RUA DOS ANJOS PRETOS |
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Como ha resultado que en esta Rua hemos comenzado a recibir centenares de misivas pidiéndonos un reportaje fotográfico de nuestra reciente estancia en China, hemos accedido a las peticiones de esos viandantes de tan humilde calle. A través de mi sitio en Flickr, del que alguna vez hemos hablado aquí podréis ir adelantando sobre lo que queremos reflejar de nuestra sorpresa y nuestro aprendizaje. Además, con fotos de una de las residentes con más pedigree de nuestro vecindario, Sonia Marques, podréis ver distintos momentos de ese viaje en nuestro blog paralelo, LA VOIE 11, del que también habéis tenido noticia puntualmente. Tuvimos la suerte de estar en la celebración del 60 Aniversario de la República Popular China y de los festejos que en todo el país se hicieron durante esa semana. De momento, en LA VOIE 11 podréis disfrutar de HANGZHOU, XIAN y GUILIN, tres ciudades imprescindibles para cualquiera. Que ustedes lo aprovechen. No dejo de sorprenderme ante la proliferación de perros que en mi urbanización viene dándose en los últimos meses. Aumenta paralelamente con la aparición de niños correteando y de madres primerizas que se cuentan anécdotas de pañales y las diferentes tonalidades de los residuos de sus infantes. Todo con esa naturalidad propia de los microcosmos, al igual que un grupo de enfermeras habla de antidepresivos tricíclicos o uno de poetas de la simetría rítmica entre Kavafis y Baudelaire. Así, bajo el falso ideal de sociedad de bienestar que nos hemos creído, repetimos el modelo de familia que esta sociedad nos ha impuesto: una pareja, un niño, una mascota. Podríamos pensar que la venida de un perro sustituye el recibimiento de un segundo hijo o que la llegada de un hijo suple la posibilidad de una segunda mascota en casa. Por esto, tampoco es de extrañar que en esta sociedad tan acostumbrada a los cánidos y al esparcimiento con ellos, surja la idea de que los chinos son unos bichos raros porque se dice que comen carne de perro. Y como la curiosidad no es algo que nos sea del todo ajena, cuando juntas a un grupo de españoles y los sueltas de luna de miel por el gran país asiático es de contundente lógica que, antes o después, van a hacerle la pregunta de rigor a los guías: ¿Aquí se come perro? El guía de turno, sin borrar la sonrisa, dirá que los chinos son respetuosos en su mayoría con los perros, conocedores de la repulsa generalizada que eso nos provoca a los narizotas – apelativo por el que llaman a los occidentales - pero aclararán, acto seguido, que en la región cantonesa, mucho más sureña, es tradición comerse todo lo que tenga cuatro patas, excepto las mesas y las sillas. Entonces, ¿en Pekín, coméis perro? A esas alturas ya hemos visto infinidad de perros siendo felices mascotas de felices pequineses, y sabemos que hay una raza de perro a la que se le llama precisamente así, pero el gusto de los españoles por generalizar como si de silogismos se tratara es más poderoso que la lógica. Es como si un islandés visitase Almería y le preguntara a los alegres transeúntes si ellos alguna vez habían practicado el tiro en la nuca, puesto que un reducido grupo de ciudadanos nacidos en Euskadi alguna vez lo han llevado a cabo. Eso sería otro silogismo, aberrante, pero silogismo. Al igual que, bien pensado, lo sería, un silogismo aberrante, el hecho de pensar que los más de 1300 millones de habitantes de China hubieran comido carne de perro alguna vez. Los guías, continuando con su amabilidad, nos comentaron que hay una creencia de que la carne de perro es buena para mantener la virilidad. Por lo tanto, tradicionalmente ha sido una práctica reservada exclusivamente a los hombres. Sólo con ello, ya estás quitando de en medio esa repulsiva, desde el ojo occidental, tradición a más de la mitad de la población. Y se sabe que en Cantón el perro para consumo humano es un perro criado en granja y cebado con piensos, para su engorde y posterior disfrute. Reconocen los que han hablado con los que la han probado que es una carne de sabor fuerte y muchos aseguran que con una sólo experiencia es suficiente. Así, algunas de las excursiones que los chinos nos preparan será una visita a un mercado típico tradicional de una ciudad. Por ejemplo, el que visitamos en Suzhou, donde uno encuentra de todo, si tiene tiempo a pararse a mirar y a observar, dejándose llevar por la algarabía de los