días del congreso fue la patada en el culo que le dio al tan pavoneado Catedrático de Hispanoamericana, artista del evento, cuando le pidió el ingrato que fuera terminando sus exposiciones en las conclusiones del evento, con una sala abarrotada de jóvenes enamorada de su acento y su pensamiento lúcido y exquisito. Y, como el Catedrático es así de generoso, le razonó su apremio porque tenía que hablar el Presidente de Nuestra Comunidad y ya sabe usted don José la agenda de los políticos. Don José, serenamente, dijo que sí que no tardaría mucho, pero que era la primera vez que, en su larga vida, veía que se mandara callar a un Premio Nobel para darle la vez a un presidente de una comunidad autónoma.

Ojala que ahora, para revivir su recuerdo, todos y cada uno de nosotros aprendiéramos algo de un hombre tan inconmensurable. Nos iría mucho mejor y nos conduciríamos más apaciblemente por las extrañas carreteras que la vida nos va proporcionando.

 

Canción del día: Lagrima / Amalia Rodrigues

 

p.d. Leído en Días de Radio el 21 de junio de 2010

 

 

 

HOMENAJE AL TIO DE LA VARA

HOMENAJE AL TIO DE LA VARA

Que yo sepa, y quienes me conocen bien pueden corregirme, nunca he tenido la tentación de imitar a nadie por admiración. Al menos, conscientemente. A lo sumo, recuerdo que de pequeño me estiraba al máximo, pertrechado en el suelo, como Arconada, mi portero predilecto de todos los tiempos o intentaba rematar con un espléndido testarazo al más puro estilo Santillana.

He admirado, eso sí, a lo largo de mis casi 40 años a muchos, he querido tener como propio algún verso de Cernuda o Pessoa, habré perpetrado y manipulado unos cuantos de los de la Generación del 27, que tanto me impactó en mi primero época de escribano. Si me dieran a elegir, me hubiera gustado tocar la guitarra como Hendrix o Clapton y algunos detalles más que me guardo. Pero nunca los he imitado ni he deseado ser como ellos. Sus vidas no me han parecido nunca un espejo donde reflejarse. Ni siquiera las de los superhéroes, cuyas biografías casi son hagiográficas.

Y, sin embargo, ahora me estoy descubriendo un nuevo síntoma, una admiración nueva que transforma, transmuta mis pensamientos y, como Alonso Quijano hiciera un día saliendo a luchas contra gigantes con aspas, me lleva a pensarme otra persona. Estoy al borde de la quiebra emocional y creo que el único recurso que me queda es el de dejarme arrastrar por la codicia de estas emociones y dejarme deslizar por su cauce turbulento.

Así, lo único que me queda es la imitación, pues comprendo que mi frustración podría alcanzar cotas máximas de audiencia si no hago algo pronto. Es un personaje que me tiene obsesionado, y no me refiero a Pep Guardiola. De momento, ya he conseguido que mis compañeros de trabajo me regalen una gorra negra de lana pura, a modo de boina, y cuando estoy solo en casa practico horas y horas con el paraguas el difícil arte de ser ducho en manejar la vara, aunque es un poco ridículo. Lo hago mientras espero que el tío Ambrosio, el hermano de mi vecino Ricardo, me consiga la rama de avellano que le he pedido de sus visitas a la Puebla de Don Fadrique. Que será un primer paso hasta que se instale próximamente la primavera y florezcan los cerezos del Jerte. Con la excusa de una visita a tan hermoso lugar intentaré hacerme con una vara de cerezo, pues tengo cierta predilección por ese tipo de madera.

