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RUA DOS ANJOS PRETOS

MEMORIAS DE UN ALCALDE

MEMORIAS DE UN ALCALDE

 

Llevo casi nueve años lejos de casa por razones laborales. Hasta hace unos meses pocos eran los que visitaban mi hogar. Acaso la familia, que siempre hace el esfuerzo, aunque con cuentagotas. Evidente, también tienen sus motivos.

En marzo de 2003 comencé una nueva singladura, totalmente paralela a mis quehaceres de profesor de francés: la política. Nada reseñable hasta la fecha. Hace unos meses, apenas doce, logré convertirme en alcalde de Villanueva de la Espadaña, un pueblecito de menos de 11.000 habitantes que pocos sabrían ubicar en un mapa provincial, me atrevería a decir que ni tan siquiera los mismos provincianos serían capaces. Por no tener no tiene ni referencia en la Wikipedia o en Google Maps, aunque una de mis promesas ha sido sacar nuestra pequeña villa a la red. No soy de aquí, relativamente resido desde hace poco tiempo, no soy un tipo de esos que se dice entrañable y mi profesión es tan inocua como improductiva, pues el francés en las escuelas ha quedado desterrado a la chanza y la burla.

Desde entonces, es raro el fin de semana que no tenga gente en casa ofreciéndome cosas de lo más inverosímiles. Amigos que se me van uniendo a Facebook o que me sugieren amigos con los que coincidí en la escuela de Valladolid o en el Instituto de Alicante. Se ponen a hablarme como si no estuviéramos sin saber del otro más de veinte o veinticinco años, según los casos. Se permiten pedirte tu número de teléfono a través de una red social y te recomiendan sus canciones favoritas. Te dicen: a ver si un día hacemos el ánimo y vamos a ver tu pueblo y comemos juntos; y a las tres semanas se presentan en la alcaldía repartiendo algarabía. Tengo, en algunos casos, que mirarles a los ojos para reconocerlos, pues ahora son calvos o vienen preñadas.

Y todos me piden favores, como guiñándome un ojo, o dándome un codazo cariñoso mientras encienden un cigarrillo. Hablan de especulaciones, de recalificaciones, de engalanar Villanueva de la Espadaña y de dinero, sobre todo de dinero. Los que trapichean con él, los que lo llevan como moneda de cambio, nunca mejor dicho, para lucrarse a costa de unos memos que con sólo escuchar la palabra comisión o el término porcentaje se les abren los ojos como peras.

Mi teniente de alcalde es el que lleva el cotarro. Le gusta estar en la sombra, ser cauteloso y discreto. No asomar demasiado la cabeza y llevar siempre las manos en los bolsillos, para que no veamos si cruza los dedos o hace una peineta. Revisa mi agenda y me prepara oportunamente las entrevistas que darán con ventajosos beneficios para la comunidad. En Villanueva de la Espadaña hay 83,4 bodas anuales y se construyen 700 viviendas para jóvenes para ellos.

No es agradable estar en medio de todo esto. De alguna manera, comienzo a verlo así, también el pueblo se está beneficiando de tanto tejemaneje. La gente lo ve y te lo transmite, es agradecida, te da su apoyo incondicional y su voto si le arreglas la plaza y pones dos columpios para los críos, si cambias las baldosas para que reluzcan un poco más las calles. La señora Remedios me lo decía el lunes mismo: desde que me han hecho ustedes la rampita, ya no me da miedo salir a la calle. ¡Me ha cambiado la vida! Eso es reconfortante. Qué más da que nos hayamos embolsado unos miles de euros con el contrato y el apaño. Gente como doña Remedios nos recuerda que somos imprescindibles a cada minuto.

El teniente de alcalde me habla de todo esto a menudo, me trae a los campesinos para que me lo digan a la cara, lo que es incómodo, pero satisfactorio al mismo tiempo. Su mujer, según me ha confesado, siempre lleva en el monedero una foto de Jaume Matas. Es su ídolo, cuenta. Y desde que tenemos conexión wifi en el pueblo anda como loca buscando por la red unos escobilleros Inda para el baño. Mi teniente de alcalde me aconseja que le diga a Irene, mi esposa, que haga lo mismo, que se decante por los escobilleros de pared Lulú, para no levantar sospechas. Le digo que no tiene de qué preocuparse y regamos nuestras risas con un buen Vega Sicilia. ¡De dónde coño lo habrá sacado!

 

 

Canción del día: Vergüenza es robar y que lo vean, de Juana Molina

 

p.d. leído en Radio Candil el pasado 11 de noviembre.

 

 

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