lugareños. Había de todo, ya digo: pollos, anguilas, serpientes, ratas de agua, codornices… También, es obvio, había perros. Parecían felices. A pesar de las correas, siempre atendían a sus amos. p.d. Leído en el programa "Días de Radio" de Candil Radio el 3 de Noviembre. "NO ESTAMOS EN TIEMPOS DE JACUZZIS" HUGO CHÁVEZ, PRESIDENTE DE VENEZUELA Quizás, a lo mejor es un decir, nada tenga que ver una cosa con la otra, pero resulta cuanto menos escamoso ver que está siendo en estos tiempos de crisis acuciante cuando más tramas de corrupción política se están sacando a la luz. Como si en verdad fuera necesario que los ayuntamientos y comunidades de este país tuvieran precariedad financiera y económica, o como si, desestabilizados los consumidores de Mercedes y promotores hipotecarios de este país hayan decidido tirar de la manta y aquí sálvese quien pueda. Para los que aún sosteníamos la más que razonable duda de que estuviéramos sumergidos en una crisis, los que pensáramos que la subida del IVA propuesta por el gobierno para el próximo verano no era una espantada más de los chicos de Zapatero, nos ha llegado la prueba precisa de que esto es algo más que reducir la ingesta de cañas de cinco a tres por salida. Y es que la mítica marca de cava nacional (no diré español para no herir sensibilidades sensibleras), ésa que todos tienen en la mente y que año tras año nos regalaba por Navidad la sonrisa de algún famoso venido a menos, y que veía así engrosada su cartera sustanciosamente, a costa de unos españoles que apenas sabían chapurrear el inglés de Texas, esa marca, insisto, ha decidido repetir el mismo anuncio del año anterior. Ellos, que han sido capaces de hacer duetos insobornables, como el de Miguel Bosé con Shirley MacLaine; o el más rocambolesco, si eso era posible después de lo dicho anteriormente, de Placido Domingo con Ana García Obregón, se han dejado llevar por la belleza plástica de las chicas de natación sincronizada, capitaneadas por la natural y especial belleza de la Mengual. Pero no porque les afecte la crisis, qué va. Lo hacen por un compromiso ético con el duro momento que nos está tocando franquear. Cómo podríamos aceptar los televidentes el hecho de que se esté despilfarrando ese brebaje maravilloso, haciendo piscinas de dorada ambrosia para la rutilante estrella del momento, mientras en nuestra casa el día de Navidad tendremos que lidiar con unos langostinos con guarnición de hielo y su salsa mayonesa de los supermercados Aldi. Eso está muy bien, qué loable, desde aquí bien que se podría proponer un aplauso ante tan valiosa gesta. Y, sin embargo, ¿por qué esta congoja que me abotarga? ¿Por qué esta necesidad de llorar que se me ha puesto en el pecho desde que supe la noticia? ¿Por qué me vi saliendo al balcón de mi casa anoche y les regué y colmé de atenciones malsonantes? Pues grito desde estas humildes ondas: ¡Traidores! ¡Farsantes! ¡Rompe Tradiciones! Si no teníamos ya bastante con el vergonzoso mutis por el foro que hace unos años hizo el calvo de la lotería, ahora nos quitan el anuncio que era pistoletazo de salida para las compras masivas en las principales calles de nuestras ciudades. ¿Qué nos queda a los que creemos firmemente en tan señaladas fiestas? Si no podemos salir porque no podremos gastar, ¿cómo vamos a saber que es Navidad? Si no hay calvo, si no hay burbujas, si el soldado no volviera a casa por Navidad a comer el turrón de la madre, ¿cómo sabríamos a qué hora hay que comenzar a rellenar el pavo? ¿Tendríamos que ver el mensaje monárquico para saber por dónde va la cosa? No tengan escrúpulos con los españolitos, sean patronal una vez más y acuchillen sin piedad, como en una película de Tarantino, los instintos más consumistas y las ilusiones más básicas de todo hijo de vecino. Ciérrennos las puertas en las narices y retomen de nuevo a las burbujitas sincronizadas, para que nos sepan aún peor los sucedáneos de caviar o la pantomima de ensalada de ahumados a la que vamos a resignarnos este año. Mejor aún, señores del Cava: deberían reponer, puestos a destrozarnos la Navidad y a reventarnos las ilusiones, aquel anuncio que protagonizó el antivicio (ejem ejem) Don Jonson con ¡Norma Duval! Eso sí que es no tenerle miedo a nada. Manolete hubiera llorado emocionado ante tanto coraje exhibido. Sólo me queda, mísero de mí, brindar con mi póster de la Mengual. p.d. Leído en el programa Días de Radio, de Radio Candil, el 22 de Octubre