El resto de utensilios lo tengo, algunos reciclados de mi padre, que se pasó muchos años cazando por los páramos inciertos de La Mancha. Y, cuando sea definitivo, saldré a predicar la palabra del superhéroe El tío de la Vara, pues es justo y necesario. Y regenera los pensamientos más turbios de las ensuciadas almas de los mortales. Desde su rudimentaria apariencia ataca las mentes más perturbadas, demostrándoles el efecto apaciguador que tiene el impulso de un buen varazo en las conciencias. Su grito de guerra, cada semana más popular, de sus voy a crujir a toos está poniendo en alerta a esos gamberretes de tres al cuarto que se dedican a hacer el tonto y gratuitamente, cuando podrían estar en Sálvame de Luxe y hacer el idiota cobrando un buen pastizal, molestando sólo a aquellos incrédulos que pasen por tal canal. Lo mismo le da que sean los incendia bosques o los porteros de discoteca, a los que todos, en algún momento de nuestras exiguas existencias, nos hubiera gustado darles una buena somanta de palos, bien portando esa varita mágica que tanto bien hace a la sociedad o a manos llenas.

Como reconoce su creador, José Mota, el mundo actual está dominado por las tonterías y sólo hay una solución eficaz que aplicar: un suministro estratégico de varazos con los que despertar las mentes más adormecidas y devolverles el buen juicio. Este héroe es necesario, me atrevería a decir que se hace imprescindible con la que está cayendo. Su filosofía y modus operandi son de lo más sanos y sus víctimas se quedan finas finas como las sopas de ajopringue que tanto gustan a su antagonista, el Capitán Fanegas, a quien, como habrán adivinado le tengan tanta manía que me produce urticaria.

Para cuando pueda salir por los páramos de Terrinches y Alcafrán embutido en El tío de la Vara, ya subiré unas cuantas imágenes al Facebook, para que todos puedan admirar el proceso de mi mutación. Avísenme de que vienen en son de paz, porque tengo últimamente la vara de lo más sensible y como me esfaraten un poco va a crujir el averno.

 

Canción del día: Highway to hell, AC/DC

 

 

 

p.d. Leído en Días de Radio, un día de marzo de 2010.

 

 

 

LA MADUREZ DE LOS 50

LA MADUREZ DE LOS 50

En un artículo reciente intentaban convencernos de que a partir de los 50 actualmente principia una nueva madurez. Vamos, que son los 40 de hace quince años que quieren seguir anclados a la postadolescencia. Para ilustrarnos esta teoría propia de vendedores de cosméticos, conversaban con varios personajes más o menos públicos y reconocidos, que reflejaban sus avatares cotidianos. Como si la cotidianeidad de Antonio Banderas, Miguel Bosé o Pedro Delgado fuera un reflejo de la sociedad actual de los que tienen 50 recién cumpliditos, que a muchos les habrá tocado celebrarlo con la carta del despido en la mano.

No quiero imaginarme cómo será un día normal en mi normalidad de los cincuenta, pero soy consciente de que tendré mucho menos pelo y la boca hecha un cromo, si no comienzo a ponerle trabas y diques a tales disfunciones.

Sin embargo, veo nítidamente que si adquiero una mayor madurez que la recogida por mi sentido común una vez franqueados los 35, no será por haber alcanzado tan escandalosa cifra. Cuando uno atraviesa los 35, esa mitad del camino tan dantesco donde comenzamos a vislumbrar selvas oscuras se plantea cosas que antes nunca le habían quitado el sueño y mira de otra manera los catálogos de muebles que se acumulan en los buzones. Así que no quiero ni pensar en qué me rondará por la cabeza cuando tenga 50. Espero, al menos, que no sean los dos mismos versos que me rondan desde hace un par de días con la llegada de la primavera y no sé qué hacer con ellos, dónde ubicarlos, qué ornamentos le han de sentar mejor.

Sólo le pido a Dios que esa madurez que autoproclaman sea cierta, aunque viendo los comentarios de cincuentones públicos de los últimos días me cuesta mucho ser tan optimista.

Ahora mismo uno tiene que dudar hasta casi el infarto de dicha madurez, si se pasea por las declaraciones de un cincuentón como Jaime Mayor Oreja. ¿Les suena el nombre, verdad? Quien fuera un día Ministro del Interior del Gobierno del de la Peineta, candidato a Lehendakari y ahora vive su cotidianeidad con el excelso salario de un eurodiputado, que con la última regularización ascendía a más de 7500 euros brutos, lo que viene siendo anualmente 90000 (si hablamos de 12 pagas y de más de 105000 si se tratara de 14).

Hay comentarios inapropiados, inoportunos, oportunistas, chabacanos, ultrajantes y desproporcionados. Los de Mayor Oreja constatando verbalmente que el Gobierno está pactando con ETA para mantenerse en el poder entran dentro de otra categoría y no se puede titular esa categoría porque estamos en horario infantil y esto no es la COPE. Pese a quien le pese, él se mantiene en sus trece: hay síntomas, hechos, actitudes, afirma el guipuzcoano y se queda más ancho que Oliver Aton tras la consecución de un gol.

¿Eso es un signo de madurez? Pues entonces, virgencita que me quede como estoy. Casi prefiero exhibir mi cincuentena con las faldas que Francis Montesinos diseña para Miguel Bosé. He escuchado excentricidades y barbaridades de famosos cincuentones que estarán en la agenda de Mayor Oreja, pero ésta se lleva la palma. Supera con creces la de su jefe cuando dijo aquello de “cuando yo no lo sabía nadie lo sabía”.

Derrotado, admito que eso de la madurez adquirida por la edad, por una burda cifra acumulativa es un cuenta cuentos. Y si tu ideología no te lo permite o no la has adquirido antes, no va a aparecerte por sorpresa un día en casa para quedarse porque sea tu cumpleaños.

Si tienen alguna duda de lo que digo, sienten en la misma mesa a Esperanza Aguirre, Ramoncín y a Diego Armando Maradona, todos conocidos cincuentones, y déjenlos departir amigablemente. Examinen atentamente si eso es madurez, tomen notas. Ni siquiera un guión de González-Sinde daría para tanto.

 

Canción del día: Como un Lobo, Miguel Bosé

 

p.d. Leído en Días de Radio el 29 de Marzo de 2010.

p.d. 2. La viñeta es de J. R. Mora

 

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

MI PRIMO SERAFÍN Y EL BALANCE DEL PODER

MI PRIMO SERAFÍN Y EL BALANCE DEL PODER

 

Este fin de semana pasado estuvo visitándonos mi primo Serafín con la nueva novia que se ha echado. Parece la definitiva, pero nunca se sabe. De momento, están a la espera de un niño. Como se vieron en la tesitura o en la necesidad de hacernos unos regalos, nos encandilaron con un candelabro plateado para So y a mí me encasquetaron una pulsera Power Balance, que me dejó estupefacto. El candelabro, por espantoso, sólo lo utilizaría en casa el mayordomo para asesinar a alguien, si algún día disponemos de uno, aunque dudo que mis ingresos me den tanto como para volverme así de panoli.

La pulsera, en color negro, no tuve más remedio que ponérmela para mostrarme agradecido. Pero les prometo que yo no tenía ni la más remota idea de qué iba todo eso. Supuse que a ellos les agradaba bastante vérmela puesta, pues ambos mostraban orgullosos las suyas, en rosa ella y en púrpura él.

No fue justo hasta el desayuno del sábado que comprendí ciertas miraditas que se habían echado la noche anterior. Serafín me preguntó antes de dejarme atacar mi tostada:

-         ¿Y bien? ¿Cómo te has levantado hoy? ¿A que has dormido de un tirón?

-         Pues imagino que sí. La mascarilla apenas me ha molestado y realmente anoche acabamos tarde.

-         ¡Te lo dije!, le confirmó Carla a mi primo. Yo he bajado, dijo dirigiéndose a nosotros, en seis minutos los diez kilómetros desde que la tengo y a tu primo le han desaparecido los dolores lumbares de estar tantas horas delante del ordenador.