de 2009. Cuando uno se marcha de su país durante dos semanas con el simple deleite de desconectar de las cosas, piensa, en la mejor versión cinematográfica de sí mismo, que deja a su país en manos de la providencia y que, a su regreso, todo el curso natural que se hubiera dado de haber permanecido en él, se desmoronará y cambiará su fisonomía de manera similar a como lo hacía en La balsa de piedra de Saramago. Es algo exagerado, pero es que la cinematografía que cada cual se monta en su sesera es exagerada. Me he pasado quince días sin saber nada de lo que ha ido aconteciendo por aquí en estos primeros días de octubre. Acaso me alcanzó a tantos kilómetros a conocer el dramatismo de los diferentes cataclismos que asolaron Asia, la exhibición impúdica y privada de los festejos por el 60 aniversario del nacimiento de la República Popular de China, cuyas consecuencias viví en una segunda fila privilegiada, y el desafío de la Academia Sueca al bochorno al concederle el Premio Nobel de la Paz a alguien que no lleva ni un año en el poder, ni ha retirado sus tropas de ningún país. Me he desvinculado de los multiusos de Internet. En primer lugar por satisfacción personal y en segundo por la inaccesibilidad que el gobierno chino ha explayado en esos días tan importantes para ellos. Y así, después de 22 horas de viaje, he regresado a mi casa, con los oídos taponados por culpa de una lluvia traicionera en Shanghai y la presión de los aviones a la hora de tomar tierra. He dormido lo que mi cuerpo ha querido, que no ha sido mucho. Y me he puesto a buscar entre las noticias esos cambios deseados, imaginados, en espera de que alguien hubiera recuperado, al menos una persona, la sensatez y hubiéramos evolucionado algo, una noticia que mereciera la pena el regreso, la vuelta a la cotidianeidad y el trabajo. Pero no, definitivamente no. En España todo sigue igual. Las noticias parece que me han esperado, que han sido permisivas con mis vacaciones y han decidido dejar los sobresaltos para otra ocasión, quizá más invernal, porque este otoño está siendo de risa, climatológicamente hablando. Quienes copan los titulares siguen siendo los mismos que cuando me fui, como si ellos mismos por sí mismos fueran el maná nutricional de este nuevo y hastiado antiperiodismo que nos quieren vender desde los medios de comunicación: el grupito del caso Gürtel y sus cansinos cruces de acusaciones; las peticiones de dimisiones y las exigencias de responsabilidades de unos y otros; la lesión de Cristiano Ronaldo, que acapara la indignación de unos memos entrañables, los periodistas deportivos, capaces de llamar a un lance del juego: la lesión más cara de la historia, eso se se dice ya; los abucheos a Zapatero; las lágrimas patriotas de los desconsolados por haber perdido otra oportunidad de ser especuladora y maravillosamente olímpicos; las cuentagotas de los detenidos por corrupciones inmobiliarias, aún ahora que se habla de la crisis del ladrillo; los irracionales que siguen sesgando las vidas de sus parejas; la poca vergüenza de Antena 3 que se ríe de las muertes de los afectados por la gripe A, inventándosela para sus alumnos de su nuevo programa Curso del 63; la academia de Cine, que al mando de un desconocido Álex de la Iglesia, mediocre director de cierto talento y hacedor de pastiches legendarios como Perdita Durango, Muertos de Risa y Crimen Ferpecto, decide de nuevo llevarse a los Óscares a Trueba, pasando por encima de Almodóvar. Sólo desfallezco un poco ante la siempre triste noticia de la pérdida irreparable: en este caso, la de Mercedes Sosa y Miret Madalena y las críticas a la nueva película de Amenábar. Pero reconforta saber que podría coger ahora mismo el petate y salir pitando de nuevo, perderme otras dos o tres semanas, que aquí seguirían los mismos disfrutando del reflejo de su imagen en el espejo de sus banalidades. Es trágicamente hermoso saber todo esto. p.d. Leído en el programa Días de Radio, el pasado 14 de octubre. Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que arrancarme de las cuencas estos ojos que han aprendido a mirar las cosas desde el lado gris de la circunstancia; tendría que realizar infinidad de cursos de aromaterapia para mudar esta costumbre de oler siempre a amenaza de lluvia; tendría que morderme la lengua hasta que mis dientes sintieran la viscosidad de la sangre, cual torrente golpeando el rompeolas de mis encías cariadas. Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que robar en un banco de ojos, unos limpios y claros, sinceros, muy sinceros, que supieran decir hasta en la concavidad del rigor mortis: tranquilo, yo no voy a traicionarte. Unos ojos, como de ciego, que supieran tender la mano sólo conociendo la voz de quien la pide. Para que yo me llamara Vicente Ferrer mis manos tendrían que haber reconocido la tierra sólo con posar la palma de mi mano; haberme confundido muchas mañanas de primavera con la tierra, haber escarbado buscando raíces donde sólo crecen campos de minas, tendría que olvidarme de estas uñas pulidas con lima, que habrían aprendido a sentir el agua a metros de distancia. Para que yo me llamara Vicente Ferrer hubiera precisado hace tiempo un cortecito en el córtex de unos pocos centímetros, creo que con cinco hubiera sido suficiente, o haberme dejado practicar por el doctor Gregory House una biopsia incisional, de ésas que apenas duelen y en todo momento uno es consciente de que le están apuntando con cámaras de televisión y haciendo preguntas para trepanar hasta el quid de la cuestión y su reverso. Para así dejarme extraer todos los pensamientos que destilan lentamente los sucesos, haciendo un licor de angostura en el alma imborrable, capaz de profanar tumbas, que destiñe las bienaventuranzas de la vida, poniéndole formol a las emociones. Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que ver el tiempo no como una amenaza constante, sino como un reto a nuestra voluntad, una carrera de fondo por los acantilados del Mar del Norte; sería una sucesión de instantes en los que ayudar a los demás se convertiría en auxilio de mí mismo. Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que haber aprendido a desbrozar del hombre su lado absurdo y ridículo: ése que le lleva a realizar las inmundicias más imprudentes en nombre de las libertades, que llama a la volatilización de inocentes daños colaterales, que le arrastra a cambiar cocaína por polvos de talco para revenderla, que llama al lucro obligación. Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que ver el hambre y la pobreza como un lúgubre túnel de cientos de metros donde se vislumbra un diminuto halo de luz al que hay que llegar aunque las piernas y el esfuerzo nos venzan; y no como lo veo: un mal menor para muchos, una necesidad vital para unos tantos engreídos, que siendo conscientes de que con el diez por ciento de su riqueza harían un boquete en el túnel por donde pudiera pasar sin dificultades un arco iris, prefieren ponerle ladrillos y comprarle bolsos de gucci a sus mascotas, mucho más valiosas para la supervivencia de este planeta. El currículo de Vicente Ferrer fue demasiado fatigante para mí. Yo nunca podría ser Vicente Ferrer. Ninguno de nosotros podría ser Vicente Ferrer. Y el que lo piense, que siga aparcado en su arrogante insensatez. p.d. Leído en Días de Radio, el 21 de septiembre. p.d. Encontrado en la iglesia de San Fernando y Santa Isabel, de Badajoz. <!-- /* Font Definitions */ @font-face {font-family:Garamond; panose-1:2 2 4 4 3 3 1 1 8 3; mso-font-charset:0; mso-generic-font-family:roman; mso-font-pitch:variable; mso-font-signature:647 0 0 0 159 0;} /* Style Definitions */ p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal {mso-style-parent:""; margin:0cm; margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:12.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 {size:595.3pt 841.9pt; margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; mso-header-margin:35.4pt; mso-footer-margin:35.4pt; mso-paper-source:0;} div.Section1 {page:Section1;} --> No hay nada como la destrucción para crear una cálida sensación de camaradería, y durante unos minutos, allí, en mitad de aquella barahúnda, llegamos de hecho a sentirnos una familia numerosa y feliz. Sam Savage, Firmin, 2006 <!-- /* Font Definitions */ @font-face {font-family:Garamond; panose-1:2 2 4 4 3 3 1 1 8 3; mso-font-charset:0; mso-generic-font-family:roman; mso-font-pitch:variable; mso-font-signature:647 0 0 0 159 0;} /* Style Definitions */ p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal {mso-style-parent:""; margin:0cm; margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:12.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 {size:595.3pt 841.9pt; margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; mso-header-margin:35.4pt; mso-footer-margin:35.4pt; mso-paper-source:0;} div.Section1 {page:Section1;} --> En la madrileña estación de autobuses de Méndez Álvaro a las seis de la mañana poco o casi nada puede hablarse de la felicidad, disertar sobre ella con los que esperan una salida. Son rostros cansados, perdidos, olvidados. Rostros que podrían llamarnos la atención por un momento, pero que no volveríamos a recordar en cuanto saliéramos de allí, hacia nuestro destino. Son rostros huraños, perdidos en el laberinto de sus diferentes responsabilidades, que a duras penas levantan la mirada del suelo para ver si su autobús está ya esperándolos en el andén indicado. Rostros que fuman para pintar su propia cortina o que se buscan a sí mismos en el misterio de los posos del café, intentando vislumbrar algo de lo que le deparará el día. Si tropezáramos con una cara amable o sonriente entre ese océano de minutos de impaciencia, nos preguntaríamos, tal y como lo haría Mafalda, por qué no nos prescriben su receta. A las seis de la mañana, en Madrid, no son felices ni aquéllos que regresan a casa de la fiesta, haciendo balance de las horas danzantes y de los alcoholes ingeridos, recordando esa sonrisa que pasó por nuestro lado y no supimos abrazar. Y, sin embargo, Madrid es una de las ciudades elegidas a través de una encuesta realizada por la revista Forbes entre las diez más felices del mundo. La sexta, para ser exactos. Una ciudad donde la fiesta no acaba nunca y donde, si hacemos caso a las palabras de la revista, hay una vibrante cultura y una alta calidad de vida. Es curioso que una revista que se ha hecho famosa por sus célebres listas anuales de los más ricos del planeta termine dando el galardón de la metrópoli más feliz a Rio de Janeiro, una de las urbes más pobres del mundo, donde la vida vale lo mismo que una encuesta y es más fácil encontrar un cadáver que una farmacia. Quizá el COI se haya valido de esta lista para posicionarla recientemente por encima de Madrid en cuanto a posibilidades de celebrar unos juegos olímpicos. Es probable que a las seis de la mañana en la parada de autobuses del barrio de Rocinha, antigua favela, tampoco encuentre uno rostros felices, entusiasmados con la idea de un nuevo amanecer. Ni en Sydney, la segunda ciudad de la lista. Ni en Barcelona, que cierra el podio. No he visto yo a esas horas en la Ciudad Condal rostros felices, si acaso los típicos de los turistas haciéndose fotografías en Plaza Cataluña, pero recelo de creer que incluso a los turistas a esas horas les provoque el mismo placer Gaudí. Dice Michelle Finkelstein, vicepresidenta de una de las agencias de viajes implicadas en la encuesta, que los mejores ingredientes de Barcelona son sus excelentes guarderías públicas; su el clima, catalogado como uno de los mejores del continente y contar con el mejor equipo de fútbol del momento. Pudiera ser que el leve recuerdo de esta extraña suma nos arrancara una sonrisa mientras encendemos el coche, pero dudo mucho de las dos primeras razones. Es probable que la conclusión de la encuesta sea recordar las alegres palabras de Palito Ortega y sospechar que los de la revista Forbes andan enamorados y cantan de gozo a la vida porque La gente en la calle parece más buena, Y todo es diferente gracias al amor. Ninguna ciudad es hermosa o feliz a las seis de la mañana. Eso ya me lo enseñó hace mucho la poeta madrileña Cristina Morano. Ni Ámsterdam, ni Roma, ni tan siquiera París, a la que siempre vuelvo y en la que soy desdichadamente feliz paseando entre sus interminables jardines. Debe ser que la felicidad va por barrios, y no por ciudades. p.d. Leído en el programa Días de Radio de Radio Candil. Debo resarcirme de mi buen amigo Jesús, que me increpa hoy con el hecho de que no me he prodigado con el eco de la noticia tan sorprendente que desde Almería me trae Antonio Almécija. Me ha propuesto que desde las ondas de Radio Candil y, concretamente, desde el programa que el coordina, Días de Radio, tenga una columna diaria en la que pueda hablar de lo que me venga en gana. Así lo estamos haciendo y el resultado me agrada, no sé a los almerienses que participan de mis palabras y mis asuntos. Por lo que me cuenta Antonio, creemos que sí. Comenzamos esta singladura el pasado día 2 y de ella os daré cuenta en este blog, colocando alguna de esas columnas. Es un hermoso ejercicio que me obliga a escribir, que buena falta me hacía. Porque uno, en su letargo eterno pre-y-postestival, deja de escribir incluso a los amigos. ¿Verdad, Jesús? |