-         Disculpadme, les dije, pero estoy algo perdido. ¿De qué estamos hablando?

-         ¡La pulsera!, dijeron prácticamente al unísono.

-         ¿Qué le pasa a la pulsera?

-         ¡Pues que es la caña!

-         A ver… A ver que yo me aclare… ¿Me estáis diciendo que por llevar esto habéis mejorado en vuestro rendimiento diario?

-         ¡Toma claro!, gritaron de nuevo al unísono. ¿No ves que es una Power Balance?

-         ¡Sí! ¿Y?

Supuse entonces que la que impuso la moda en casa de mi primo fue Carla, porque era la que conocía las propiedades de la pulsera al dedillo y las dijo de una tacada:

-         Ayuda al sistema nervioso, dotándole de unos estímulos que favorecen el equilibrio, la fuerza y la elasticidad.

Y comenzaron a salirle conceptos de la boca como Biocampo, autocuración, medicina oriental, acupuntura, flujos de energía o kinesiología. A esas alturas ya se me había enfriado la tostada y no veía que el discurso fuera a terminar en breve, así que la di por perdida y me pedí otro café para amortiguar el cansancio que sus palabras me estaban provocando. Es curioso, me dije, y una pena que la pulserita de marras no ataque de raíz el aburrimiento, pero me estaba conteniendo por no molestar a mi primo, que para una vez que nos vemos en cuatro años tampoco es cuestión.

Así, tuvimos que soportar todo el finde los métodos comparativos de su autosugestión. Por ejemplo, cuando nos dijeron aquello de que antes hubiéramos acabado destrozados después de habernos dado una comilona del quince a base de secreto ibérico y haber subido media hora más tarde al campanario de la catedral, pero ahora con la pulsera ni nos enteramos. O lo de antes estábamos como vosotros, a las diez durmiendo en el sofá, pero ahora estamos aprovechando para ver mucho más cine: es que llegan las doce y parecemos dos lechuzas.

Y así podríamos estar una noche entera con sus estrellas y todo. Pero fue oscureciendo el domingo y encapotándose el cielo y decidieron adelantar la partida para que la lluvia no los retardara en exceso. Se ve que la pulsera no llega a tanto y no puede con los nubarrones.

En cuanto salieron por la puerta y doblaron la esquina, dejé la pulsera en un rinconcito de una papelera para que no molestara a nadie. Me reí un poco de esta nueva moda, me trajo a la memoria los chinitos de la suerte de mi adolescencia y tantas otras chorradas que la gente compra como si fueran churros, sin llegar a preguntarse el por qué de un producto como éste no se venda en farmacias, sino en una web al ladito de los rotuladores para reparar los arañazos del coche o del kit E-cigarette 2010 para dejar de fumar.

Según me aseguró So no la tiré, en realidad, por descrédito, sino porque teniéndola aún en mi muñeca me dio por llamar a Miguel para ir a hacer algo de bicicleta el miércoles y eso me había asustado.

Lo malo, le dije yo,  de estas pulseras con poderes es que como te lo creas mucho y te pille el día cruzado te lo pasas apretándole el circulito del medio para ver si de una puñetera vez sale el rayo fulminador que acabe con el perro del vecino, que no deja de llorar porque nadie lo saca a la calle.

Y So no pudo hacer otra cosa que darme la razón, y subimos a casa riéndonos.

 

Canción del día: Ironic, Alanis Morissette.

 

p.d. Leído en Días de Radio el 13 de Mayo de 2010.

 

LA VERDAD ERA UN SACO REPLETO DE MENTIRAS

LA VERDAD ERA UN SACO REPLETO DE MENTIRAS

 

El periodismo es esa ciencia que nos muestra, creándonos una opinión, los horrores del mundo y la excelencia de los políticos, los únicos salvadores de este cotarro. Los políticos y los periodistas se llevan muy bien entre ellos: ambos mienten descaradamente y con una caradura y un ego a prueba de bombas. No hay nadie en este mundo que quiera más a un político con poder que él mismo, ni nadie que se guste tanto a sí mismo. Nadie le echará un piropo a un político mejor que él mismo, si exceptuamos a algún periodista simpatizante.

Los políticos, por tanto, son los nuevos Jedis del asunto. Van por ahí con la espada láser de su codicia y la capa de capuchino de su magnanimidad y se hacen entrevistas y se dejan fotografiar de tal guisa, porque están convencidos de que están aquí para salvarnos. No pasa nada si durante su trayecto meten mano a los caudales de sus representados, como tampoco pasa porque en este periodo de ingrata austeridad económica para todos ellos sigan disfrutando de unos pingües estipendios porque la fuerza les acompaña. Y si la fuerza decae y se descubre el pastel y el lado oscuro, pues tranquilos porque llamamos a nuestros amiguitos de la prensa y nos salvan la credibilidad con una campaña de acoso y derribo por parte de la oposición. Ellos los adularán como se merecen: les preguntarán por la bondad de sus discursos, por cómo se siente uno siendo la niña bonita del partido, y los tratarán como a personajes de cuento de hadas, nunca como a ogros ni villanos, porque bastante papeleta tienen ya, los pobres, con la que está cayendo y obligados a gobernarnos.

Nadie miente, repito, tan bien como un político, sólo un periodista. Un periodista miente por dos razones: por adular al partido político de turno o por su propio interés, para echarle algo de salsa a la ensalada de su codicia y, de paso, abrirse un hueco en el poder.

En este hermoso arte de la patraña en papel los italianos son unos maestros. Ahora mismo, comparados con ellos, los españoles y los franceses al servicio de sus respectivas derechas son unos aprendices recién llegaditos a la academia.

Entre ellos, destacaremos a Tomasso Debenedetti, un joven freelance – es decir, un tío que se tiene que buscar las habichuelas porque no está fijo en ninguna parte y tiene que aceptar lo que le den por su labor. Por si fuera poco, el desdichado se había especializado en asuntos de la Cultura, con lo que su ruina estaba más que sepultada. Pero si no hay trabajo ni currículum, no pasa nada. ¿Qué sabe hacer un periodista mejor que escribir? Mentir. Pues ya está. Y el joven freelance se pone manos a la obra y comienza a sacarse entrevista de la manga con relevantes figuras del panorama literario actual. No se corta ni un pelo: Günter Grass, Philip Roth, José Saramago, Le Clézio… Habla con todos, como si tuviera una tarifa plana de Vodafone y su reputación sube como la de la Esteban tras su paso por los quirófanos.

Pronto se desvelará el pastel, porque es lo bueno de la red, que todo el mundo miente en ella, y recorta y pega en cuestión de segundos y que Roth hable mal de Obama o que Le Clézio reconozca como plausible el hecho de prohibir el burka en los colegios públicos franceses pues canta más que Kate Moss en un servicio de caballeros.

No hay en este asunto ninguna lectura feliz, todas son tristes. Tan tristes que ni siquiera parece que los afectados vayan a emprender acciones legales contra el inventor de las entrevistas, tan tristes como demostrar hasta qué punto la veracidad del periodismo a día de hoy es un camelo. Tan triste como para ver que la opinión de un intelectual hoy es menos interesante que la de un encuestador callejero para programas del corazón.

Pero, claro, como termina diciendo Miguel Mora en su artículo, si pagas menos de 25 euros por una entrevista a un Nobel pretendiendo la verdad, no puedes más que toparte con un saco repleto de mentiras.

 

Canción del día: The booklovers, The Divine Comedy.

 

p. d. Leído en Dias de Radio el 27 de Abril de 2010.

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres