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LAS DESPEDIDAS SON LA CERTIDUMBRE DE LO IGNOTO

En estos últimos diez años he aprendido a escribir muchas despedidas. Dicen quienes las leen que cada vez lo hago mejor, despedirme. Quizás sea porque la ciudad que actualmente resido es la octava localidad por la que paso y dejo unos años de mi vida, y he ido despidiéndome por el camino de mucha gente, de los que actualmente desconozco todo y sólo quedan de ellos vagos recuerdos, momentos especiales y se desdibujan sus caras, o se entremezclan y le pongo frases a unos que son de otros y hago travesuras con gentes que nunca fueron traviesos.
En ésta que hoy escribo, que es una despedida sin serlo, también hay música en mis auriculares, un grupo que me tiene fascinado últimamente de nombre excéntrico y poco ortodoxo, y que me reservo, pues ya les he puesto algo de ellos en alguna ocasión. Y hablo de perros, que lo hago mucho en mis despedidas, porque tengo de fondo el llanto de uno de ellos, el de mi vecina del bajo-be, que piensa que el patio de luces es caninamente suyo. No es el mismo inquilino que educadamente deposita sus heces en la piscina de nuestra comunidad, lo que es de un mal gusto sorprendente incluso para un perro, sobre todo si tenemos en cuenta que nuestra piscina, como también les expliqué con anterioridad, está en la azotea del edificio y, por lo tanto, hay que ascender para la deposición, lo que es raro hasta para un cánido, no me digan. En mi personalísima investigación y particularísima deducción posterior llegué a la conclusión de que el cánido de muelle flojo había sido víctima de un ataque y temía por su vida. Conocedor el cánido de toda la filmografía de Wes Craven, optó por recorrer el mismo tránsito que sus musas. Como Sandra Cassell, Leslie Hoffman o Neve Campbell subió los peldaños que subían a la salvación de tres en tres y, en lo alto, viendo cómo la ciudad silente y dormida nada podía hacer por rescatarle de las fauces de la muerte, el pánico lo enroscó entres sus fauces cual mórbida anaconda, abriéndole los canales del esfínter como a los pasajeros de un aeropuerto en cuanto pisan tierra.
Las despedidas implican en el 99% de los casos un viaje. Puede ser éste físico, espacial o mental, pero siempre se hablará antes, durante y después del viaje que provocó la despedida.
He aprendido con los años y el ostracismo extremeño que cada vez me resulta más difícil despedirme, y les prometo que estoy habituado a ello. Alternativamente a esta columna estoy escribiendo mi despedida número 26, la que en cada número les ofrezco a los lectores de nuestra revista, El Coloquio de los Perros, y de la que también tienen noticia por aquí. De éstas, cuando el azar o la necesidad me obliga a releerlas, diré que también he aprendido. En ellas, ya lo dije, siempre hay una canción dando vueltas y bien que se podría hacer una antología de la despedida con ellas.
Y he aprendido que se organizan timbas de póquer en los contenedores de basura, y que por eso pesan tanto a partir de la medianoche. Que la soledad es la mejor aliada de la locura y que no sólo somos como los cánidos que suben a las azoteas a defecar, sino que somos también licenciados Vidriera, cada vez más opacos. Que puedes llamar a las tantas a los tele-chinos para que te traigan tabaco y alcohol. Que la palabra ya no es milagro, sino moneda de cambio de los mercaderes del prime-time, que abren cajas de seguridad donde guardar las miserias humanas y sacarlas a la luz para subir las audiencias. Que, en contra de lo que toda una generación había creído, Matrix no estaba evolucionando y que daba igual qué pastilla eligiera Neo. Que en algunas geometrías suburbanas la música es un casus belli y sirve como excusa para lanzar piedras contra las fuerzas del orden para salir de la monotonía. Que el mundo que vemos en directo y el mundo en directo que nos ofrecen nunca es el mismo.
Y, sobre todo, he aprendido que las despedidas no han de hacerse bajo los efectos de la anestesia y que cargar con ellas cuesta demasiado, tanto como las maletas que adornan la escena y que representan símbolos de alguna pérdida siempre. Porque nunca sabes si le estás dando el último adiós a alguien amado, nunca sabes si no has dicho demasiadas pocas cosas. Nunca sabes nada. Sólo que particularmente ya he vivido muchas, y cada vez son más amargas.
Las despedidas son la certidumbre de lo ignoto.
p.d. Canción del día: Across the Universe, Beatles
p.d. 2. Leído en Días de Radio el 20 de octubre de 2010.
LA VIDA ES UNA CERVEZA CON AMIGOS

La vida es una cerveza con amigos una tarde de lluvia improvisada y sin prisas, una palabra de cuatro letras, un hueco en un autodefinido, una beca ERASMUS recibida y disfrutada a los 76 años, es un amanecer, un atardecer y poco más.
La vida es la mirada imparcial de 90 años de la bailarina cubana Alicia Alonso, de sus cientos de representaciones de Giselle, la heroína del libreto del romántico Théophile Gautier desde 1972; es un breve encuentro en Murcia con Augusto Roa Bastos moviendo una mesa, con Maya Plisetskaya, persiguiéndola por los callejones de la tercera planta de El Corte Inglés, entendiéndonos en una extraña combinación de francés e inglés; es una foto borrosa de mi grupo de octavo de EGB en Toledo con Marcelino Camacho y la voz de un - a día de hoy – militante socialista rogándonos que, por favor, no se la enseñáramos nunca a su madre, la mujer del notario del pueblo.
La vida es el espacio de tiempo que va de una aparición a otra en Telecinco de Belén Esteban; o los días que nos damos cuenta que hace mucho que no sabemos de Boris Izaguirre o Mercedes Milá y seguimos aquí y no ha pasado nada.
La vida es un café en Piazza Della Rotonda, en Roma, leyendo las inscripciones en mayúsculas del Panteón de Agripa detrás del Obelisco, intentando recordar que Tertium indica que el monumento fue mandado hacer durante su tercer consulado; es la risa de Katherine Hepburn a través de la gran pantalla y en versión original; es el instante preciso del cameo de Alfred Hitchcock y descubrirlo sin perder el ritmo y la intriga de sus películas.
La vida es Karolina Kurkova en todas sus vertientes, en todos sus vértices, declarando que el glamour es cosa de pijas, que hay que aprender para no perderse en sus excentricidades, y que hay que sobrevivirle porque hay que hacer la compra, cocinar y coger el metro; es tropezarse con una mirada perdida de Penélope Cruz en un concierto de Prince y ruborizarse como uno lo hace ante la Sibila de Delfos que capta toda nuestra atención en la Capilla Sixtina.
La vida es la sorpresa que nos proporciona cualquier regalo inesperado y la sensación que se nos queda en el alma de que ese momento no nos pertenece a nosotros, que se lo hemos robado a otro o se extravió de una escena de película en blanco y negro; es no hartarse de reencontrarnos en la placidez del sofá con el dinosaurio de Augusto Monterroso; es el olor a champú de la persona que una noche se ha quedado a dormir y que todavía no se ha marchado al despertarnos.
La vida es Allisson Le Borges embutida en unos leggings reforzados en caderas y buscarle entre los encajes, como si resolviéramos una sopa de letras, los parecidos razonables con su abuelo, Alain Delon; es Marylin Monroe reclamándonos su atención, pidiéndonos ayuda a través de la cámara de Cecil Beaton; es una lista de regalos navideños que, al menos, contenga una botella de Matarromera; es pensar que puedo reencontrarme con Susanne, después de casi cuatro años sin vernos, en los que ella ha sobrevivido a un cáncer y saber que voy a emocionarme en ese primer abrazo.
La vida a veces incluso es como leerle sánscrito a un burro o hacer helado de tocino, es ese día que llegas tan desencantado a casa que quieres tirarlo todo por la borda y comenzar de cero, aun sabiendo que después la almohada te dictará otros menesteres y te organizará el próximo día de manera similar al que acabas de dejar de lado.
Porque la vida a veces también es deleitarse en la más perezosa de las actitudes perezosas, o sentarse en la mesa de escritorio de tu abuelo en la que escribiste tus primeros versos y holgazanear, leyendo a los amigos o escaneando fotos ya ancianas, que te traen momentos y lugares que casi cuesta ubicar. La vida también es demorarse al fregar los platos, dejando que suenen los Pixies cada vez más alto, esperando que el otro lado de tu cama regrese del trabajo y encontrarte en su boca, preguntarle cómo ha ido todo, que será igual que siempre, abrazarla pese al calor, disfrutarla esas breves horas antes de que os rapte el sueño tumbados en el sofá.
La vida, en ocasiones, es amar, pero pareciendo que no haces nada, como si fuera una certeza cotidiana, afianzándote más en ella, recordando las palabras de Susanne desde Berlín, asegurándote que son tiempos extraños los de un cáncer y que cuando termine la lucha volverá a vivir. Más que antes, asegura.
Canción del día: What’s Good, Lou Reed
p.d. Leído en Días de Radio el 5 de Octubre de 2010.
EL PÓQUER COMO RENOVACION DEL CASINO

Me encontraba en esos minutos de la basura en los que nos sentamos a esperar que se haga nuestra hora de salida para terminar mi jornada laboral del sábado. Cogí una revista que había por allí, cerca de la mesa. Una de ésas que los hoteles tienen a modo de promociones varias. Hablaba de póquer, una de esas publicaciones que te hacen un resumen mensual, amplio y exhaustivo de todo lo acaecido en los innumerables campeonatos y torneos que se celebran a lo largo de todo el orbe terrestre. Una de tantas que han ido proliferando en los últimos cinco años en nuestro país, en la que cuatro o cinco jugadores profesionales consagrados se lo guisan y se lo comen para demostrarles a los demás lo cojonudos que son y lo mucho que les gusta mirarse el ombligo.
Un artículo levantó especialmente mi curiosidad, más que mitigada a tales horas de la mañana. Se trataba de una especie de historia abreviada del juego en España en diversos capítulos. En esta ocasión, casualidad de casualidades, le había tocado al capítulo del póquer nacional. En él se atrevían a asegurar, grosso modo, que los casinos subsistían anquilosados en un bucle que iba repitiendo los periodos que se dieron durante el Medievo: Alta y Baja Edad Media y que los colonos que fueron a hacer las Américas, exportando el Poker Texas Hold’em de Las Vegas para promocionarlo aquí y darle la alcurnia y el prestigio que hoy tienen fueron los Giotto, los Botticelli, los Donatello de la actualidad. Con ellos llegó el Renacimiento a las salas de juego y todo se volvió mágico de repente y accesible.
Son esos jugadores profesionales, cuyo atuendo principal son unas gafas negras, los que pueblan los pasillos de los casinos, aullando ante la valentía de un fulano que se juega la posibilidad de hacer una escalera con una trucha, que, para los profanos como un servidor, es una de las mejores jugadas que hay con tus dos naipes y al que vitorean porque se ha llevado después de unas horas un premio de 3000 pavos. Insertos en las más variopintas publicidades de las casas de apuestas virtuales que pululan por esta Nueva Europa que están construyendo, con sus gorras de béisbol americano o sus capuchas de skaters, aseguran que esta nueva configuración del paisaje ha cambiado el obsoleto y rancio abolengo de las salas de juego, en las que, hasta hace bien poco, se solía exigir etiqueta o no se permitía el acceso a ellas sin un calzado apropiado al menos. Lo mínimo que se pedía era una chaqueta para los caballeros y vestido para las señores y el personal te trataba de usted en cada momento, aunque pasaras allí más horas que ellos mismos y supieran más de sus cosas que su propia familia. Dentro del colmo del elitismo recalcitrante, hasta contaban con un servicio de guardarropía, donde también se podía alquilar ciertos enseres, necesarios para la entrada al recinto de juego.
Pero como dicen estos pupilos de Da Vinci, son nuevos tiempos y hay que espabilarse. Los casinos se han reciclado para dar cabida a más visitantes y potenciales clientes y se han ido quitando - algunos paulatinamente, otros de un plumazo - todo el boato y la etiqueta de club selecto que antaño todos conocíamos y que, al parecer, tanta grima daba a los que sabían que con el contenido de su cartera no podían ascender tales escalones. Ahora las chanclas, los chándales y los bermudas están a la orden del día y cualquier billete de curso legal es recibido con la mejor de las sonrisas. Entran como quien ha quedado para hacer botellón con sus esparteñas fashion y acoplándose en las posturas más risueñas para que apreciemos correctamente sus shorts de marcas reconocibles para todos y se les trata más campechanamente que a la familia real. Cuando hay que requerir la presencia de alguien por megafonía interna para comenzar un sit&go se les llama por su nombre de pila y todo el mundo parece de lo más feliz.
Y a mí me ha dado, fíjense qué cosas, a las cinco y media de la madrugada, por extrapolar todos estos signos de decadencia de este pequeño circo de las vanidades al resto de la sociedad, donde lo vulgar arrasa hasta la ataraxia y uno puede señalarle a su compañero ocasional el detalle de la vena de una mano en un cuadro de Renoir con la ayuda de un objeto punzante como es un paraguas y nadie de los que ven la escena le llamarán la atención horrorizados ante tamaña desconsideración y falta de educación. Por lo visto y sentido en mis diez años largos de servicio al cliente, éstos, ellos, nosotros, todos, tenemos ciertos derechos inalienables al adquirir una entrada o al traspasar una puerta. Es decir, derechos que no se pueden enajenar, que no se pueden ni vender, ni ceder ni transmitir legalmente. Y a todos nos gusta ser clientes en esta sociedad altamente consumista. Que nos traten exactamente como nosotros queremos: como a un perfecto cliente.
La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: si cuando adquirimos ciertas entradas nos convertimos en clientes de inmediato, y dejamos nuestra parte de ciudadanos en la puerta, antes de entrar, a la señorita amabilísima de la recepción o del guardarropía.
Canción del día: Viva las Vegas, de Elvis Presley.
p.d. Leido en Radio Candil el 21 de Septiembre.
99 ES COMO 100-1

Ustedes los occidentales escuchan látigo y se les va la cabeza. Se imaginan a una mujer embutida en un ridículo traje de cuero minúsculo, se les llenan las neuronas de depravación, transformándose en íncubos lascivos a la caza de un buen ejemplar que llevarse a las caderas, se tiran como posesos a libar la punta del zapato de la portadora del látigo. Llámenlo paradoja si quieren, pero aquí, en nuestra civilización, casualmente, también con la palabra látigo a muchos se nos transporta el pensamiento hasta una mujer enlutada, pero con velo, pecaminosa, cancerígena y adúltera. En el fondo, podríamos decir que somos tan parecidos… Pero ustedes tardarían en siglos en creerlo…
Ustedes se levantan por la mañana, preparan el desayuno y, como no son horas de ir a por el periódico local, ponen su canal de televisión preferido para amenizar el café con lo más destacado de la jornada anterior. En nuestro caso, ponemos Al-Jazeera y desayunamos agradablemente con el sabor de la justicia y la noticia de que a la mujer iraní condenada a muerte por adulterio le darán otros nuevos 99 latigazos, pues nunca está de más unos buenos azotes bien propinados, para que el resto observe cuán ejemplarizante y purgativo es quitar los pecados del espíritu antes de entrar en la otra vida, es decir, antes de pasar a mejor vida, que es un eufemismo para decir que nos liquidan para el otro barrio. Bueno, me ha salido otro eufemismo, qué podemos hacerle, si aquí somos tan eufemísticos, que ahora me pregunto si vendrá de místico esta palabra. ¿Serían los místicos del Éufrates los primeros eufemísticos? Tendría que mirar en la wikipedia.
Nunca sabremos si realmente es adúltera o no, pero conocemos el delito y la pena, la exculpación a la que será sometida públicamente y sus más que presumibles consecuencias, a pesar de los protestantes insurgentes occidentales, que están deseando venir a adoctrinarnos y a decirnos cómo debemos hacer lo nuestro, ellos que no saben siquiera gobernar su propio mundo opiáceo y se escudan en faldas de Dior para los flashes.
Personalmente, poco o risibles me parecen los cinco años que lleva en la cárcel esa mala pécora de Ashtianí, ya la podrían haber lapidado hace tiempo y ahorrarnos la deshonra de tener que mirarla a los ojos y una buena cantidad de impuestos para salvaguardar su manutención.
99 latizagos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco… Y así podría seguir mi cuenta hasta casi la centena. ¿Han escuchado mentalmente el chasquido del cuero tras cada uno de los números? ¿Han sentido su espalda desnuda, acicalada con la púrpura de su sangre centelleante? ¿Han visto la sangre derramada de los labios de su hijo, lacerante por la impotencia que causa el castigo?
99 latigazos, cifra mágica, por consentir tomar una foto sin velo, rigiéndose por las barbaridades occidentales, ese Disneyland inmundo, que van a convertir nuestro paraíso en un reducto de insurgentes. Los innombrables salen con la idea descabellada de que no es ella la modelo de la foto, pero es más evidente que nuestra justicia, auspiciada por los dones divinos, jamás tropieza. Y la difamación que de la decencia ha hecho Ashtianí es intolerable, a pesar de nuestra conocida tolerancia. Pero ya me estoy viendo a los franceses… Oh, los occidentales arbolando su simpleza bajo los canales retrógrados de la indecencia… Oh, ese enano de Sarkozy, ninguneado por su atribulada señora… Sólo ellos hablan de normalidad cuando ven a una mujer maquillada y resaltan su belleza para crear la autodestrucción y contaminar el germen de todas sus iniquidades… ¡Pobres brutos!
Desde mi ventana amanece sobre la cúpula de la Ópera Garnier aquí en París, y el día comienza apacible. El servicio de habitaciones toca a mi puerta, trayéndome el desayuno. Debo abrirles. Es tiempo de ir dejándoles. Tengo que apresurarme. Dentro de dos horas me reuniré con el señor Lombardi, algo así como un portavoz del Vaticano. En mi calidad de diplomático, no puedo salirme del guión y es bueno para nuestro gobierno estas publicidades tan gratuitas… Así que no hay más remedio que escuchar al tarado con alzacuello. Mientras él hable, yo iré palpando la delectación de los 99 latigazos: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Y con esa satisfacción iré asintiendo con la cabeza a sus rogativas y presumibles consejos, hasta que termine su dichosa cháchara cristiana.
Canción del día: TOXICITY, SYSTEM OF A DOWN
p.d. Leido en Días de Radio el 8 de Septiembre de 2010.
RÉQUIEM POR PLATANITO

Que si el pobre toro de Tordesillas, de nombre Platanito, que ya hay que ser cursi como tan sólo lo puedo ser un aspirante a señorito con patillas de mostrenco y polo de marca a juego con chaleco de cazador para llamar a un representante del símbolo nacional de tal guisa y que ciertos medios han grabado como acto violento para darle carnaza a los antitaurinos;
que si la increíble hazaña de Nadal al conquistar todos los grandes campeonatos tenísticos con tan sólo 24 años, siendo el más joven en hacerlo y el tercero en toda la historia de los grandes slams, practicando un tenis que hacen que sus rivales hablen solos y destrocen raquetas contra el suelo ante la impotencia que provoca la potencia de su brazo aniquilador y ya se nos va subiendo el honor patrio a la cabeza y a llenarnos la boquica de lindezas como que es el mejor jugador de la historia, cuando hace dos días lo habían puesto a la altura de la selección nacional de baloncesto de la actualidad, es decir, a dos metros bajo el suelo;
que si el topless de Tania Llasera fue fortuito o pactado con la cadena ante la poca audiencia del programa que presenta, que es una rubita, por si no lo saben, que se pasó de La Sexta a Telecinco, que es como decir que vives en Almuñécar y te vas de vacaciones a Águilas y que tiene que aguantar cómo sus directivos le piden, como rubia que es y ejerce, que total qué más da, si enseña las tetitas en la playa, por qué no hacerlo también para insuflar unas décimas en la audiencia, que para eso te pusimos ahí, al fin y al cabo, porque estás muy buena y no por tu tesis doctoral sobre los dardos de Lázaro Carreter y que si no pasas por el aro pues cerramos el grifo del programa y te quedas sin currelo, a ver qué dices;
que si todavía colea la celebración del 11-S y la indignación norteamericana por lo de la mezquita, la Cordoba’s House que quieren llamarla, por la cosa de la nostalgia, aunque otros lo vean como acto de venganza, pues como dice un viudo de las vícitmas de las Torres, los árabes construyeron la mezquita cordobesa para agradecerle a Alá la victoria sobre los cristianos, pues, como todo norteamericano sabe, una mezquita se alza en loor a una batalla y como símbolo de una conquista;
que si aquí se pide el Príncipe de Asturias para los moriscos y en Córdoba, la nuestra, la verdadera, la del califato, se aúnan mil personas para enlazar la Mezquita con la Sinagoga;
que si el basuco, o droga de los pobres, elaborada a raíz de los restos que hemos desechado de la cocaína, va a hacer polvo, nunca mejor dicho, miles de cerebros en cuestión de meses, cerebros de jóvenes que en vez de ir a Yale o a la Deusto a aprender algo digno para sentirse más humillados en la cola del paro, optan por fabricarse su propio mundo de mierda, una mierda virtual, pero siempre la misma mierda, como si pudieras comprar la mierda en Second Life, pero con un adsl mucho más intenso, por vía pulmonar: y ahora también una mierda concordada entre el propio Gobierno – el próximo que venga también les hundirá la cabeza un poquito más en el fango, por si alguno quiere engañarse, ya se lo voy recordando – los empresarios y los banqueros, que se relamen los muy imbéciles pensando que el dinero de cuatro empresarios suma más que el de quince millones de curritos, vaya una piltrafa de banqueros, que ni sumar saben y no ven que quince millones de poco es mucho más que cuatro de mucho, tendrían que ir los directivos de mi empresa a explicárselo, ya que llevan aplicando esa consigna desde el 2007 y nos va tan ricamente.
Y así vamos pasando el día, con noticias que desgastan cada vez más y que nos hablan bien a las claras de esa decadencia humanitaria que se respira constantemente en el aire, a pesar de que siempre haya un Haití o un Pakistán que nos dé ínfulas para demostrarle al mundo que somos de lo más solidarios y que nada seríamos sin el otro.
Y así, es normal que la mala leche se me vaya acumulando en las encías y termine por salirme en forma de puñal de nácar. Como muy Generación del 27 van fluyendo en mi alma las maldiciones y las contradicciones y, por si fuera poco, antes de darle carpetazo a lo de hoy, leo que Viviane Reding afea la postura francesa de patear traseros de romaníes, cuando ya casi no queda ninguno en el país, que debe de ser que se ha enterado algo tarde, porque, por lo que se ve, Francia pilla muy lejos de Europa y sale con lo de abrirles un expediente.
Así que determino que hoy es un día para ponerse de basuco hasta las trancas, y me voy a dar una vuelta, a ver si localizo a mi camello, para ponerme hasta el tuétano, mientras veo repetido el partido de Nadal, que es lo único medio decente que hoy sobrevuela por estos rincones tardíos del estío.
Canción del día: Deltoya, Extremoduro
p.d. leído en Días de Radio el 15 de septiembre de 2010.
PARA LOS AMANTES DEL MORBO

Pues como ahora tengo un cuartillo dentro de Candil Radio donde se puede acceder a los audios de las columnas - las que voy dejando aquí y otras, os hago partícipe de la nueva, adjuntando el enlace LA COLUMNA DE ESPADA en la sección propia de "Como en casa".
p.d. Ha sido impuesto este post a petición popular.
LAS BANDERAS Y EL CORO

Ayer era festivo en mi comunidad, porque era su día. Como suele suceder en cualquier día de asueto extra, a tus vecinos les da por darle golpes a todo lo que pillan con la excusa de que practican el hermoso arte del bricolaje, despertándote a las diez de la mañana, lo que siempre es de agradecer. La gente está como loca por descansar de su trabajo para ponerse a dar martillazos en su casa, lo que es curioso. Si lo que quieres es descansar en casa, ¿por qué no te dedicas a confeccionar ceniceros con latas de refrescos recicladas o a hacer punto de cruz para ornamentar las tertulias de los centros de la tercera edad?
Pero volvamos al punto de lo del día de nuestra-vuestra Comunidad. Como recordarán, alguna vez he expuesto aquí la teoría de que si algo necesita un DÍA DE para que hablemos de él es que tienes un problema gordo, porque, al menos una vez anualmente, tienen que venir a recordártelo. Algo así como lo que hacen los programas del corazón con las viejas glorias como el Padre Apeles o Paco Porras, que los sacan aleatoriamente para que en 3 minutos nos acordemos de por qué aborrecimos a esos personajes.
Yo nunca he estado a favor de ciertas exaltaciones del terruño, porque los peores derramamientos de sangre de la historia se han hecho escudados en la exaltación del terruño y en ondear banderas y, además, uno no elige dónde quiere nacer. Si nos dieran a elegir dónde hacerlo... Bueno, supongo que habría superpoblación en las Islas Seychelles o barbaridades de ese tipo. Cuántos de nosotros no hubiéramos escogido como destino natal Río de Janeiro, pensando en esos revolcones en sus idílicas playas con jóvenes bronceados. O Dinamarca, por ser el país que mejor distribuye sus riquezas entre sus pobladores. Particularmente, creo que hubiera elegido la Toscana y no me gusta ni un ápice la mayoría de italianos que he conocido.
Deberíamos siempre resaltar nuestras concomitancias y no nuestras diferencias. Esto, de tanta perogrullada, ya cansa y se convierte en dicho cursi. Pero también es cierto que conviene recordar las cosas, pues tenemos una tendencia exagerada a olvidarnos de lo que causa incomodo y provoca esfuerzos. Cuando escucho a los andaluces, murcianos, catalanes, extremeños hablando de que su ciudad es lo más bonito del mundo me echo a temblar, sinceramente, porque el amor excesivo conduce indefectiblemente al conflicto y al "grito pelao".
Y desde aquí un consejo para advenedizos: si vienen por Extremadura, no comenten nunca que lo más bonito de localidades como Badajoz, Valencia de Alcántara o Alburquerque, sin ir más lejos, es su proximidad a Portugal, porque estarán fritos. No hay un miedo mayor para los de la Raya que los comparen con los portugueses, y jamás entenderé ese supuesto agravio.
Llevo casi seis años en esta tierra y todavía no he visto nada en Extremadura que me desagrade, a excepción de los bocazas, pero éstos son legión internacional y, simplemente, los aparto del plato y me como la carne. He disfrutado de veladas y jornadas maravillosas pateando Guadalupe, Plasencia, Alcántara, Trujillo... Me he deleitado llevando a viajeros ocasionales y amigos por las calles de Mérida, Cáceres y Badajoz, descubriendo con ellos también rincones para mí entonces inhóspitos o desconocidos... Quedarán estas ciudades impregnadas en mí como tantas otras, como mi ciudad natal también.
Pero no me pidan que enarbole banderas, como tampoco me pidan que forme parte del coro de la Iglesia. Las banderas, como las conversaciones privadas con el dios de cada uno, están en el interior. Cuando oigamos a alguien exagerar las maravillas de su terruño, agitemos la cabeza en señal de aprobación, dejémosle que chille lo que quiera, abstraigámonos y regresemos a los interiores insólitos que de nuestra ciudad amada llevamos cada uno en nuestra memoria. Verán, como irremediablemente, nos sale una sonrisa de condescendencia con nuestro improvisado interlocutor y, sin dejar de sonreír, le diremos que sí, que tiene razón en todo, que su terruño es lo más, mientras en nuestro pensamiento vamos dejando atrás la calle Pósito, seguimos atravesando Almanzor para subir hasta la Alcazaba, por ejemplo, y contemplamos una vez más el puerto, el barco de las 16.30, partiendo hacia Melilla.
Canción del día: My City of Ruins, Bruce Springsteen
p.d. Leído en Días de Radio, el 9 de septiembre de 2010
SÍ, TODO COMIENZA EN SEPTIEMBRE

Normalmente esperamos que llegue el año nuevo para poner en práctica toda esa retahíla de promesas que comenzamos a redactar, día arriba día abajo, el 26 de diciembre. Algunos cachondos retrasan ese momento hasta el 28 y apuntan las ideas más descabelladas que se le pasan por la cabeza, como apuntarse a un gimnasio y promediar unas 40 abdominales por día o visitar la hemeroteca más cercana al menos dos veces por semana con la excusa de saber qué hechos relevantes acontecieron desde el día de su nacimiento hasta ahora, en cada uno de sus aniversarios.
Ya saben en qué terminan todas aquellas nobles propuestas. Llega febrero y nadie es capaz de recordar siquiera lo escrito en el papel de finales de diciembre. Si alguno ha puesto, de hecho, dejar toda clase de dulces atrás, se verá buscando horchata en Salamanca a finales de enero.
Algo parecido pasa en septiembre. El desarraigo que les provoca a muchos la vuelta a la ciudad, a su casa y al trabajo es tal que tenemos que proponernos actividades de lo más variopintas, sobre todo cuando estamos desnudos frente al espejo. Se han documentado casos acerca de esta clase de desarraigo, llamado también trauma post-vacacional o la puñetera misma mierda de todos los años, tales como el de personas que se despiertan en mitad de la noche y tardan dos o tres minutos en saber dónde están y en reconocer su cuarto y, lo más grave, un par de minutos más en reconocer a su acompañante en la cama.
Estas promesas de cartón piedra que nos hacemos ahora son peores que las de Año Nuevo y los que aprenden la lección se dedican a acercarse al quiosco más cercano, elegir completamente al azar una colección a base de fascículos – lo mismo nos da que sea la reproducción en madera del Queen Mary II que los perfumes de Mata-Hari – y dejarle dicho al quiosquero que nos sea guardado cada semana el nuevo fascículo, aún a sabiendas de que no pasaremos del número 6, que suele coincidir con la segunda semana de octubre. Este año se lleva mucho el ajedrez de lo que antaño se conocía como La Guerra de las Galaxias, los cuentos inolvidables de Ferrandiz, Abanicos de Grandes Diseñadores, Esther y su Mundo, Las Grandes Sagas de la Novela Romántica y, sin duda alguna, el hit one, mi hiper-favorita: Vírgenes y Santos, una colección de 25 esculturas que comienza con Nuestra Señora de Lourdes y concluye con San Francisco de Asís.
Yo le hubiera dado un Óscar al que ha ideado ésta, porque con la que está cayendo entre la nueva subida del euribor, la reforma laboral y la próxima reforma de las pensiones a más de uno nos va ir haciendo falta refrescar la memoria y la nomenclatura de la hagiografía nacional y vamos a tener que vender la tele de plasma con la que vimos ganar a los nuestros el mundial para comprar un san pancracio y un ramillete de perejil, que no sé lo que será más caro ya.
Servidor, por ejemplo, se había hecho unas cuantas promesas, y eso que no he tenido vacaciones agosteñas. No las referiré todas, tan sólo la de perder un kilo cada cinco semanas hasta bajar siete y pasar a limpio todas las notas que escribí para una futura novela. Pero soy consciente de que de todas ellas, a finales de septiembre sólo quedará lo escrito en la columna de hoy. Así que me he decidido por el coleccionable de la Biblioteca Gredos a diez pavos semanales. Es una maravilla realmente, porque está todo lo que ya tengo en casa de literatura grecolatina y mucho más, hasta un total de 149 entregas, que sale por casi 1500 euros del ala. Es una buena manera de comenzar septiembre, leyendo a los clásicos y deseando interrumpir algo que sabemos interminable.
Porque, en el fondo, dejar las cosas a medias es también un acto de rebeldía. Y la vuelta al trabajo nos pide un pequeño acto de rebeldía para proclamar a los cuatro vientos nuestro disgusto. Por pequeño que este grito sea necesitamos propagarlo. Pero en esta sociedad idiotizada, como tampoco podemos alzar la voz en demasía y no nos atrevemos por miedo a no sabemos qué, pues intuyo que una buena manera es comenzar un coleccionable y dejarlo a medias.
Reconforta esa pequeña osadía en el tumulto civilizado de nuestras pequeñas miserias cotidianas.
Canción del día: Septiembre, Los Enemigos
Leído en Días de Radio el 6 de septiembre de 2010.
CALOR EN TODO LO ALTO

Hace tanto calor que hasta el Ritz ha salido en llamas, con nocturnidad y alevosía. Todo se derrite a una velocidad pasmosa y las ideas se nos licuan como un polo de limón, de los de palo de toda la vida, de ésos que te dejaban la lengua más amarilla que una fiebre amarilla.
Hace tanto calor que hasta las noctámbulas y noctívagas terrazas de verano en mi ciudad están desiertas de seres humanos, menos mal que en ellas los mosquitos del río juegan al mus y beben su tan preciada true blood, la bebida de moda entre vampiros y demás parásitos.
Hace tanto calor que el mismísimo Kiko Veneno ha manifestado en rueda de prensa que nunca más volverá a cantar en directo su tema Hace calor.
Hace tanto calor que hasta los controladores aéreos están pidiendo el alta porque, por lo visto, se está mejor trabajando con el aire acondicionado que en casa postrado en un sofa y viendo en las noticias cómo el mismísimo Ministro de Fomento te llama gandul, porque, por lo visto, la política se está derritiendo tanto tanto, también por culpa de este sol justiciero y vengador, que ya los ministros pueden pedirle a la Seguridad Social que controle las bajas de los trabajadores de este país. Mucho más preferible esto, claro está, a reconocer las deficiencias que desde hace lustros vienen soportando los principales aeropuertos de este país, con el beneplácito de las compañías aéreas, que ofertan viajes inexistentes y te cambian los vuelos por el mismo precio sin una mínima disculpa y sin posibilidad de reclamación alguna.
Hace tanto calor que ni dan ganas de mirar las portadas del interviú cuando uno pasa por un quiosco, y no nos paramos por miedo a leer en el diario de provincias de turno que estamos por quinto día consecutivo en alerta amarilla y que las sensaciones térmicas seguirán rondando los 50 grados. Eso son sensaciones fuertes y no lo de tirarse por un puente atado de una maroma de barco.
A la gente que me pregunta que si prefiero el verano al invierno siempre los he mirado con gesto de reproche, porque no doy crédito a semejante desfachatez. Es como comparar los almacenes Harrods, con todo su glamour victoriano, con un supermercado Aldi, con todos sus productos en oferta de marcas impronunciables. Yo, desde la experiencia adquirida por haber pasado más de 35 veranos en el sur de nuestro país, me decanto por el invierno de todas todas. Es que no hay color, vamos. Y más, desde que el mundo inventó ese prodigio de la ciencia que se llama Gore-Tex y puso en el mercado unas buenas y cómodas pantuflas. Las pantuflas, evidentemente, vinieron mucho antes, incluso mucho antes de los tiempos de Zipi y Zape, pero ahora están revisitadas, como gusta decir a los americanos, o redefinidas, que sería un palabro mucho más adecuado a nuestro universal idioma, tan perjudicado últimamente. Y el Gore-Tex, que es una inversión mucho más saludable que un calefactor, capaz de aguantar temperaturas hasta de 20 grados bajo cero.
Pero díganme ustedes cómo resuelve uno el problema de paliar una sensación térmica de 50 grados, si no es paseándose en pelota picada por la casa las 24 horas sin salir y con el aparato de aire acondicionado a todo lo que da, dejando derretir cubitos de hielo por la espalda y bebiendo zumos congelados hasta decir basta. Las piscinas, dirán algunos, pero no sirven para nada y tienes más peligros que ventajas, a no ser que sea una propia.
En nuestra comunidad tenemos una piscina, lo que supone un lujo. No me he zambullido en ella todavía y no creo que hoy lo haga. A algún promotor inmobiliario avispado y ávido de unos eurillos extras no se le ocurrió otra cosa que instalárnosla en la azotea del edificio, que ya son ganas de ir emulando a los grandes hoteles de Miami. Ustedes piensan piscina en la azotea y me miran con cara de envidia, pero hay que reflexionar un poco y pensar en la que está cayendo hasta las nueve de la noche por estas tierras en este julio decrépito y picapedrero. No hay toldos, no hay nada, sólo una ducha y un par de tumbonas. Eso sí, ves la ciudad y es un buen lugar para ir a hacer fotos nocturnas a esas maravillosas vistas que tenemos de un polígono industrial a la izquierda y de un colegio a la derecha. Por si fuera poco, tenemos unas imponentes vistas al puticlub más famoso de toda la ciudad. Lo que se dice un servicio completo de piscina comunitaria, vamos.
Hace tanto, tantísimo calor que me están entrando unos sudores de la muerte nada más que de escribirles esta columna, así que mejor les dejo ahí, derritiéndose detrás de las ondas, y me voy a la nevera a por una granizada de limón, a la que le echaré unas buenas gotas de su pertinente ron.
Canción del día: Kiko Veneno, Hace calor
p.d. Leído en Días de Radio en julio de 2010.
TANTO LEER EL COSMOPOLITAN

Tanto leer el Cosmopolitan, tanto hacer shopping, tanto desear que llegue la primavera para exhibir el morenazo rayos-uva y echar pestes de la lluvia... ¿Para qué? Llevan tiempo haciendo revistas para enseñarnos a vestirnos, hablándonos de tendencias tribales, del boho-chic y del vintage, metiéndonos en el salón de nuestra casa a Alexander McQueen o Nicholas Ghesquière, como si fueran obras expuestas en el Prado, introduciéndonos en los despachos de la Central Saint Martins de Londres para que conozcamos sus recovecos como algunos conocen los de la escuela de magia de Hogwarts… Repito: para qué, si luego van y nuestras compatriotas hacen lo que hacen con el diccionario de la moda. Uno, que normalmente espera el cinco para ir a casa en la parada que hay en la Gran Vía a la altura de Cortefiel, se queda boquiabierto cada vez que ve a las chicas en masa corriendo hacia las perchas de ciertas tiendas con nombres impronunciables a enfundarse y embutirse 17 kilos de ropa que servirían de atrezzo para una película de Star Trek, o de los Picapiedra si estuviéramos hablando de época de rebajas.
Vamos a ver. Un poquito de recapitulación. El otro día, comentándolo con una amiga, llegamos a la conclusión de que la moda, definitivamente, está pasada de moda. No es por la crisis, llegamos a esa conclusión. La gente siempre ha sido hortera. Pero es que en esto de lo hortera no hay término medio. Para muchos el pret-a-porter es hortera y para los que se pueden permitir comprar pret-a-porter todo el mundo menos ellos son horteras. Es una regla indiscutible para entrar a formar parte del juego de las fashion victims. Que ésa es otra: ves a la gente autoinculpándose de ser unas fashion victims y combinando chándal con camiseta de tirantes imitando la piel del hermoso leopardo. El término no es el correcto, buena mujer, lo que usted quiere decir en realidad es una compradora compulsiva.
No es que yo vaya hecho un pincel, precisamente. Tengo mis dos o tres tiendas y de ahí no me sacan. Las notas de color las pone mi suegra, con eso se lo digo todo. Pero creo que hay cosas insoportables. Por ejemplo: el condenado pantaloncito de pescador. ¿No inventaron la palabra “ostracismo” para esa prenda? Digo yo que sí. ¡Dios! ¿Quién fue el inventor? ¿Por qué no lo ejecutaron en plaza pública? ¿Qué lleva a la mujer a pertrecharse así? Normalmente, suelen ser vaqueros o negros, pero hay excepciones. A saber: por el barrio del Infante se me cruzó ayer uno de ellos fosforito; ya saben, ese tipo de verde que estresa la vista. Y qué pasa, que esa gente no tiene amigas o qué. No sé, algún novio, alguien lo suficientemente valiente u hombre para decirle: chica, esos pantalones te hacen un culo espantoso. Y lo más de lo más. Llegan y antes de eso se encasquetan un tanga negro. Es que debe de ser frustrante que te pongas un tanga y que nadie lo sepa. Pues hala, oído cocina, todos enterados. Adiós a la libido. Y más si tenemos en cuenta la combinación demoníaca por antonomasia: pantalones de pescador BLANCOS con tanga NEGRO. Casi ná. Y para rematar, lo más de lo más, el más difícil todavía. Para Libro Guiness, oiga. Conjúntenme esto dicho con lo divine-divine: camiseta de tirantes blanca (exterior) con sujetador de tirantes negros (en el interior). Hala, como una especie de quiasmo de la moda. Que suena de lo más pedante, pero es así.
¿Por qué lo hacen? Digamos que los caminos del Señor son inescrutables. Y el gusto de algunas mujeres inconcebible. Pero si hay algo que no entiendo, por más vueltas que le doy, es lo de los sujetadores con tirantes de plástico del todo a cien. Vamos a entendernos: no se me alarmen. Que lo entiendo. Que reconozco su utilidad. Pero hay cosas y cosas. Que digo yo que lo de ponerse “eso” con un escote “palabra de honor” ya supera el razonamiento darwiniano. Que el pobre antropólogo universal no tendría que haberse ido a islas del más allá para corroborar ciertas teorías. Con pasearse por El Corte Inglés (con mascarilla, eso sí) le hubiera bastado. Unos minutejos por allí, sección oportunidades, y te das un empacho de antropología del quince.
Canción del día: Ini Kamoze - Here Comes The Hotstepper
Leído en Días de Radio en julio de 2010
LA MULTITUD DEL INDIVIDUO

Individuo. Palabra que determina a muchos seres indivisibles, pero que tiene un plural muy diferente. Es un plural que ni siquiera es plural, hay que acudir a otro sustantivo. Llámenlo como más les plazca: sean modernos y díganle banda o tropa; sean agresivos y llámenlo manada, rebaño o camada; sean burgueses y llámenlo gremio. Es indiferente, al fin y al cabo, estaremos hablando de una multitud.
El individuo es a la multitud lo que el juego del solitario a la discoteca. El individuo entra a una biblioteca, a un teatro para ver una ópera o a unos grandes almacenes y en su fuero interno sigue siendo un individuo. Pero entra a un estadio de fútbol a ver un partido o un concierto y muda su semblante, se vuelve multitud, porque en su fuero interno se siente multitud.
La multitud es ese sustantivo poco uniforme en cuanto a número e integridad, que podría acabar con la crisis de un plumazo si se lo propusiera, que podría bajar los precios de la gasolina o del tabaco en cuestión de horas si se lo propusiera, igual que antaño derrocaban gobiernos y decapitaban reyes. Pero incapaz de hacerlo porque como individuo cada uno de los integrantes de la multitud han sido adiestrados para la domesticación masiva, que ha decidido desatascar sus penas y glorias a través de los eventos deportivos o a través del escape del entretenimiento.
Una multitud es como un escape de gas. No pasará nada y se irá mitigando el peligro de explosión siempre y cuando no se prenda una mecha que provoque la combustión. Normalmente, en una multitud el detonante suele ser el pánico que revierte de la sensación de peligro. Cuando éste aparece, el individuo sabe qué tiene que hacer en todo momento: mantener la calma y dejarse evacuar, sabe que el miedo es gratuito y secundario, porque todo está preparado para las eventualidades. Pero la multitud no lo sabe e, inconscientemente, está buscando la mecha.
Hagan la prueba con un simple experimento cuando más le plazca. Puede ser en la cola de un banco por ejemplo. El individuo sabe que ha de aguardar su turno y que los empleados de banca son unos ineptos que les quitan el ordenador y la calculadora y no saben dónde guardan las llaves del coche, pero se mantienen en silencio: leyendo poesía, consultando su i-phone o recordando qué han de comprar en el Mercadona. Así aguantarán lo que le echen, sin decir ni media. Pero pruébelo, diga usted cualquier cosa, no hace falta que sea un exabrupto, con un resoplido o un suspiro puede valernos, dependiendo de la envergadura de la cola y de la cara de torpe del empleado que nos ha tocado. Automáticamente, alguien que esté cerca de usted saltará, dirá que lleva así más de 20 minutos y otro dirá que no le va a dar tiempo a recoger a los niños del colegio, o de la piscina, dependiendo de la época del año en cuestión.
La multitud es melodramática y propensa, por ende, al drama. Como individuo sabe perfectamente que unas previsiones de más de un millón de personas en una fiesta como la del trágico Love Parade del último fin de semana no son las más idóneas para atravesar un túnel de 200 metros que nos permitirá entrar a un recinto. Pero el individuo ya no es tal, en los aledaños de ese túnel siniestro ya hace horas que se ha convertido en multitud. Al otro lado del túnel está la luz, está la música, las drogas y la eventualidad del sexo fortuito o furtivo. Y el individuo se pone esa extraña máscara impenetrable de la colectividad que deviene en el ocaso de los dioses y se va corriendo a por el queso, a sabiendas de que lo han colocado en una ratonera.
Más tarde, desde el sofá de casa de cada uno, o desde las tumbonas playeras, vendrán los golpes de pecho, los arrepentimientos y las ganas de fustigar a alguien y de señalarle con el dedo. Como individuos, sabemos que, analizando la situación, hay una gran probabilidad de que eso ocurra, con los datos en la mano. Pero ante el suceso nos tornamos de nuevo multitud y buscamos la lapidación, y hasta que no lapidemos no nos quedaremos a gusto. Y si no, tiempo al tiempo.
Canción del día: Kraftwerk, The Model
Leido en Días de Radio el 29 de julio de 2010.
p.d. la foto, recogida de la agencia Efe.
EL SURREALISMO SIGUE VIVO

Los que piensen que el surrealismo ha muerto están equivocados. Hoy más que nunca está vigente, vive con nosotros y nos hace la cama diariamente.
Por ejemplo en el cine, esa pantalla gigante que ya dio tantas muestras y tantos frutos con aquellos actores cómicos mudos, que hacían reír con sólo mover una ceja y que tanta gracia harían a Alberti, que les dedicó un libro tan hermoso como Yo era un tonto y lo que he visto me ha vuelto dos tontos. Hoy no son pocos los que rinden velados o indiscriminados homenajes a los personajes del cine mudo. Desde Paul Auster y su Libro de las alucinaciones, hasta Tim Burton o Quentin Tarantino en su última y poco comedida Malditos Bastardos.
El surrealismo no es sólo un sueño de Tzara, un óleo de Picasso. Hay más surrealismo en cualquier frase de Jorge Javier Vázquez que en Un perro andaluz de Buñuel. Más surrealismo en una mirada atávica de Doña Belén Esteban que en El Jardín de las Delicias de “El Bosco”, precursor junto a Archimboldo de este movimiento francés surgido del dadaísmo y acuñado por el maestro Apollinaire. Por ello, si en la segunda mitad de los veinte el Surrealismo estuvo al servicio de la Revolución, ochenta años más tarde lanza un hermoso giro, y se pone al servicio de la Televisión, que en tanto y en tan poco se le parece.
Tanto se nos ha ido inoculando lentamente – desde Torrebruno y Laura Ingalls – que hoy es un ente vestido de paisano que puebla los platós de televisión y se regocija a sus anchas. Lo que nos pasa es que ya no sabemos identificarlo, pues se da en nuestras vidas de forma cotidiana gracias a la propaganda televisiva a cerca de las bienaventuranzas de esas caballerescas “muestras de realidad”, en las que ciudadanos de a pie, supuestamente, se ven en tesituras anormales para que el espectador comprueben cómo es en realidad el ser humano.
Pero he de reconocerlo: cuando creía que ya no podía subirse las cotas de surrealismo de Mercedes Milá admonizando a toda una nación sobre qué es ético y qué no lo es, se ha logrado. Las cumbres más altas del surrealismo, como no podría ser de otra forma, han venido a concentrarse en nuestro país y en forma de largometraje. Es lo más surrealista que yo haya visto, y miren ustedes que me he tragado televisión a lo largo de mis días. Y de tan simple que resulta, pasma. Emana tanta fuerza, es tan contundente el resultado que asusta y tras ver el momento álgido no podemos más que levantarnos y prorrumpir en aplausos hasta quedar exhaustos, ahítos ante tanto gozo. Que la gran pantalla haya logrado juntar en un mismo plano a dos monstruos del humor como Leslie Nielsen y Chiquito de la Calzada es un triunfo del surrealismo sin precedentes. Ríanse ustedes de los Collages de Joan Miró o a los frottages de Max Ernst.
Unir por arte de birlibirloque al mejor actor de todos los tiempos de lo que se conoce como spoof movies con el Mel Brooks andaluz por antonomasia, capaz de crear un diccionario de la lengua del humor y mantenerlo vigente casi veinte años ha de convertirse en leyenda dentro de la comedia española. A la altura de Atraco a las Tres o El Astronauta; donde también, si me lo permiten, hay grandes dosis de surrealismo.
Estoy convencido de que tanto Salvador Dalí como Man Ray o Rafael Alberti quedarían entusiasmados con este encuentro. Ellos que tanto hicieron por difundir el cine mudo y darles voz, dotando de palabra a los que de ella no necesitaban para hacerse entrañables. Quizá a Leslie Nielsen le venga de raza, pues su tío fue también actor, y de cine mudo. Lo de Chiquito, como su paisano Picasso, permítanme que exagere, es de otra galaxia. Pero qué afortunados somos de tenerlo entre nosotros. Cuánto hermoso surrealismo pueblan las venas de sus manos.
Canción del día: Vuelta de Paseo, Enrique Morente y Lagartija Nick
Leído en Días de Radio el 9 de diciembre de 2009.
BUSCANDO CASA, ENCONTRANDO LLAVES

Bueno, pues como no nos cansamos de escucharlo por todos sitios, nos hemos lanzado a la piscina de la compra de una vivienda, por la cosa de especular con afianzarnos nuestro futuro, como si una hipoteca a más de 25 años fuera un apuntalamiento de algo. Hemos escuchado durante el primer semestre del año, agonizante ya, que es un momento idóneo, puesto que los precios no han de descender más.
Ojo, no porque la gente no tenga necesidad perentoria de vender, que siempre los habrá de este tipo con la que nos ha tocado lidiar, pues estos son morlacos y no los que pondrán en los inminentes sanfermines que se nos avecinan. Se para la caída en picado de los precios porque las inmobiliarias y las constructoras quieren salvar los muebles como sea y seguir sacando su tajada. Es duro pensar que, con esta crisis, ninguno de ellos podrá emular en breve al famoso Pocero, navegando su infamia y sus tumultuosos delitos en un yate de tropecientos millones. Eso duele cada 90 de 100 a un español: ver que uno ha hace lo mismo que tú, que se dedica a lo mismo y que él ha triunfado, dándose barrigazos a diestro y siniestro y que tú no puedes. Y nos da lo mismo que las causas sean lícitas o no. Nos cabrea sí o sí.
Así que, por una vez, con nuestros dos sueldos funcionariados y recortados, pero seguros y poniéndole velas a San Antonio, nos decidimos a pescar en río revuelto. El Señor Cotallo, hábil promotor, nos aseguraba que de tenerlo decidido nos tiráramos a la piscina sin trampolín, que los bancos habían abierto de nuevo el grifo y que los embalses este año están llenos. Le preguntamos por el temilla de la subida del IVA y nos dijo que para qué preocuparnos por un minúsculo tanto por ciento de nada cuando estamos hablando de comprar la casa de nuestros sueños.
Nosotros sabemos de antemano, por familiaridad con nuestros amigos y conocidos, que la casa de nuestros sueños se queda pequeña en cuanto aparezca un churumbel merodeando por sus cuatros esquinas y lo que hasta ese momento era jardín edénico o, al menos, botánico, se convierte en una especie de Guantánamo donde uno siente claustrofobia a la hora de la siesta y del que tiene que huir, aunque sea excavando en la arena con una cucharilla de las de café.
Pero no le dijimos nada al tal Cotallo. Que, además, fue tan amable que nos pasó con la sonriente señora López. Ésta nos aseguró que en pisos de menos de 60 metros cuadrados no se iba a notar la subida del IVA y que siempre estábamos dispuestos a hacer un apaño con el impuesto, como en los comienzos del 86. Ahora o nunca. No bajarán más los precios: no nos lo podemos permitir. Si esperan, llorarán dentro de un par de años haber perdido una oportunidad como ésa. Su voz me recordaba a la de una vendedora ambulante de medias, pero me abstuve de decírselo, porque ya la estaba viendo endosándome un cuchitril de 40 metros a precio de Gran Vía madrileña.
Nos preguntaron por el tema de las nóminas, hábilmente. Dijimos que éramos funcionarios con trienios y en seguida salió el tema de la crisis, pero, aún así, sus ojillos salpimentones brillaron codiciosos y comenzó a decirnos que era el momento, que presumiblemente en agosto volvería a caer la vivienda libre pero que nunca se sabe, que también se daba por sentado que España iba a ganarle a Suiza y luego lo que pasó.
Ahí fue cuando le saqué una entrevista a la Señora María Antonia Trujillo, que sabe de esto mucho más que nosotros por la cosa de haber sido ministra hasta el 2007 y le pregunté que qué opinaba ella como gestora inmobiliaria sobre lo que decía de que ella no compraría ahora porque habrá más bajada de precios.
Ella contestó como si estuviéramos en una cena privada que los rojos esos de mierda siempre van tocando las pelotas y que no le hiciéramos caso a ninguno. Si por mí fuera, vivirían todos debajo de un puente.
Así que con la mayor parsimonia del mundo, le dije que me había convencido definitivamente, tiré de mi cartera y saqué lo que ella pensó sería un talonario y que acabó convirtiéndose en mi carné de sindicalista de la UGT y le dije que nos volviera a llamar cuando vendiera adosados debajo del puente y a ella la tuviéramos de vecina. Y, sinceramente, se nos quitaron las ganas de seguir indagando.
Canción del día: Radiohead, No Surprises
Leído en Radio Candil, en junio de 2010.
RÉQUIEM POR LA CANCIÓN DEL VERANO

La canción del verano ha muerto. Parece un hecho consumado que las discográficas ya no apuestan por dar pienso para cebar los ingresos de todos los disco-pubs y orquestas de pueblo del ámbito nacional. Por lo que hemos podido saber desde estas ondas, Macarena está casada y es una apuesta madre de dos hijas, las bombas ya no son símbolo de una alegría descontrolada sino de dolor y devastación, como venía siendo su costumbre tradicional y el traductor de google ha conseguido descifrar el mensaje encriptado del aserejé, que resultó ser una receta para combinar barbitúricos con batidos de frutas exóticas con el único ánimo de rebajar el trauma postvacacional.
El mundo toma este deceso como algo normal y así prepara sus móviles para poder bajarse la música de los anuncios, en ausencia de esas obras de arte que han hecho palidecer al que fuera su mentor, Georgie Dann, como Mueve tu cu-cu o Que la Detengan.
A los españoles nos gusta quejarnos, es nuestro deporte favorito, más incluso que eso de estar dejándolo todo para el próximo día, para más tarde. Y estos dos veranos últimos ha pesado mucho más esa sensación de falsa crisis en la que a todos nos gusta estar para pensar que estamos mucho mejor que el vecino y que gustirrín que me da por lo bajini que el del estanco haya cerrado, a ver qué hace ahora con el audi que se compró. En este tiempo de incertidumbres económicas y financieras no hay espacio para estribillos facilotes y machacones, de esos que se meten en tu vida como una traicionera jaqueca, que te recuerda que está ahí cuando vas en el metro o hablas con tu jefe, mejor dicho, cuando tu jefe te exige el último documento o la última factura ultraurgente. A nadie le apetece bailar despreocupado al ritmo de cierto sonsonete estival, con la que está cayendo, a ver cómo hago frente a los tres préstamos y a la hipoteca con este panorama y de salir esa canción que resume la felicidad en tres minutos cambiaremos el dial a la COPE para que nos dicten cómo es la verdadera realidad.
A pesar de todo esto, hay descerebrados que aún se aferran a lo utópico y sueñan en colores. Se dejan llevar por lo fácilmente accesible de la publicidad – que ha sabido aguzar los cinco sentidos para sobrellevar la crisis, atacando a las marcas blancas como si de una nueva lepra se tratara, como si Nestlé o Coca-Cola fueran a extinguirse por un par de miles de desahucios o de insolvencias – y afirman que aún hay vida para la ofrenda estival. La que más ha sonado ha sido la de un anuncio de cerveza y su empalagoso estribillo, que en ocasiones les habrá parecido como un caramelo de toffee pegado en el cielo del paladar. Ha luchado por conseguir el puesto con un engrudo que todo el mundo silbaba recordando a Chanquete y que decía algo así como:
“Lo mío es duro y lo tuyo es blando, dulce como el mango.”
Y con otra del mismo cariz, resumen del carpe diem de inicios de siglo XXI:
“Si es verdad que tu ere´ guapa, / Yo te voy a poner gozar /
Tu tiene la boca grande / Dale ponte a jugar”Canciones al fin y al cabo que comparten alguno de los recursos para llevarse el trofeo,
como el de ser bailables y fácilmente reconocidas por el público,
cultivo de polifonías de móviles de última generación y de radio-fórmulas poco
solidarias con el recientemente estrenado parado; pero canciones que carecen de ese
estribillo machacón inidentificable en todo momento y a los que no se puede
recurrir ante situación, como las míticas No te olvides la toalla cuando vayas
a la playa o El Venao. A ver quién se atreve a decirle a su jefe a las diez de la
mañana lo de “lo tuyo es blando, dulce como el mango” o a silbarle como lo hacían
los de Chanquete; quién el que se enfrenta a las hordas de lo políticamente correcto
en un metro de hora punta cantando lo de “tu tiene la boca grande /
dale ponte a jugar”. Así, rezando para que la recesión retorne a sus mínimos más mínimos y para que los hosteleros puedan subir la caña de cerveza puntualmente cada semestre, ruego a los dioses de las emisoras para que regresen las alegres insinuaciones de Georgie Dann que a todos arrancaban una sonrisa o los acertijos de las ketchup, que a nadie ofendían. Pero en tiempos de crisis quizá sea más necesaria la ofensa que la canción del verano. Siempre y cuando nos garanticemos el pan nuestro de cada día.
Canción del día: No te olvides la toalla cuando vayas a la playa, Puturrú de fua
Leído en Días de Radio el 8 de septiembre de 2009
EL EXTRAÑO CENSO DE LA VIDA

Aprovechando mi reciente visita a la casa de mis padres, me encontré con una de mis ex. Los astros habían trasnochado ante su caprichoso deseo de que tuviéramos un reencuentro. Soltado así, puede sonar pretencioso, decir eso de una de. No hay muchas, así que las recuerdo a todas. No con todas, apenas media docena, para ser sinceros, tengo la oportunidad de tomar un café en una plaza un día de luz mediterránea, así que me animé a darle el visto bueno a su propuesta de ponernos al día en ese extraño censo de la vida sin el otro al que una vez estuvimos habituados.
Ella estaba también de vacaciones, regresaba de Huancayo, provincia del Perú, donde había terminado con un hombre que debía comprenderla mejor que yo. Trabajaba de animadora social en una escuela para discapacitados desde hace tres años y era inmensamente feliz. No recuerdo, mi memoria siempre ha sido selectiva, que fuera infeliz conmigo. Nuestro distanciamiento vino dado por incompatibilidades de horarios y por su afán de cubrir todos los eventos que favorecieran la reintegración social de todo bicho viviente. Éramos por aquel entonces, cuando nos aglutinábamos en un corto y sincero “nosotros”, un ejemplo a seguir por nuestros conocidos y amigos. Teníamos el récord provincial de cooperación con oenegés y se nos bendecía con la mirada todos nuestros esfuerzos por solidarizarnos con cualquier causa que fomentara la no discriminación.
Su agenda, por tanto, nos jugó una mala pasada, pues una relación se basa principalmente en interioridades particulares y nuestra vida era demasiado pública y explícita. Pronto comprendimos que no había un “nosotros” sino un “todos ellos” y decidimos avanzar por senderos diferentes. Yo terminé en Extremadura, ella cerca de los Andes, queriendo a un tipo que nunca le daría un bienestar social – tampoco es que yo pudiera garantizarle eso, la verdad, pero sí el bienestar espiritual que ella precisaba.
No vino sola. Trajo a su niña y yo no podía dejar de observarla como pensando si aquella criatura podría haber sido igual de haber dado conmigo como figura paterna. Los ojos y el pelo eran de su madre, no había duda. De cinco años, era bien educada y escuchaba, algo inusual en los niños de hoy en día. No es que estuviera atenta a lo que decían los mayores, pero si la llamabas, te prestaba atención.
Mi cuestionario fue el típico que se le puede hacer a un niño de cinco años, sobre todo alguien que aparcó sus necesidades doctrinales hace tiempo y no sabe cómo anda hoy el plan Bolonia. Ya les digo: sabes contar hasta dónde, a qué curso vas, cómo se llaman tus amigos y poco más. La pequeña repetía el nombre de Osvaldo incesantemente y tal era su influencia que llegué a pensar que era su profesor en Huancayo. Pero las palabras de mi ex me alejaban de las de su pequeña.
Estaba mejor que nunca, el aire de los Andes la había beneficiado. Hermosa había sido y seguía siéndolo. Y esto no es ponerme una medalla, sino una simple constatación. Seguía con su costumbre de ayudar a los desprotegidos, su labor de integradora social se había reforzado y ahora estaba más pendiente de la educación de niños de atención dispersa que de otra cosa.
Volví, en un momento dado, a captar la atención de la niña y ella volvió a hablar de Osvaldo. Le pregunté si era su profesor y ella me dijo que era su novio.
Entonces su madre se trasmutó en un ser que yo había olvidado y dado un pequeño manotazo en la mesa le dijo que no era su novio. No mientas al amigo de mamá, le dijo. Es sólo un amigo. Sois muy jóvenes para ser novios. Ahí está, pensé yo. Es bueno que vayan haciendo ya ciertas distinciones. La niña no se lo tomó a mal y continuó jugando con dos piedrecillas. Conforme se iba alejando pude observar que mudaba el paso y antes de que yo reflexionara sobre el por qué del cambio, saltó su madre con el mismo enrabietado gesto de antes y le espetó: ¡te tengo dicho que no imites a Osvaldo!
Ah, la paternidad. Cuántos mitos y leyendas hay sobre ella. Cómo te cambia la vida, nos dicen, cómo te radicaliza los pensamientos y desorienta tus antiguas creencias. Huelga decir que durante lo que quedó de encuentro supe que la niña tenía un coeficiente intelectual por encima de la media y que Osvaldo, sin embargo, poseía un déficit de atención dispersa. Y no pude más que regresar a la que fue mi casa un día sonriendo, pensando que, en el fondo, por muy psicopedagogos que seamos, por muy regeneradores de la conciencia social que nos pretendamos y por muchas chapitas de oenegés que nos pongamos en la solapa de la gabardina, una madre siempre será una madre y por un hijo cambiamos hasta el acento.
O quizás siempre hemos sido más simples que un botijo y necesitamos de estos golpes para entenderlo.
Canción del día, Soy una taza, de los Cantajuegos
p.d. Leído en Días de Radio.
UN VIEJO LECTOR DE PESSOA

Me encontraba solo aquella tarde primaveral del 94. Vagabundeaba por la Universidad sin mucho que hacer que tomar café por los aledaños y leer periódicos o poemas del 27.
Así que me tropecé con un cartelito en algún tablón de anuncios, o puede incluso que lo leyera en la agenda cultural de algún diario local, que decía que habría una conferencia de un tipo hablando de Pessoa y de Ricardo Reis. Yo tenía al poeta portugués recién descubierto y, de entre sus heterónimos, Reis suponía el más querido.
Como no tenía nada mejor que hacer, fui al Paraninfo, donde no había excesivo público. Pude sentarme en la segunda fila, detrás de una mujer de atractiva madurez. El conferenciante estaba sentado a la derecha de su presentador, catedrático de Hispanoamericana – algunos meses después fui descubriendo lo mucho que a este catedrático le reconfortaba el espíritu que ilustres letrados se colocaran a su derecha, evangélicamente, pero de eso ya hablé en otra ocasión.
En cuanto comenzó a hablar descubrí su acento portugués o brasileño, pero poco me costó darme cuenta de que, siendo menos danzarín, se trataba de un portugués. Su acento fue cautivándonos tan sibilinamente que caímos enredados en la tela de araña de su sabiduría en cuestión de minutos. Personalmente, no había escuchado a nadie tan elocuente en mi Universidad, al menos, que viniera de fuera. En un momento dado, recitó unos versos magistrales del poeta, aquella oda que comienza Sábio é o que se contenta com o espetáculo do mundo y, como suele ocurrir en estos casos, su cerebro le jugó una mala pasada y continuó la disertación en portugués. Pero no hubo caras raras entre el público asistente, quizás porque su acento pausado y tan portugués hizo, aún más si cabe, su discurso más embaucador.
Tardó un par de minutos antes de que la mujer madura y atractiva que había delante de mí le dijera: Pepe, estás hablando en portugués y él pidiera disculpas – cómo si tuviera que darlas – y prosiguió guiándonos con su lucidez en un afable castellano, que no parecía esa tarde tan áspero como suele ser lo habitual gracias a su inmensidad.
Salí aquella tarde del Paraninfo apuntándome el nombre de aquel curioso lector de Pessoa tan carismático, José Saramago, y prometiéndome leer algo suyo pronto. De aquella tarde, tan memorable al menos para mí, luego dio cuenta en el primer volumen de sus Cuadernos de Lanzarote, que leí ya en el 98, cuando me tenía ya ganado de por vida como lector.
Pero antes, tal como me había prometido, me acerqué a su obra unos meses después de la mencionada conferencia. Tomé prestado de la biblioteca Casi un objeto, y el último relato del libro, el más breve, lo fui leyendo de regreso de alguna parte en un autobús. Su descripción de una castración porcina resultaba tan abrumadora e ilustrativa que me atravesó en un momento dado, una sensación muy molesta por los mismos territorios que horadaban al animal protagonista del relato. Y cuando cerré el libro supe que Saramago había ganado la batalla y que tendría que ir a por más. Así que hurgué por las librerías y vi que estaba recién salido su Ensayo sobre la Ceguera y una vez que lo devoré lo puse en un altar.
Mi segundo encuentro con él fue durante el Congreso Internacional que mi universidad le dedicó en el 99 con la excusa del Nobel. En el que yo hice una breve intervención hablando de su relación con Pessoa, como homenaje a aquél día del 94. En un momento dado, alcé la hoja del papel y allí tenía sus ojos de primera fila escuchándome interesado y poniéndome nervioso.
Pero lo mejor de aquellos días del congreso fue la patada en el culo que le dio al tan pavoneado Catedrático de Hispanoamericana, artista del evento, cuando le pidió el ingrato que fuera terminando sus exposiciones en las conclusiones del evento, con una sala abarrotada de jóvenes enamorada de su acento y su pensamiento lúcido y exquisito. Y, como el Catedrático es así de generoso, le razonó su apremio porque tenía que hablar el Presidente de Nuestra Comunidad y ya sabe usted don José la agenda de los políticos. Don José, serenamente, dijo que sí que no tardaría mucho, pero que era la primera vez que, en su larga vida, veía que se mandara callar a un Premio Nobel para darle la vez a un presidente de una comunidad autónoma.
Ojala que ahora, para revivir su recuerdo, todos y cada uno de nosotros aprendiéramos algo de un hombre tan inconmensurable. Nos iría mucho mejor y nos conduciríamos más apaciblemente por las extrañas carreteras que la vida nos va proporcionando.
Canción del día: Lagrima / Amalia Rodrigues
p.d. Leído en Días de Radio el 21 de junio de 2010
HOMENAJE AL TIO DE LA VARA

Que yo sepa, y quienes me conocen bien pueden corregirme, nunca he tenido la tentación de imitar a nadie por admiración. Al menos, conscientemente. A lo sumo, recuerdo que de pequeño me estiraba al máximo, pertrechado en el suelo, como Arconada, mi portero predilecto de todos los tiempos o intentaba rematar con un espléndido testarazo al más puro estilo Santillana.
He admirado, eso sí, a lo largo de mis casi 40 años a muchos, he querido tener como propio algún verso de Cernuda o Pessoa, habré perpetrado y manipulado unos cuantos de los de la Generación del 27, que tanto me impactó en mi primero época de escribano. Si me dieran a elegir, me hubiera gustado tocar la guitarra como Hendrix o Clapton y algunos detalles más que me guardo. Pero nunca los he imitado ni he deseado ser como ellos. Sus vidas no me han parecido nunca un espejo donde reflejarse. Ni siquiera las de los superhéroes, cuyas biografías casi son hagiográficas.
Y, sin embargo, ahora me estoy descubriendo un nuevo síntoma, una admiración nueva que transforma, transmuta mis pensamientos y, como Alonso Quijano hiciera un día saliendo a luchas contra gigantes con aspas, me lleva a pensarme otra persona. Estoy al borde de la quiebra emocional y creo que el único recurso que me queda es el de dejarme arrastrar por la codicia de estas emociones y dejarme deslizar por su cauce turbulento.
Así, lo único que me queda es la imitación, pues comprendo que mi frustración podría alcanzar cotas máximas de audiencia si no hago algo pronto. Es un personaje que me tiene obsesionado, y no me refiero a Pep Guardiola. De momento, ya he conseguido que mis compañeros de trabajo me regalen una gorra negra de lana pura, a modo de boina, y cuando estoy solo en casa practico horas y horas con el paraguas el difícil arte de ser ducho en manejar la vara, aunque es un poco ridículo. Lo hago mientras espero que el tío Ambrosio, el hermano de mi vecino Ricardo, me consiga la rama de avellano que le he pedido de sus visitas a la Puebla de Don Fadrique. Que será un primer paso hasta que se instale próximamente la primavera y florezcan los cerezos del Jerte. Con la excusa de una visita a tan hermoso lugar intentaré hacerme con una vara de cerezo, pues tengo cierta predilección por ese tipo de madera.
El resto de utensilios lo tengo, algunos reciclados de mi padre, que se pasó muchos años cazando por los páramos inciertos de La Mancha. Y, cuando sea definitivo, saldré a predicar la palabra del superhéroe El tío de la Vara, pues es justo y necesario. Y regenera los pensamientos más turbios de las ensuciadas almas de los mortales. Desde su rudimentaria apariencia ataca las mentes más perturbadas, demostrándoles el efecto apaciguador que tiene el impulso de un buen varazo en las conciencias. Su grito de guerra, cada semana más popular, de sus voy a crujir a toos está poniendo en alerta a esos gamberretes de tres al cuarto que se dedican a hacer el tonto y gratuitamente, cuando podrían estar en Sálvame de Luxe y hacer el idiota cobrando un buen pastizal, molestando sólo a aquellos incrédulos que pasen por tal canal. Lo mismo le da que sean los incendia bosques o los porteros de discoteca, a los que todos, en algún momento de nuestras exiguas existencias, nos hubiera gustado darles una buena somanta de palos, bien portando esa varita mágica que tanto bien hace a la sociedad o a manos llenas.
Como reconoce su creador, José Mota, el mundo actual está dominado por las tonterías y sólo hay una solución eficaz que aplicar: un suministro estratégico de varazos con los que despertar las mentes más adormecidas y devolverles el buen juicio. Este héroe es necesario, me atrevería a decir que se hace imprescindible con la que está cayendo. Su filosofía y modus operandi son de lo más sanos y sus víctimas se quedan finas finas como las sopas de ajopringue que tanto gustan a su antagonista, el Capitán Fanegas, a quien, como habrán adivinado le tengan tanta manía que me produce urticaria.
Para cuando pueda salir por los páramos de Terrinches y Alcafrán embutido en El tío de la Vara, ya subiré unas cuantas imágenes al Facebook, para que todos puedan admirar el proceso de mi mutación. Avísenme de que vienen en son de paz, porque tengo últimamente la vara de lo más sensible y como me esfaraten un poco va a crujir el averno.
Canción del día: Highway to hell, AC/DC
p.d. Leído en Días de Radio, un día de marzo de 2010.
LA MADUREZ DE LOS 50

En un artículo reciente intentaban convencernos de que a partir de los 50 actualmente principia una nueva madurez. Vamos, que son los 40 de hace quince años que quieren seguir anclados a la postadolescencia. Para ilustrarnos esta teoría propia de vendedores de cosméticos, conversaban con varios personajes más o menos públicos y reconocidos, que reflejaban sus avatares cotidianos. Como si la cotidianeidad de Antonio Banderas, Miguel Bosé o Pedro Delgado fuera un reflejo de la sociedad actual de los que tienen 50 recién cumpliditos, que a muchos les habrá tocado celebrarlo con la carta del despido en la mano.
No quiero imaginarme cómo será un día normal en mi normalidad de los cincuenta, pero soy consciente de que tendré mucho menos pelo y la boca hecha un cromo, si no comienzo a ponerle trabas y diques a tales disfunciones.
Sin embargo, veo nítidamente que si adquiero una mayor madurez que la recogida por mi sentido común una vez franqueados los 35, no será por haber alcanzado tan escandalosa cifra. Cuando uno atraviesa los 35, esa mitad del camino tan dantesco donde comenzamos a vislumbrar selvas oscuras se plantea cosas que antes nunca le habían quitado el sueño y mira de otra manera los catálogos de muebles que se acumulan en los buzones. Así que no quiero ni pensar en qué me rondará por la cabeza cuando tenga 50. Espero, al menos, que no sean los dos mismos versos que me rondan desde hace un par de días con la llegada de la primavera y no sé qué hacer con ellos, dónde ubicarlos, qué ornamentos le han de sentar mejor.
Sólo le pido a Dios que esa madurez que autoproclaman sea cierta, aunque viendo los comentarios de cincuentones públicos de los últimos días me cuesta mucho ser tan optimista.
Ahora mismo uno tiene que dudar hasta casi el infarto de dicha madurez, si se pasea por las declaraciones de un cincuentón como Jaime Mayor Oreja. ¿Les suena el nombre, verdad? Quien fuera un día Ministro del Interior del Gobierno del de la Peineta, candidato a Lehendakari y ahora vive su cotidianeidad con el excelso salario de un eurodiputado, que con la última regularización ascendía a más de 7500 euros brutos, lo que viene siendo anualmente 90000 (si hablamos de 12 pagas y de más de 105000 si se tratara de 14).
Hay comentarios inapropiados, inoportunos, oportunistas, chabacanos, ultrajantes y desproporcionados. Los de Mayor Oreja constatando verbalmente que el Gobierno está pactando con ETA para mantenerse en el poder entran dentro de otra categoría y no se puede titular esa categoría porque estamos en horario infantil y esto no es la COPE. Pese a quien le pese, él se mantiene en sus trece: hay síntomas, hechos, actitudes, afirma el guipuzcoano y se queda más ancho que Oliver Aton tras la consecución de un gol.
¿Eso es un signo de madurez? Pues entonces, virgencita que me quede como estoy. Casi prefiero exhibir mi cincuentena con las faldas que Francis Montesinos diseña para Miguel Bosé. He escuchado excentricidades y barbaridades de famosos cincuentones que estarán en la agenda de Mayor Oreja, pero ésta se lleva la palma. Supera con creces la de su jefe cuando dijo aquello de “cuando yo no lo sabía nadie lo sabía”.
Derrotado, admito que eso de la madurez adquirida por la edad, por una burda cifra acumulativa es un cuenta cuentos. Y si tu ideología no te lo permite o no la has adquirido antes, no va a aparecerte por sorpresa un día en casa para quedarse porque sea tu cumpleaños.
Si tienen alguna duda de lo que digo, sienten en la misma mesa a Esperanza Aguirre, Ramoncín y a Diego Armando Maradona, todos conocidos cincuentones, y déjenlos departir amigablemente. Examinen atentamente si eso es madurez, tomen notas. Ni siquiera un guión de González-Sinde daría para tanto.
Canción del día: Como un Lobo, Miguel Bosé
p.d. Leído en Días de Radio el 29 de Marzo de 2010.
p.d. 2. La viñeta es de J. R. Mora
MI PRIMO SERAFÍN Y EL BALANCE DEL PODER
Este fin de semana pasado estuvo visitándonos mi primo Serafín con la nueva novia que se ha echado. Parece la definitiva, pero nunca se sabe. De momento, están a la espera de un niño. Como se vieron en la tesitura o en la necesidad de hacernos unos regalos, nos encandilaron con un candelabro plateado para So y a mí me encasquetaron una pulsera Power Balance, que me dejó estupefacto. El candelabro, por espantoso, sólo lo utilizaría en casa el mayordomo para asesinar a alguien, si algún día disponemos de uno, aunque dudo que mis ingresos me den tanto como para volverme así de panoli.
La pulsera, en color negro, no tuve más remedio que ponérmela para mostrarme agradecido. Pero les prometo que yo no tenía ni la más remota idea de qué iba todo eso. Supuse que a ellos les agradaba bastante vérmela puesta, pues ambos mostraban orgullosos las suyas, en rosa ella y en púrpura él.
No fue justo hasta el desayuno del sábado que comprendí ciertas miraditas que se habían echado la noche anterior. Serafín me preguntó antes de dejarme atacar mi tostada:
- ¿Y bien? ¿Cómo te has levantado hoy? ¿A que has dormido de un tirón?
- Pues imagino que sí. La mascarilla apenas me ha molestado y realmente anoche acabamos tarde.
- ¡Te lo dije!, le confirmó Carla a mi primo. Yo he bajado, dijo dirigiéndose a nosotros, en seis minutos los diez kilómetros desde que la tengo y a tu primo le han desaparecido los dolores lumbares de estar tantas horas delante del ordenador.
- Disculpadme, les dije, pero estoy algo perdido. ¿De qué estamos hablando?
- ¡La pulsera!, dijeron prácticamente al unísono.
- ¿Qué le pasa a la pulsera?
- ¡Pues que es la caña!
- A ver… A ver que yo me aclare… ¿Me estáis diciendo que por llevar esto habéis mejorado en vuestro rendimiento diario?
- ¡Toma claro!, gritaron de nuevo al unísono. ¿No ves que es una Power Balance?
- ¡Sí! ¿Y?
Supuse entonces que la que impuso la moda en casa de mi primo fue Carla, porque era la que conocía las propiedades de la pulsera al dedillo y las dijo de una tacada:
- Ayuda al sistema nervioso, dotándole de unos estímulos que favorecen el equilibrio, la fuerza y la elasticidad.
Y comenzaron a salirle conceptos de la boca como Biocampo, autocuración, medicina oriental, acupuntura, flujos de energía o kinesiología. A esas alturas ya se me había enfriado la tostada y no veía que el discurso fuera a terminar en breve, así que la di por perdida y me pedí otro café para amortiguar el cansancio que sus palabras me estaban provocando. Es curioso, me dije, y una pena que la pulserita de marras no ataque de raíz el aburrimiento, pero me estaba conteniendo por no molestar a mi primo, que para una vez que nos vemos en cuatro años tampoco es cuestión.
Así, tuvimos que soportar todo el finde los métodos comparativos de su autosugestión. Por ejemplo, cuando nos dijeron aquello de que antes hubiéramos acabado destrozados después de habernos dado una comilona del quince a base de secreto ibérico y haber subido media hora más tarde al campanario de la catedral, pero ahora con la pulsera ni nos enteramos. O lo de antes estábamos como vosotros, a las diez durmiendo en el sofá, pero ahora estamos aprovechando para ver mucho más cine: es que llegan las doce y parecemos dos lechuzas.
Y así podríamos estar una noche entera con sus estrellas y todo. Pero fue oscureciendo el domingo y encapotándose el cielo y decidieron adelantar la partida para que la lluvia no los retardara en exceso. Se ve que la pulsera no llega a tanto y no puede con los nubarrones.
En cuanto salieron por la puerta y doblaron la esquina, dejé la pulsera en un rinconcito de una papelera para que no molestara a nadie. Me reí un poco de esta nueva moda, me trajo a la memoria los chinitos de la suerte de mi adolescencia y tantas otras chorradas que la gente compra como si fueran churros, sin llegar a preguntarse el por qué de un producto como éste no se venda en farmacias, sino en una web al ladito de los rotuladores para reparar los arañazos del coche o del kit E-cigarette 2010 para dejar de fumar.
Según me aseguró So no la tiré, en realidad, por descrédito, sino porque teniéndola aún en mi muñeca me dio por llamar a Miguel para ir a hacer algo de bicicleta el miércoles y eso me había asustado.
Lo malo, le dije yo, de estas pulseras con poderes es que como te lo creas mucho y te pille el día cruzado te lo pasas apretándole el circulito del medio para ver si de una puñetera vez sale el rayo fulminador que acabe con el perro del vecino, que no deja de llorar porque nadie lo saca a la calle.
Y So no pudo hacer otra cosa que darme la razón, y subimos a casa riéndonos.
Canción del día: Ironic, Alanis Morissette.
p.d. Leído en Días de Radio el 13 de Mayo de 2010.
LA VERDAD ERA UN SACO REPLETO DE MENTIRAS

El periodismo es esa ciencia que nos muestra, creándonos una opinión, los horrores del mundo y la excelencia de los políticos, los únicos salvadores de este cotarro. Los políticos y los periodistas se llevan muy bien entre ellos: ambos mienten descaradamente y con una caradura y un ego a prueba de bombas. No hay nadie en este mundo que quiera más a un político con poder que él mismo, ni nadie que se guste tanto a sí mismo. Nadie le echará un piropo a un político mejor que él mismo, si exceptuamos a algún periodista simpatizante.
Los políticos, por tanto, son los nuevos Jedis del asunto. Van por ahí con la espada láser de su codicia y la capa de capuchino de su magnanimidad y se hacen entrevistas y se dejan fotografiar de tal guisa, porque están convencidos de que están aquí para salvarnos. No pasa nada si durante su trayecto meten mano a los caudales de sus representados, como tampoco pasa porque en este periodo de ingrata austeridad económica para todos ellos sigan disfrutando de unos pingües estipendios porque la fuerza les acompaña. Y si la fuerza decae y se descubre el pastel y el lado oscuro, pues tranquilos porque llamamos a nuestros amiguitos de la prensa y nos salvan la credibilidad con una campaña de acoso y derribo por parte de la oposición. Ellos los adularán como se merecen: les preguntarán por la bondad de sus discursos, por cómo se siente uno siendo la niña bonita del partido, y los tratarán como a personajes de cuento de hadas, nunca como a ogros ni villanos, porque bastante papeleta tienen ya, los pobres, con la que está cayendo y obligados a gobernarnos.
Nadie miente, repito, tan bien como un político, sólo un periodista. Un periodista miente por dos razones: por adular al partido político de turno o por su propio interés, para echarle algo de salsa a la ensalada de su codicia y, de paso, abrirse un hueco en el poder.
En este hermoso arte de la patraña en papel los italianos son unos maestros. Ahora mismo, comparados con ellos, los españoles y los franceses al servicio de sus respectivas derechas son unos aprendices recién llegaditos a la academia.
Entre ellos, destacaremos a Tomasso Debenedetti, un joven freelance – es decir, un tío que se tiene que buscar las habichuelas porque no está fijo en ninguna parte y tiene que aceptar lo que le den por su labor. Por si fuera poco, el desdichado se había especializado en asuntos de la Cultura, con lo que su ruina estaba más que sepultada. Pero si no hay trabajo ni currículum, no pasa nada. ¿Qué sabe hacer un periodista mejor que escribir? Mentir. Pues ya está. Y el joven freelance se pone manos a la obra y comienza a sacarse entrevista de la manga con relevantes figuras del panorama literario actual. No se corta ni un pelo: Günter Grass, Philip Roth, José Saramago, Le Clézio… Habla con todos, como si tuviera una tarifa plana de Vodafone y su reputación sube como la de la Esteban tras su paso por los quirófanos.
Pronto se desvelará el pastel, porque es lo bueno de la red, que todo el mundo miente en ella, y recorta y pega en cuestión de segundos y que Roth hable mal de Obama o que Le Clézio reconozca como plausible el hecho de prohibir el burka en los colegios públicos franceses pues canta más que Kate Moss en un servicio de caballeros.
No hay en este asunto ninguna lectura feliz, todas son tristes. Tan tristes que ni siquiera parece que los afectados vayan a emprender acciones legales contra el inventor de las entrevistas, tan tristes como demostrar hasta qué punto la veracidad del periodismo a día de hoy es un camelo. Tan triste como para ver que la opinión de un intelectual hoy es menos interesante que la de un encuestador callejero para programas del corazón.
Pero, claro, como termina diciendo Miguel Mora en su artículo, si pagas menos de 25 euros por una entrevista a un Nobel pretendiendo la verdad, no puedes más que toparte con un saco repleto de mentiras.
Canción del día: The booklovers, The Divine Comedy.
p. d. Leído en Dias de Radio el 27 de Abril de 2010.
MADRID-BUENOS AIRES

Madrid se ha convertido en una ciudad de paso, en una excusa para tomar el metro o un taxi hasta Barajas, dependiendo de las correspondencias que uno haga hasta llegar a la puerta que le transportará a unas merecidas vacaciones. Se podría decir que, al cabo del año, veo más a las dependientas que sirven en el Rodilla de la estación de autobuses de Méndez Álvaro que a personas de mi misma familia. Pocas veces hay tiempo para más, para recibir el trasiego de una ciudad imperecedera y que ha sabido regenerarse en los últimos 20 años. A pesar de los políticos y sus obras, empeñados en convertirla en una ciudad del futuro para asegurarse al máximo el suyo, su futuro digo.
La semana pasada tuve tiempo para recrearme y respirarla, aunque estoy seguro de que el señor Torreiglesias, desde su famosa amabilidad, me reprendería por decir que respiro Madrid. Supe de los amigos y de sus proyectos futuros: algunos vienen en forma de disco y en forma de gira; otros vienen felices de la mano de la fusión de la gaita gallega con la samba brasileña; otros en forma de niña con chupete.
Pero, incluso en la felicidad del reencuentro, no he podido dejar Madrid sin que me asaltara esa duda y esa extraña sensación que me aparece en esa ciudad si la piso más de seis horas. Y es la de que Madrid está siendo asaltada calculadora y metódicamente por argentinos dispuestos a arrebatarnos el Retiro, Cibeles o el Reina Sofía en nuestras propias narices. Lo que no han conseguido los políticos con sus excavadoras, sus soterramientos y sus ruidos, hacer que odie la ciudad, lo van a conseguir los argentinos.
Y no me estoy refiriendo a los restaurantes, a los que sistemáticamente acudo, puesto que parece que en Madrid no hay carne que no sea argentina, a precios de galácticos. No. Me refiero a los argentinos, tan enamorados de Madrid que han venido a refugiarse aquí, como si en su postadolescencia quisieran regresar al útero o a la vaina de la semilla. No tengo nada en contra de ellos, pero me satura su zalamero acento cantarín, que se te va metiendo en las entrañas hasta llegar a lo más alto del bife, hasta que terminas imitándolos y queriendo ser Gardel.
Hay argentinos en las cajas de la FNAC, tocando su bandoneón en la línea 4 del Metro que lleva a Príncipe de Vergara o a Goya, comprando oro en la calle Carretas, buscando clientes en la calle Montera, haciéndose fotos con Spiderman en la Plaza Mayor, invitándote a copas en la zona de Huertas, preguntándote por el reloj de la Plaza del Sol en la plaza del Sol…
Su acento se te ve incrustando a cada minuto y terminás mirando una estatua de Quevedo y recitando a Borges, volvés atrás la mirada para apreciar un detalle del Bosco o de Fra Angelico y escuchás a Cortázar, llevás cuidado con un pelotudo paso de cebra recién pintado y pensás en Diego Armando…
Todo se te vuelve tango en Madrid si pasas más de 24 horas en la que antaño fuera castiza ciudad. Dicen que incluso en la Mallorquina han retirado sus famosas torrijas para vender panqueques de dulce de leche, por los que tanto sufriera Mafalda.
Fíjense ustedes hasta dónde puede llegar el desajuste emocional de tan acentuada experiencia que, un poco exhausto de tan iterativa serenata, me refugié en el Nuevo Teatro Alcalá el sábado por la tarde para meterme directamente en vena un chute de pasión francesa y escuchar durante dos horas un musical dedicado a Edith Piaf, la voz más francesa que ustedes se puedan imaginar.
Sé que fue producto de mi imaginación, que fue una alucinación, pero escuché en un armonioso lunfardo darme la bienvenida al espectáculo al chico que recogía las entradas, vi en el programa artístico que el señor que tocaba el acordeón se apellidaba Abramovici y era bonaerense y el que nos recordó que apagáramos los móviles porque en breve daría comienzo la función se expresaba como Fito Páez. Tú con tus películas, Ángel me dije y no di más importancia…Pero cuando escuché a la Piaf, al eterno gorrión enlutado decir en un nítido y arrabalero lunfardo ¡andá a cagar! no pude contener el llanto y salí corriendo a llamar al Samur para que me llevara lo más urgente posible al hospital mental más cercano.
Canción del día: Edith Piaf, La Foule
p.d. Leído en “Dias de Radio” el 20 de Abril.
LEER EN TIEMPOS REVUELTOS

¡Púchica diegos, la que se nos viene encima! Eso es lo que diría Manongo Sterne, uno de los personajes más entrañables que haya creado jamás el creador de entrañables personajes llamado Alfredo Bryce Echenique.
Así comenzaba su recomendable obra No me esperen en Abril y podría ser una inmejorable forma de comenzar más de una novela y más en los tiempos que nos ha tocado vivir.
Tan extraños estos tiempos, insisto, que se está dando un dato curioso y muy peligroso, casi imperceptible pero que romperá cadenas y nos dará más de un susto. El dato ha pasado prácticamente desapercibido, sólo lo he visto recogido en el diario que dirige Francisco Marhuenda y es escalofriante. Y es que a la interminable lista del paro, que se va agrandando cada mes más, se está sumando un aumento cuantitativo del número de lectores en nuestro país.
A priori, no parece alarmante la cosa. En términos globales, la subida ha sido prácticamente de medio punto, hasta lograr un escaso 55% (muy por debajo, por ejemplo, del 56,9 del año 2007. Pero hay que saber quitarle el telillo de la nata a la noticia, como hacemos con los tazones de leche, que nos dejarán ver después el intenso color del cacao. Hay que ahondar en los datos y ver que la media de las horas semanales que un español dedica a la lectura ha subido a 6, cifra que se alcanza por vez primera.
Esto ya es preocupante, pero es que, además, algo más del 40% de los parados que hoy cobijamos dedica tiempo a la lectura y lo explican por la incidencia de la crisis y el menoscabo y perjuicio que ésta ha provocado entre los profesionales de mayor nivel educativo.
Y esto sí que acojona, señores. Este dato ha sido el que ha puesto en alerta a sindicatos, gobierno y patronal, activando la urgencia por lograr un pacto social que dejara insatisfechos a todos, pero claramente necesario. Según el estudio anual, los jóvenes españoles, que ha de ser una de las franjas de edad con más paro actualmente, se están equiparando a la media europea, rozando el 80%.
¡Púchica diegos, hay que darse prisa! Esto no puede estar ocurriendo. Imagínense una sociedad letrado, docta y en paro. Gentes en los parques dándole de comer a las palomas y recitando los versos de Ángel González o Luis Alberto de Cuenca, decenas de personas en las colas del INEM leyendo en su idioma original a Petrarca, Proust o Milton, muchedumbre reunida alrededor de una lectura de Félix Grande o Antonio Gamoneda, para emocionarse con el Blanco Spirituals del emeritense o el Libro del Frío del ovetense; una multitud congregada en torno a una pieza del ingobernable Darío Fo, todo un auditorio de parados escuchando las milongas del comunista Saramago o las batallitas del reportero de guerra Pérez Reverte y haciéndose las inevitables preguntas que siempre las certeras palabras del portugués o del cartagenero suscitan.
Ya me veo a las fuerzas del orden echando agua a esa masa enloquecida con pancartas, abogando por más bibliotecas públicas y menos Plan E, cuyo único lema sería los tres primeros versos de la famosa y siempre necesaria Canción a las Ruinas de Itálica de Rodrigo Caro, ésos que dicen:
Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahoraCampos de soledad, mustio collado,Fueron un tiempo Itálica famosa. ¿Qué sería de nosotros si los parados de este país en vez de llorar sus penas con la chica de la última página del As o
con las ayudas arbitrales sucumbieran ante los encantos de la palabrería mágica de Paul Auster o Javier Marías o a las
aventuras que hacen pensar en utopías de Jonathan Swift o los universos homéricos?Una sociedad en paro e interesada por la información y el conocimiento no es algo bueno.
Es el preámbulo del caos, el desorden y la revolución.
Quien ha leído libros lo sabe.
p.d. Leído el 18 de febrero de 2010 en el programa Días de Radio.
CRÓNICA DE UNAS VACACIONES SANTAS AL USO

Recordarás la tara máxima de tu coche demasiado tarde, cuando tengas que poner la última bolsa de cedés de Pocoyo debajo del acelerador. Suerte que llevas el control de velocidad y vas a activarlo desde el kilómetro cero, si te dejan.
Recordarás que hay que desviarse hasta el centro, la calle Ferrocarril nada menos, para recoger a tu suegra, que este año os ha tocado en suertes y que se niega a hacer los 463 kilómetros hasta Benidorm, ni sabe nadar ni le ha gustado nunca la playa. Tendrás que rodear por Petrer, dejarla en casa de su hermana y tener en cuenta que habrás de visitarla, al menos, tres veces para no aguantar los lagrimeos de tu esposa y frases del tipo claro, si fuera tu familia entonces sí.
Recordarás que la noche anterior apenas podrás dormir, te la comerás pasando revista con tu mujer a los cientos de trastos inútiles que habrás de llevarte, como por ejemplo los cojines que quitamos del sofá el otoño pasado, que digo yo, que dice tu mujer, que como ya no los queremos para nada, ya que vamos a pasar por Petrer, se los dejamos a mi tía, ella siempre es muy agradecida, a ver para qué querrá esa casi centenaria señora unos cojines estampados con la foto de la niña al estilo andywarhol. Luego tu mujer te dirá que qué cosas tienes, que cómo va a conducir ella, que tú no puedes ponerte detrás con los críos y tu suegra porque siempre termináis enfadados.
Recordarás que le darás la razón, aún cuando sabes perfectamente que tu suegra y tú no habéis discutido jamás en un habitáculo de cuatro ruedas. Y terminarás convencido de que la peor opción de todas es dejarla conducir a ella, y su manía de no pagar peaje ni siquiera una vez al año, que eso es malo para la economía familiar. Pero a ver quién le explica que consumir dos horas más de carburante por una nacional a la larga es menos rentable que el peaje, porque te sale con aquello de pues mi padre cuando íbamos a la playa no ha cogido una autopista en su vida y nunca se ha gastado más de tres mil pesetas de gasolina al mes, ¿verdad mamá?
Recordarás que ya has quedado el miércoles con los Ramírez, esos vecinos tan insoportables que vienen de Mérida a darte la murga gratuitamente al piso de arriba y que, qué duda cabe, os obsequiarán con su famosa ensalada césar y sus reconocidas croquetas de pechuga de pavo y cebolla caramelizada. Es que, por lo visto, Arguiñano un día sacó su carta e hizo la receta en un programa y para qué quieres más. Para mi gusto están sosas, pero, por lo visto, los fumadores no sabemos apreciar esas cosas. Y demos gracias porque alguna revista no haya publicado alguna otra de sus recetas. Pasaremos la cena compitiendo en cuanto a resultados curriculares y extraescolares de los niños y hablando de cómo ella deconstruye toda la cocina, al más puro estilo Subijana. Es de las que dicen: pues yo le pongo y sentencian al más puro estilo Cicerón en sus Catilinarias.
El jueves, recuérdalo antes de que sea más tarde, llevarás a tu suegra y a la tía Jacinta a ver la procesión a Almoradí. Lo más divertido de todo es ver dónde leches dejas el coche después de regresar, pues en el intervalo de tan familiar excursión, tropecientos mil coches habrán llegado para pasar el fin de semana en la playa y te vas a pasar más de media hora dando vueltas por los alrededores del edificio para terminar dejándolo en doble fila, detrás del de los Ramírez y poniéndote el despertador a las siete para bajar y cambiarlo de sitio.
Recordarás también que habrá que llevar el sábado a los niños a Terra Mítica. Tú dijiste que mejor el martes, que habría menos gente, pero ellos quieren estar con los primos, que se lo pasan mejor. Recordarás entonces que para el viernes se te han acoplado los primos, que tus cuñados se marchan de fin de semana a Florencia y te dejan el paquete a ti. Y no digas nada al respecto porque ya han hecho suficiente esfuerzo trayéndotelos hasta Alicante, que a ellos les sale mucho más barato el vuelo partiendo desde Madrid. Recordarás que tendrás que ir al aeropuerto a por ellos.
Con ese panorama consigues conciliar el sueño el Viernes de Soledad, poniéndole possits de los más variopintos a tu memoria. Recuerdas que un día viste una exposición fotográfica en que la modelo llenaba todo de possits para aprender el idioma del país donde había emigrado. Sueñas toda la noche que estás en tu oficina, con montañas de expedientes de gente extraña mal apilados por los suelos. Lleva Silvia, tu compañera de despacho, esa falda y esa blusa que tanto te gustan. Sabes que en algún momento te vas a topar con el expediente de los Ramírez y en tus manos estará ponerles una multa de 400 euros, que conlleva una pérdida de 5 puntos en el carné.
Cuando suene el despertador y salgas de la inconsciencia, recordarás que te pasaste todo el sueño sonriente y feliz.
Canción del día: Sweet Dreams (are made of this), Eurythmics
p.d. Leído en "Días de Radio" el 30 de Marzo de 2010.
OPERACIÓN ESCARLATA

Como estaba deprimido porque no tenía nada de lo que hablar hoy, he hecho lo que toda persona sensata haría para nutrirse de noticias con las que celebrar la estupidez cotidiana. Ustedes dirán: ¡Ha puesto la COPE unos minutos!
¡Huy! ¡Casi! Me he ido hasta la web de El Mundo. Los chicos de Pedro J. nunca fallan, siempre atienden mis demandas, tan atentos.
Resulta que en Madrid han descubierto una red de matrimonios de conveniencia. Aunque más bien debería de llamarse red de matrimonios de connivencia, pues muy diferente es una palabra de la otra. En un matrimonio bienvenido nunca faltará una dosis de conveniencia, es decir, de beneficio o utilidad; de conformidad, de acuerdo o convenio entre dos personas. Algunos de los asistentes al evento llamará a dicho acuerdo amor, incluso alguno habrá que, movido por la amistad o el cariño, prorrumpa desde un púlpito hablará maravillas de ese acuerdo de valor imperecedero, cuya fecha de caducidad comienza en ese mismo momento. Otros invitados, y desde aquí deseamos para los novios que sean los menos, probablemente no lo llamen amor, ni tan siquiera sexo, y sí piensen más en el convenio práctico de las dos personas que se han disfrazado para tal ocasión.
En este caso, lo que ha habido ha sido connivencia, es decir, una confabulación de varias personas para cometer un delito o una acción ilícita. 34 personas han sido detenidas en esta Operación, de nombre rimbombante como suelen serlo todas, Operación Escarlata, color que a las bodas sólo lo llevan aquéllas que quieren eclipsar a la novia. Con ella, se llegaron a concertar más de cien enlaces de colombianos y españoles para legalizar la situación de residencia en España.
Chollo asegurado, señores. Nada sospechoso. Por lo visto, eran personas afines al narcotráfico cuya estancia era irregular, por no decir truculenta. Pagaban alrededor de unos 12000 para obtener sus papeles. Los afortunados españoles que accedían ganaban una quiniela de 3000, mientras que los testigos se debían conformar con una de 12, algo así como 200 euros.
Lo hicieron en once iglesias, de las cuales ha quedado demostrado, misteriosamente, que sólo el sacerdote de origen colombiano que ha sido detenido estaba al tanto de lo que sucedía, y actuaba de connivencia, por tanto con sus compatriotas. Por si fuera poco, para ponerle más roquefort al asunto, tanto el sacerdote, como la abogada falsa y la funcionaria que pasaba la trampa por el registro, han sido detenidos en la localidad de Valdemoro.
La pregunta que cabe formularse de todo esto es cuál era la verdadera intención del sacerdote colombiano cuando se vino a evangelizar a nuestro país. De qué manera hemos de engrosar y englobar su delito. No el terrenal, bien distinto, sino el divino. Un fraude a las creencias de muchos, a la fe de tantos, que cada domingo acudieron a escuchar su mensaje y a tomar de sus manos el cuerpo de su dios hecho símbolo. ¿Fueron sus pretensiones desde su primera venida las del lucro? ¿Se vio envuelto después en la espiral peligrosa de sus compatriotas? ¿Pecó de avaricia haciendo el lucro, explotando su puesto para beneficio propio?
Desde hace unos años somos conscientes de que los ministros de los dioses en la tierra horadan demasiado las raíces por las que pisan, se fijan demasiado en el suelo y han olvidado alzar la vista si no es dentro de su ministerio, buscando las respuestas de su debilidad en el altar. Los creyentes, que para algo son crédulos, perdonan sus fallos, que no pecados, bien cuando delinquen apañando matrimonios, como es el caso, bien cuando tocan deliberadamente a menores con ánimo lujurioso.
Son humanos, dicen y continúan en su creencia de que no todos son iguales.
También los maltratadotes o los multimillonarios, por poner dos grupos bien dispares, son humanos y nos dan mucho asco: no perdonamos a unos el pecado de la ira y la envidia; a los otros, jamás le perdonaremos el de la avaricia y la soberbia.
Canción del día: It’s a Sin, Pet Shop Boys
p.d. Leído en “Días de Radio” el 28 de Octubre de 2009.
DE CORAZONES Y LORZAS (SWEET FATTY HEART)

Hay un tipo de publicación detestable y que jamás he comprado: es ésta de los cotilleos malsanos en el que todos los famosos son desagradables, horteras y ordinarios, y en la que se busca resaltar su pordiosera humanidad por el simple hecho de que todos los hemos envidiado en algún instante de nuestras vidas. Quien esté libre de pecado en este aspecto, que tire la primera piedra: es probable que le caiga en el pie izquierdo. Sin embargo, es cierto que con alguna frecuencia me siento a curiosear las fotos en los descansos de mi trabajo, donde nos abastece la prima peluquera de alguno de mis compañeros. Y no puedo resistirme a fijarme en un par de secciones: la de las recetas de cocina y la de los consultorios.
Los improvisados psicólogos amigos que aparecen en este tipo de secciones serían capaces de hacerle sentar la cabeza al mismísimo Anthony John Soprano. Es algo digno de admiración el que una publicación pague por ese tipo de textos inventados, pero visto el éxito que obtienen, parece incluso ridículo que yo ponga en duda su credibilidad, en un país de crédulos. Si no, vean la popularidad de los programas de la noche, que comenzaron siendo un embaucamiento de las cadenas locales para sacarse un dinero extra y ahora han pasado a todas las nacionales que se autoproclaman abanderados de un nuevo periodismo y un entretenimiento nunca visto.
En esta partida de póquer sin fin de la credulidad más zafia, los expertos psicólogos tienen que tragarse sus masteres y sus impresionantes currículos para terminar aconsejándole a una chica que su relación se irá al carajo si deja que su marido se vaya a trabajar a un país extranjero; o para evangelizar sobre lo que es el verdadero y único amor, el de una madre, asegurando que el amor que un hijo siente por la mujer que lo trajo a la vida es algo irracional, con lo que la novia afectada tiene que lidiar.
Siempre encuentra uno peculiaridades en esto si no teme a perder el tiempo leyendo. Uno no sabe cuándo aparece la musa y es verdad que en determinados momentos hay que zambullirse en el lago de un glaciar para subirse a sus caderas, como el protagonista de El último superviviente. Así, de las mejores que he encontrado en los últimos meses es ésta, en la que un amargado esposo de la comunidad valenciana busca cómo decirle sutilmente a su amantísima esposa que está tendiendo a un sobrepeso que despierta de todo en él menos erotismo. Los consejos son un catálogo de cómo destrozar un matrimonio en cuestión de segundos. Bueno, no nos pongamos tan drásticos, pero una buena cuarentena sin practicar el edredoning queda asegurada. A saber:
· regalarle un biquini con dos tallas menos del que usa habitualmente, con lo que quedará como un idiota que no se fija en los detalles;
· cuando ella plantee la posibilidad de una cena romántica fuera, proponerle una ensaladita en casa para ahorrar, con lo que quedará patente que no te apetece ni una gota de sexo para después;
· dejar por el cuarto de baño fotos de supermodelos ligeritas de ropa, con lo que pensará que le estás poniendo los cuernos en tu soledad y quedarás como un cerdo;
· repasar los viejos álbumes en los que su cintura era más apetecible; con lo que pensará que has dejado de quererla y que te ves con otra.
No contento con esto, sepulta la variopinta respuesta con algo definitivo: disimular que estás jugueteando con su vientre y caderas para espetarle a bocajarro: ¿De quién son esas lorzas, de papi? Y aquí sí que estás jodido: la última palabra que le dirás a tu pareja antes de verla salir por la puerta será “lorza”, por mucho que todas aplaudan la valentía de Lizzie Miller, la modelo de tallas grandes, paseando su rotunda desnudez por revistas de glamour. Vamos a ver, chavales: yo no soy psicólogo, pero os aconsejo que lorza, no. Lorza de entrada no. La lorza está prohibida en casa. La femenina, obviamente. Las lorzas las tienen las demás, las amigas, las vecinas, las del cine, las de la tele. Recuerda que tu modelo preferida es la que más lorzas tiene, casualmente. Por eso os aconsejo: si aún así estáis dispuestos a decírselo, no seáis tan tontos como para tirar las revistas que comprasteis para asustarlas. Que sirvan para algo, al menos.
Canción del día: Flaca, de Andrés Calamaro
p.d. Leído el 22 de Septiembre de 2009.
EL ESPAÑOL Y EL SILENCIO

Pocas cosas hay que molesten más a un español que el silencio. Supera con creces a:
a) que le toque la lotería a nuestro vecino;
b) que le pidas amablemente que apague su cigarrillo en un lugar donde no está permitido fumar;
c) que llegue un domingo y no haya fútbol.
Es más, me atrevería a decir que muchos, ante la disyuntiva de elegir un silencio prolongado o un silenciador, se decantarían por esto último.
No tenemos sentimiento de pertenencia en cuanto al silencio, no es nuestro, es impuesto. Es algo que lleva a confundirse con la soledad, y la soledad es algo que se enterró con Don Luis de Góngora. En cuanto el ente humano perteneciente al subgrupo caucásico - español se reúne en más de dos unidades se dispara un chip en sus sentidos que le lleva a decretarle consejo de guerra al silencio. Da lo mismo donde se encuentre dicho corpúsculo: en un teatro, en una iglesia, en un museo, en una sala de espera de un hospital, en una visita guiada a un palacio real, en la cola del paro… Da igual: eso no es motivo para crear un ambiente de tensión que sólo sabemos solucionar con comentarios de lo más inapropiados. El español tiene que sonarse estruendosamente en mitad del aria de Violetta Valéry, tiene la necesidad perentoria de comentar que, te pongas donde te pongas, la Gioconda te mira directamente a los ojos; y le sale una vocecita interior que le obliga desde los más profundos miasmas del córtex a tocar cualquier mobiliario que el guía haya resaltado de una habitación. Por ejemplo, si el guía dice que la talla del lavamanos del dormitorio real es de alabastro, el español tocará dicho lavamanos para cerciorarse de lo dicho por el guía y comentará: es cierto, es alabastro, como si de un perito del alabastro se tratara.
Algunos pensarán que esto es una falta de respeto hacia los demás, pero el español sabe que el que eso piensa está en un error del que difícilmente vamos a poder sacarle con una explicación. Se necesitarían horas para que alguien comprendiera por qué un español no ve una falta de respeto el hecho de comentar con el de al lado lo mucho que llovió la semana pasada mientras esperan a que la enfermera salga a decir los nombres (como incomprensible sería explicar por qué a un español no le parece que está haciendo el ridículo cuando dice: ¡este jamón está de vicio! en el intervalo de un par de caladas).
El silencio es atávico, es telúrico, es Comala. El silencio es un soliloquio, es Segismundo en su celda, el papel que envuelve a la hamburguesa. Es el roce de las yemas con el libro al pasar la página, es la antesala que conduce a los pensamientos, al monólogo, a discutir con Hyde. Resulta, por tanto, preferible abordarle antes de que él nos ataque. Reconocerlo es debilitarnos, infravalorarnos. Reside en nosotros cual quiste, y los deseos por extirpárnoslo es algo por lo que no reparamos en gastos. Y nos duele sentirlo en cualquier situación por ficticia que sea. Por eso no nos gusta el cine europeo ni el asiático, acudimos en masa al de Hollywood donde un silencio es algo que cuesta demasiado dinero para sacarlo a escena. Por eso entre una entrada gratis al zoológico o al Reina Sofía aceptaríamos sin dudarlo la primera (aunque muchos de nosotros nunca la utilizáramos).
La última vez que me he topado con él, felizmente, fue en Vila Viçosa, un pueblecito acogedor del hermoso Alentejo portugués, en la cafetería de la pousada Dom Joao IV. Lo acogimos con los brazos abiertos, después del omnipresente y descontrolado barullo que siempre hay en la ciudad que resido. Fuimos dichosos escuchando los sonidos del té cayendo en la taza o de la cucharilla dando vueltas al café, de las burbujas del agua con gas expandiéndose sin nada que nos perturbara de esos sonidos peculiares, y tan extraños a unos pocos kilómetros. Afortunadamente para la estabilidad de mi cerebro, que ya estaba pidiendo los papeles de residencia, aparecieron un par de matrimonios pacenses con sus hijos y todo regresó a la normalidad, desterrando al inquisidor silencio a las oscuras costas de la laguna Estigia.
Canción del día: La Traviata, de Verdi (Escena V, Acto I)
p.d. Leído el 14 de septiembre de 2009
MEMORIAS DE UN ALCALDE

Llevo casi nueve años lejos de casa por razones laborales. Hasta hace unos meses pocos eran los que visitaban mi hogar. Acaso la familia, que siempre hace el esfuerzo, aunque con cuentagotas. Evidente, también tienen sus motivos.
En marzo de 2003 comencé una nueva singladura, totalmente paralela a mis quehaceres de profesor de francés: la política. Nada reseñable hasta la fecha. Hace unos meses, apenas doce, logré convertirme en alcalde de Villanueva de la Espadaña, un pueblecito de menos de 11.000 habitantes que pocos sabrían ubicar en un mapa provincial, me atrevería a decir que ni tan siquiera los mismos provincianos serían capaces. Por no tener no tiene ni referencia en la Wikipedia o en Google Maps, aunque una de mis promesas ha sido sacar nuestra pequeña villa a la red. No soy de aquí, relativamente resido desde hace poco tiempo, no soy un tipo de esos que se dice entrañable y mi profesión es tan inocua como improductiva, pues el francés en las escuelas ha quedado desterrado a la chanza y la burla.
Desde entonces, es raro el fin de semana que no tenga gente en casa ofreciéndome cosas de lo más inverosímiles. Amigos que se me van uniendo a Facebook o que me sugieren amigos con los que coincidí en la escuela de Valladolid o en el Instituto de Alicante. Se ponen a hablarme como si no estuviéramos sin saber del otro más de veinte o veinticinco años, según los casos. Se permiten pedirte tu número de teléfono a través de una red social y te recomiendan sus canciones favoritas. Te dicen: a ver si un día hacemos el ánimo y vamos a ver tu pueblo y comemos juntos; y a las tres semanas se presentan en la alcaldía repartiendo algarabía. Tengo, en algunos casos, que mirarles a los ojos para reconocerlos, pues ahora son calvos o vienen preñadas.
Y todos me piden favores, como guiñándome un ojo, o dándome un codazo cariñoso mientras encienden un cigarrillo. Hablan de especulaciones, de recalificaciones, de engalanar Villanueva de la Espadaña y de dinero, sobre todo de dinero. Los que trapichean con él, los que lo llevan como moneda de cambio, nunca mejor dicho, para lucrarse a costa de unos memos que con sólo escuchar la palabra comisión o el término porcentaje se les abren los ojos como peras.
Mi teniente de alcalde es el que lleva el cotarro. Le gusta estar en la sombra, ser cauteloso y discreto. No asomar demasiado la cabeza y llevar siempre las manos en los bolsillos, para que no veamos si cruza los dedos o hace una peineta. Revisa mi agenda y me prepara oportunamente las entrevistas que darán con ventajosos beneficios para la comunidad. En Villanueva de la Espadaña hay 83,4 bodas anuales y se construyen 700 viviendas para jóvenes para ellos.
No es agradable estar en medio de todo esto. De alguna manera, comienzo a verlo así, también el pueblo se está beneficiando de tanto tejemaneje. La gente lo ve y te lo transmite, es agradecida, te da su apoyo incondicional y su voto si le arreglas la plaza y pones dos columpios para los críos, si cambias las baldosas para que reluzcan un poco más las calles. La señora Remedios me lo decía el lunes mismo: desde que me han hecho ustedes la rampita, ya no me da miedo salir a la calle. ¡Me ha cambiado la vida! Eso es reconfortante. Qué más da que nos hayamos embolsado unos miles de euros con el contrato y el apaño. Gente como doña Remedios nos recuerda que somos imprescindibles a cada minuto.
El teniente de alcalde me habla de todo esto a menudo, me trae a los campesinos para que me lo digan a la cara, lo que es incómodo, pero satisfactorio al mismo tiempo. Su mujer, según me ha confesado, siempre lleva en el monedero una foto de Jaume Matas. Es su ídolo, cuenta. Y desde que tenemos conexión wifi en el pueblo anda como loca buscando por la red unos escobilleros Inda para el baño. Mi teniente de alcalde me aconseja que le diga a Irene, mi esposa, que haga lo mismo, que se decante por los escobilleros de pared Lulú, para no levantar sospechas. Le digo que no tiene de qué preocuparse y regamos nuestras risas con un buen Vega Sicilia. ¡De dónde coño lo habrá sacado!
Canción del día: Vergüenza es robar y que lo vean, de Juana Molina
p.d. leído en Radio Candil el pasado 11 de noviembre.
PARA CANTAR LAS BIENAVENTURANZAS

Bienaventurados los que escuchan a los sinfónicos melenudos de Pink Floyd porque de ellos ES el reino de los cielos.
Bienaventurados los que practican en el karaoke el aguante de la amistad de los que les acompañan berreando los simples acordes de Yellow Submarine porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que han aprendido a soportar al blandengue de David Crosby echando sus lagrimitas ante el micrófono porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que aprendieron a cerrar el puño en señal de rebeldía con el Diamonds on the Soles of her shoes de Paul Simon porque su hambre de sed y de justicia será saciada.
Bienaventurados los que untaron sus pantalones por el miedo el día del estreno mundial del famoso video Thriller de Michael Jackson empapadito de zombis saliendo de sus tumbas, porque ellos alcanzarán misericordia.
Y así podríamos seguir un buen rato, pero no es el momento de las letanías.
Verán, el caso es que el famoso diario oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, en su afán de divulgación y de vender más ejemplares aplicando la ley del morbo, como hace todo quisque en esto de los diarios, a ver quién es el guapo que se resiste hoy en día a vender algo de morbillo para sacarse unos extras, se ha envalentonado publicando una lista con los diez álbumes de rock de la historia más recientes que tienen el oquey maquey de la curia vaticana.
Así, como si tal cosa. Es decir, que se puede ser un dechado de virtudes y comulgar a pesar de haberse pegado uno un hartón del disco Achtung baby de los U2 antes de ir a misa. Según ellos, la homilía de los de Bono en una canción como la de One enaltece el espíritu y nos prepara, por lo visto, para la vida próxima. Ya saben todo eso de hermanos y hermanas y el amor al prójimo.
Es muy honesto y hermoso por parte del Vaticano mostrarnos las excelencias de tan archiconocido como gran tema. Pero se olvidan de que muy cerquita, unos surcos del vinilo más allá venía aquello de ¿Quién montará tus caballos salvajes? En una clara apología de película de canal plus un viernes de madrugada preguntarle eso a una hembra a la que poquito antes le has dicho que es más peligrosa que un cristal escondido en la arena de una playa no lo veo yo como paradigma del buen cristiano.
O quizá sí. Bástenos recordar cualquier ornamentación gótica y catedralicia y veremos ristras de ejemplos de coyunturas y yuxtaposiciones que formalizaban y predicaban los tachones del pecado, siendo el Pecado lo execrable a no seguir. Escritos en la piedra dejaron los artífices de tan bellos edificios monumentales erecciones y derramados senos que recordaban la desdicha de la lujuria tanto en maitines como en vísperas o completas (éstas últimas dependiendo de la estación del año).
El cristianismo nos enseñó en su día: esto es lo que eres, así es cómo te comportas en la tierra y esto es lo que te espera. Cinco o seis siglos después continúan actuando de manera similar, sólo que ajustándose a los tiempos. Ya lo vimos con el famoso astronauta que apareció en la fachada de la Catedral nueva de Salamanca para delicia de curiosos y extraños y para bienaventuranza de los guías turísticos, que se pasan horas explicando el porqué de su venida.
Además de los mencionados, añaden a este inusitado top ten a Donald Fajen, con su The nightfly, el disco que popularizó a los Oasis y que incluye su Wonderball y el Supernatural de Carlos Santana.
La verdad es que hay que ser el santo Job para escuchar los tres seguidos y que no te salgan llagas en el iris o en el pecho y quizás sea por esto que los han incluido. Mención especial hago aquí al que está en cuarto lugar y con el que cierro la lista. El imprescindible Rumours de Fleetwood Mac, que tendría que estar en la fonoteca de cualquier hereje, haya sido quemado injustamente o no.
No sé si es música para creer en Dios o no. No veo que la intención de los vaticanos haya sido ésta. Que te hagan mejor cristiano también lo pongo en duda, pero nos saca tanta fe y tanta abnegación del aburrimiento y del frío que no se termina de ir de estos días. Nos recuerda viejos discos que habíamos olvidado y que es bueno revisionar. A lo mejor, quién sabe, con tan inofensiva práctica nos estamos ganando un cachito de cielo para el día de mañana.
Canción del día: Diamonds on the Soles of her shoes de Paul Simon.
p.d. Leído en Radio Candil el 23 de febrero.
NUEVO DEPORTE: EL WELCOMING

Después de muchos años de práctica, decepciones y derrotas he llegado a la conclusión de que a un servidor le entusiasman la mayoría de deportes que requieren cierto tino y esfuerzo, pero resulta más que evidente que yo no le gusto a ninguno de esos deportes. A pesar de los intentos por adentrarme en ellos, jamás deporte alguno me dejó conocer los recovecos de su casa.
Así que ahora que llega el momento post-navideño, que tanto nos aterra, ahora que ya ha pasado San Antón y que han finalizado las Pascuas según calendario popular, no tengo más remedio que ponerme a trabajar mi tableta de chocolate y dejarla reluciente a costa del deporte.
No me acercaré a los nuevos santuarios. Está comprobado que no nací para sociabilizar en un gimnasio donde es fácil reírse de tu vecino, pues si tú coges las pesas de tres kilos él cogerá, instantáneamente, las de cinco y se te quedará mirando con aire de desafío a lo Curro Jiménez. Siempre he pensado en este aspecto que de quitar los espejos de esos establecimientos y ludotecas del ego se irían a la quiebra en un santiamén. Una vez estuve en uno, hará de eso casi 25 años. A los cuatro meses de merodear por allí y regocijarme con la poca pulcritud de las jovencitas de mi época – hoy excelentes madres divorciadas – me ofrecieron muy ladinamente anabolizantes y salí disparado de allí ante la incomprensión de mi padre, que veía en mi renuncia una huida de mi condición de cuerpo diez.
La solución es reciclarse. Hay que perder peso, quitarse esos tres kilos que de media se pone cada español entre pecho y espalda en esos quince días de excusas para no reconocer nuestras propias miserias. Y tiene que parecer que practicas un deporte. Así, he decidido estar atento a los más allegados y conocidos para ver quién se adjudica o cambia cualquier cosa de su casa. Cualquier reforma minimalista me vale. Una pronta visita al Ikea por parte de un compañero de trabajo es recibida en mi agenda como una máxima de Carlos Marx o un verso de Borges.
Que los españoles te enseñen sus casas es todo un deporte. Y les llena de orgullo y satisfacción hacerlo. Obligan a su visitante eventual o huésped fortuito a que vean hasta los pelos de la ducha si es menester. Casi diría que para muchos es religión y te asaltan comentando que, finalmente, el tresillo no quedaba perfecto en tal rincón de la sala de estar y sus variantes. Y terminan: ¿cuándo vendrás a verlo?
La visita es imprescindible hacerla a pie hasta la casa susodicha. Es recomendable no haber hojeado ningún catálogo del Ikea al menos cinco días antes, para que la sorpresa sea mayúscula. No hay que hacer comentarios del tipo ese estor es el mismo que tiene Alberto o Isabel. Bueno, si quieres enterarte de algún cotilleo o divergencia puntual sí.
Es un sufrimiento ver cómo mezclan una imitación de Lladró con una pared de gotéele, un cuadro de la etapa surrealista de Chirico y una foto tamaño bañera del día de la boda. Piensa sólo en las 500 calorías de media que vas a quemar, siempre que lo que acompañe al café no sea bollería industrial, a la que has de resistirte para que tu plan haga efecto.
Para mantenerte en el círculo de los que son invitados, hay que tener en cuenta una máxima, de lo contrario, te arriesgas a que te den arsénico en el café: la casa exhibida es siempre la más bonita del mundo, así que: sí, en una misma habitación pueden coexistir un edredón del demonio de tasmania, un montaje warholiano con la foto del hijo a lomos de Pocoyo y una cómoda estilo Luis XVI.
Por si no quedaba claro que esto es así, una cadena de televisión estrenaba ayer un programa del tipo: to er mundo é güeno, donde las casas más estrafalarias se nos presentaban como auténticos museos de antigüedades o del buen gusto. A saber, una pareja de gays residía en una vivienda de más de 1100 metros cuadrados y otros 3000 de jardín y hacían vestir a sus sirvientes con un atuendo característico de la ensalada de culturas que en ella se había querido homogeneizar. En el Spa subterráneo, hecho artificialmente pero recreando el misterio de una gruta, tenían una estatua de un buda sonriente y dorado.
Lo que constata que los millonarios siguen siendo los más horteras, sea uno minimalista o barroco, dandy o gentleman. Y es por eso, creo yo, que los de la alta sociedad siempre tienen esos tipazos. Ni botox, ni retoques ni pádel ni golf. Lo que de verdad hace perder peso en esta época del remordimiento mórbido es tener amigos con mansiones del copón, que cada dos por tres hacen reformas y te invitan a verlas. Si no, piensen en la Beckham o en la Hilton y me darán la razón.
Canción del día: Su casa es Suya, Ciudad Jardín
LOS DISCURSOS DE LA MEMORIA

Los discursos de la memoria.
En ocasiones, nos hablan de oasis, en otras de desiertos. Puede que haya guirnaldas en un especial recuerdo, o que se haya intentado borrar con saña y con tinta azul, como cuando tachamos una palabra con el boli hasta quebrar el papel que la sostiene.
Hace unos días tropecé por una casualidad con mi agenda de 2004, sobria y negra. Estaba arrumbada en una caja de libros y cuadernos. Estaba buscando un verso y encontré doce meses, todo un año. No siempre tiene uno la oportunidad de revivir un año, de volver a repasarlo. De ahí la extraña felicidad que me invadió.
El tiempo, ese monstruo que nos domeña y nos ridiculiza, nos convierte en rebaño, en pasto de la incertidumbre. Cuando ha de venir lo esperamos ansiosos o atemorizados, mas siempre expectantes. Es una cosa ridícula, pero gobierna nuestras vidas. Y luego cuando se nos cruza, cuando se hace pasado y certidumbre, deja unas finas hebras como de azafrán. Se convierte en recuerdo, feliz o triste, especial. Para que sea recuerdo tendrá que tener algo de extraordinario, sin duda. Y la esencia de él es lo que realmente nos importa. Podremos ponerle falda roja a la chica del banco aquél que nos besó por vez primera en el 88 cuando la llevaba verde, podremos ponerle esencia de vainilla al mismo beso cuando era de cebolla, podremos ser Quijote o Sancho al describirlo, pero es la esencia de éste la que dejará una huella digital en nuestro cerebro durante un periodo bastante extenso, que puede durarnos, en ocasiones, una vida.
Y luego está la agenda. En ella hay fechas, anécdotas y momentos que un día fueron cruciales para ti. Marcados en rojo o con un rotulador de punta gruesa. Rodeados insistentemente esos datos para no olvidarlos con tu memoria quebradiza. Luego pasaron, y ahora, seis años después, los miras ajeno, totalmente ajeno en muchos casos. Están ahí puestos desafiándote, recordándote que tú viviste esa vida, que tan de otro te parece ahora. Les pones fecha cierta y ubicación correcta a esos datos, los vuelves a almacenar correctamente.
Pero de otros nada sabes. Te asegura tu agenda que has leído libros de los que nada podrías decir, porque pasaron por tu vida fugazmente y poco te impregnaron, como Señales de la nueva poesía argentina, de variado autor o Maigret va a la escuela de Georges Simenon. Y ahora no estás seguro de eso. Menos mal que reconoces tu letra y sabes que a ti mismo casi nunca te mientes, al menos en esos aspectos.
No has olvidado, por ejemplo, que estuviste cenando en Madrid con tus amigos: Antonio, Xurxo, José Manuel… pero te hubiera sido imposible hasta ahora ubicarlo en un 10 de enero, no recuerdas el frío invierno en aquel encuentro tan cálido y que, ahora lo sabes, no más habrá de repetirse. Que estuve en la playa un 8 de enero, lo que no es impensable en Murcia, pero de ese momento nada me ha quedado, a pesar de disfrutar de otros amigos y andar de la mano de la mujer que hoy me sustenta. Que enterramos a la buena de Eulalia un 15 de enero, mujer muy importante en mi infancia y una de las mejores cocineras que he conocido. Que el 25 tuve clase con Cánovas, un alumno. ¿O alumna? No le pongo cara, así que no puedo saber si me pagó lo que me debía. Afortunadamente, por lo que leo, a primeros de febrero saldó su deuda. Que comencé mis clases con Viqui un 29 de febrero, era domingo y a ésta sí le pongo rostro: buena alumna, al menos escuchaba y hacía preguntas. Que me quitaron la férula del esguince un 18 de marzo, un día antes de la boda de mi primo, que vi La Bicicleta de Pekín un 23 de marzo, y un 7 de abril Condenado, de las que nada podría decir, aunque de la primera tengo ahora vagas imágenes. Y así 12 meses, tan condensados. Tantas cosas olvidadas que han regresado, tantas otras que por más que las leamos no sabemos de ellas.
Luego diremos que una vida no es suficiente. Es suficiente, pero, probablemente, en nuestro último minuto, no logremos recordarlo.
Canción del día: Desordenada habitación, de Nacha Pop.
p.d. leído el 1 de diciembre en Radio Candil.
LO MALO DE FACEBOOK ES CUANDO TE CLAVAN LA AGUJA DE HACER GANCHILLO EN LOS OJOS

Sin duda alguna, una de las noticias que más regueros de tinta han derramado este año saliente, fuera de las noticias habituales de actualidad, socio-económicas o socio-políticas, ha sido la de la proliferación de las redes sociales y, dentro de ella, cómo facebook ha conseguido batir records de popularidad y fidelidad por parte de los usuarios. Su capacidad para hacer de lo instantáneo un arte – mejorando incluso la taza roja del nescafé – y para sugerir amigos a los que son afines ha atraído a más de un vecino curioso. De hecho, se ha convertido en el cuarto país del mundo en población virtual. Es una fuente inagotable de encontrar antiguos compañeros del colegio o la universidad, de ex – y de antiguos profesores o jefes a los que no tuviste el valor de insultar en su día y la accesibilidad de la virtualidad te permite hacer.
Pero tiene sus peligros y sus contradicciones. Además de quedarse con todos tus datos hasta después de muerto o de tener menos privacidad que la relación de Carla Bruni con Sarkozy, tienes los peligros de que no haya ningún medidor de la responsabilidad, como tampoco lo había en la blogosfera y cualquiera puede descalificar porque eres contrario a sus afinidades.
Así, el día de San Silvestre me vi contestando con un guiño uno de los varios comentarios que el poeta segoviano Camilo de Ory hace en su espacio. Fue una respuesta chorrada en la que afirmaba que la peor noticia del año había sido que a Obama le dieran el Nobel de la Paz. Una opinión como otra cualquiera, por la que una joven me llamó criminal inmediatamente, calificó mi afirmación de temeraria al haberme olvidado del atentado de la banda terrorista ETA al policía nacional Eduardo Puelles y, de paso, llamó a de Ory “escritor andaluz de sandeces”. Comparto con ella que aquello no dejaba de ser un chistecillo y que no tenía la menor validez, pero la réplica me pareció desmesurada.
En un primer momento, mi sorpresa me condujo a esbozar una contrarréplica, pero luego mi ánimo se contuvo pues entendí que no merecía la pena defenderse de un comentario tan desorbitado y fuera de lugar ante un simple contraste de opiniones sobre estimar qué noticia había sido la peor del año. Y así se lo dejé saber: que no habría contrarréplica por mi parte.
No tardó en aparecer su respuesta: en la que me definió como acólito de Camilo de Ory y siguió sumando descalificaciones de una envergadura que a mí se me figuró excesiva: aplaudidor del terrorismo, chulo y torpe, como síntomas manifiestos de mi diagnóstico del estrabismo moral y mi afiliación a la barbarie. No es honroso, y estoy de acuerdo con ella en lo de torpe, pero he de decir que estos calificativos no sólo me aglutinaban a mí, sino a todos los acólitos de de Ory, que, por lo visto, somos legión sin saberlo.
Si ya de por sí esta crónica de hoy tenía una lectura triste, donde podía verse que hay personas que atacan gratuitamente y sin pudor a los que no son de su misma opinión a comienzos del siglo XXI, lo es más aún, a mi parecer, después de ciertas investigaciones que hice posteriormente. Indagué sobre la persona que me llamó acólito y descubrí pronto que se había convertido en periodista y que, efectivamente, su cara me sonaba por ser una víctima del terrorismo en un día en que la banda terrorista provocó tres atentados con el sistema deleznable (aunque todos sus métodos lo son) de la bomba-lapa.
Y ahora imagínense mi decepción al comprobar en mi propia carne cómo es imposible a día de hoy pensar que acabaremos por el camino del diálogo y la negociación con un conflicto que ha desgastado a todos los españoles durante más de treinta años. El odio, siempre lo he pensado, no es el mejor hilo conductor para ello. Venga de donde venga, ni de los ejecutores ni de los ejecutados. Si por ello he de ser un aplaudidor del terrorismo, hágase la voluntad de quien así lo piense y arrastre yo mi culpa y mi ofensa por defender el sentido común.
Canción del día: Grita, de Jarabe de Palo
p.d. Leído en Radio Candil el 4 de enero. El título está parafraseado de un antiguo poema de José Daniel Espejo.
HE TENIDO UN SUEÑO

A vueltas con un artículo que el señor Falcó publicaba hace unos días en un periódico extremeño local y localista, he tenido un sueño. Como el de Luther King, pero a lo bestia. En ese sueño lo comentaba en voz alta: he tenido un sueño, a lo Forrest Gump en su discurso improvisado en Washington. El FBI después de decir aquello me interrogaba. Era el chico protagonista de la serie Bones, Seeley Booth, y llevaba unos calcetines escandalosamente rojos, de Roger Rabbit. La hebilla del cinturón era una cassette de plata, muy hortera. Me decía que les había llegado un soplo de la SGAE y que tenía que pagar 12 euros de royalties a la familia del pastor bautista por decir esas mismas palabras en voz alta. Yo intentaba hacerle entender que no, pues estaba convencido de que en mi sueño lo había dicho en legible castellano y no en inglés, pues dentro del sueño era consciente de que soñaba en castellano, y le explicaba al agente Booth que yo no poseía la misma capacidad que el gran Antonio Tabucchi de poder soñar en un idioma distinto al materno y escribir después un novelón como Réquiem. Los secuaces de la SGAE se mantenían en sus trece y yo les dije: ¿entonces ustedes considerarán una traducción como una descarada afrenta a su integridad? No, no, no, fue su respuesta. Mientras el traductor pague por ello, sin problemas.
El sueño saltaba de un lado a otro. Era un sueño dentro de un sueño. Ahora estaba en una cornisa y me perseguía la policía, como en Vértigo. Iba saltando de una a una, ágilmente, totalmente desconocido, como si me hubieran dado cuerda y estupefacientes, llevaba un maillot amarillo como los campeones del Tour de Francia. En un momento dado, tropezaba y estábamos ante la típica escena de hombre a punto de despanzurrarse contra el suelo, con varias decenas de caída libre de por medio. Milagrosamente, me aparece una mano salvadora. Confía en mí, ¿me dicen?, como en todas las películas, que es esa la frase que siempre se dice, no hay producción de Hollywood que se precie donde el protagonista no se lo diga a su chica. Confía en mí. Tres palabras y parece un conjuro de matrimonio. La confianza es muy importante en Hollywood, al parecer. Pero en mi sueño la mano redentora era la de Victor Manuel y yo recelaba hasta el último momento, consciente de que había gato encerrado. In extremis saltó una bombillita en mi cabeza y tuve el valor de preguntarle que por cuánto me saldría la broma. Me dice Victor Manuel que serán 24 euros por pagar el canon de repetir la escena de alguien salvando a alguien de una cornisa. Y me digo que por 24 euros me la juego y me dejo caer al vacío, tal es el cariño que en mi sueño les tengo a los de la SGAE. Caigo al suelo, parece que me mato porque aparecen Morgan Freeman y Kevin Costner. El primero es Dios, obviamente. Yo hubiera preferido a Alanis Morrisette, pero es mucho mejor actor el de Memphis. Morgan Dios me dice que Kevin Costner – el peor actor de todos los tiempos – es mi ángel de la guarda custodio hasta llegar a las puertas del cielo. Lo primero que hace es preguntarme si he visto alguna vez Campo de Sueños. ¡No, por Morgan Freeman!, le espetó y no parece sorprendido. Pero tú habrás tenido alguna vez un sueño, me dice. ¡Claro! Es por eso que estoy aquí. Yo había soñado que el problema de la SGAE y las descargas por Internet en España se solucionaba con un acuerdo entre las compañías telefónicas y ellos. Puesto que las compañías telefónicas eran conscientes de que con el nuevo proyecto de ley iban a perder millones de la gente que renunciaría a tener adsl en casa, con la que está cayendo. Así, les daban un tanto por ciento en concepto de canon a la SGAE y todos contentos. En mi sueño era factible, y no hacía falta subir las tarifas a nadie puesto que desde Estrasburgo ya habían advertido a las compañías que eran las más caras de Europa en tarifar el adsl. ¡Y por eso me veo aquí!, le digo a mi Ángel Kevin Custodio Costner. Por cierto, le digo: eres el peor actor de todos los tiempos. No eres el primero que me lo dice, estoy aprendiendo a eternizar con ello. Y se pone a mesarse las plumas de las alas.
Amanece. Es un hermoso día en París. Todo ha sido un sueño. Salgo a comprar croissants por la Rue de la Harpe. Un hombre vestido como el calvo de la serie Fringe – ése al que llaman El Observador - me detiene y me dice que tengo que pagar un canon por pasear por un decorado de la Rayuela de Cortázar.
Canción del día: Migala: Instrucciones para dar cuerda a un reloj.
p.d. leído en Radio Candil el día 10 de diciembre.
WE ALL ARE AL-QAEDA

Todos somos Al-Qaeda.
Ustedes no lo creerán, pero es cierto. Esto así y es tan inamovible como si lo dijera Matías Prats. Al menos, para el gobierno Obama, ese orejotas tan simpático que iba a salvar el mundo, es así. Cualquier ciudadano del mundo que piensa en coger un avión como medio de transporte es un terrorista de alguna cédula a las órdenes del mismísimo Bin Laden. Supongo que algunos avispados estadounidenses se frotaron las manos cuando escucharon la noticia del atentado fallido del vuelo Ámsterdam-Detroit, tal y como lo hicieron el día de la caída de las Torres Gemelas.
Las primeras medidas adoptadas son las de siempre: incrementar la seguridad de los aeropuertos hasta el punto de lo insostenible. Por ejemplo, ya se ha divulgado, han sido rápidos, que en el aeropuerto de Ámsterdam había un sistema de control de super-mega-rayos-x traído del mismo Krypton por Jor-El, que deja al pasajero en pelotas, pero que no era obligatorio por vulnerar ciertos derechos de mierda que los civiles hemos ido acumulando a lo largo y ancho de nuestra historia. Este hermoso artilugio, que desde su ubicación en el aeropuerto ha disparado la presentación de currícula como vigilantes, se suma al que habían implantado en 2001 de detección de los pasajeros a través de su iris. De nada hubiera servido saber quién era exactamente este pasajero el otro día, pues sus intenciones asesinas no salen en la base de datos de ningún aeropuerto, de momento. Ya que, como digo, a partir del próximo 2010 imagino que sí, ya que quien compre un billete de avión llevará el sambenito de presunto asesino de masas en el código de barras. Todos seremos como Abdulmutallab, “sospechosos de terrorismo” y quién sabe si por el hecho de llevar unas tijeras en el equipaje de mano (por descuido o chulería nacional, que de todo hay) no nos vetarán desde el omnipresente control de los USA de volar para el resto de nuestros días. Recuerden que ya desde septiembre de 2001 está prohibido el cortaúñas, considerado un objeto capaz de poner en riesgo la integridad de un vuelo. Por lo visto, se sabe que el incremento de la venta de dvds de la serie McGiver ascendió hasta la estratosfera desde la creación de las múltiples cédulas, ya que es condición sine quae non para los aspirantes a mártires haber aprendido a hacer un explosivo con un auricular, una bolsa de peta-zetas y un cortaúñas tan fulminante como para volar el monte Rushmore.
Imagínense por dónde nos van a salir ahora los gobiernos. De momento, todos se han apresurado a mostrar su cooperación con los vuelos destinados a USA, reforzando sus medidas de seguridad. Vamos, que de aquí a nada, el famoso escáner que nos deja virtualmente en pelotas dejará de ser voluntario y nadie pondrá el grito en el cielo, pues los aborregados usuarios han decidido que todo es poco en tema de la seguridad y que millones de aviones explotando en el aire es una pesadilla de Navidad que ni la de Tim Burton.
Se olvidan estos sufridos usuarios que las cédulas de Al-Qaeda están conformadas, directa o indirectamente, por personas que han ido amasando fortunas gracias a todo lo que tiene que ver con el petróleo, eje principal de cualquier aeropuerto. De hecho, se recuerda que aún en 2005, el gobierno de Arabia Saudí (que tiene bajo su control más del 7% de toda la riqueza de los USA) dio un consorcio de empresas y más de 26.500 millones de dólares a un grupo de empresas, entre las que se contaba a la de la familia de Osama, el Grupo Saudí Binladin. Si ustedes se preguntan por este contrasentido le responderán lo mismo que un miembro de su familia, quien asegura que “Nosotros nada tenemos que ver con él”. Llámenme capcioso, pero no me imagino a la CIA haciendo negocios con la familia de Lee Harvey Oswald después de asesinar a Kennedy.
Así que si están pensando en viajar estos días, mejor háganlo en burra, que es mucho más navideño e igual de inseguro. Y refuércense los machos para la próxima vez que tengan que tomar un vuelo. No olvide que usted se sube un avión para montar la de dios es cristo, y no para visitar a su abuela agonizante.
p.d. Leído en "Días de Radio" hoy.
LA NUEVA CARA DE ESTA NAVIDAD ES DE CEMENTO

Bajo a la sala de descanso. Hay cinco o seis personas ancladas a lo que sucede en la televisión. Me pregunto si será por lo de la cumbre de Conpenhague. La expectación por ver si consiguen un acuerdo es importante, hasta ahora lo que hay, según lo que nos va llegando de los medios, es una pena, tanto dinero despilfarrado para organizar tal evento para nada, sólo para que los delegados de los países en vías de desarrollo tengan la posibilidad de hacer turismo y ver la nieve.
Me recordaron a mí mismo, cuando me planto delante de la pantalla el día del sorteo del Gordo de Navidad y me dedicó a aprehender los gestos de los niños y los gestos de sus manos para saber en qué varilla irá el número dador de fortuna y felicidad. Aunque por lo general no juego, o acaso llevo un décimo o una participación que he adquirido por compromiso o por los ojos de la portadora. Sin embargo, está claro que por el día y por la hora no tiene nada que ver con el legendario sorteo que por unas horas iguala a todos los españoles, a jefes y subordinados, a alcaldes y vecinos, a presidentes de clubes y a sus jugadores. Ese día no hay distinciones, como en la canción de Serrat.
Así que yo también me acerco, no voy a ser menos, no me quedaré de brazos caídos o leyendo un periódico. No hablan entre ellas, pues están esperando a que alguien que esté de espaldas se gire y muestre su cara. De momento, hace aspavientos con las manos y una peineta a los que le hablan.
¿Qué expectación tendrá ver al dueño de semejante educación? Por el contexto, parece algún prófugo que ha sido atrapado a punto de abandonar el país, o uno de los cabecillas de alguna banda sembradora de pánico. Ha tenido que pasar algo gordo, pero no me atrevo a preguntar, pues el respeto a las imágenes me desborda.
Sigo investigando. Por las horas de emisión y tratándose de Telecinco, nuestra cadena amiga, debemos concluir que es un aparte que han hecho dentro de su programación de medianoche y nos encontramos ante un especial de informativos, lo que me produce más ansiedad si cabe, porque para que esta cadena decida hacer algo así ha de ser tan gordo como el atentado que sufrió Aznar en 1995 o algún suceso particularmente escabroso o morboso sobre la familia real.
Pero no, qué va, que poco a poco se va deshaciendo el entuerto, que diría el famoso Manco de Lepanto, y vamos quitándole vendas al misterio hasta desarroparlo y dejar todas las vergüenzas de una España cada vez más plural, más vanguardista y más zafia, con esa zafiedad propia del ignorante, del que tiene todos los saberes a un clic de ratón de portátil y no lo hace por pereza. Se trataba de ver el nuevo rostro de Belén Esteban, esa musa tocinera, que se ha hecho cotidiana de los chascarrillos y célebre para el populacho gracias a su labor encomiable de estar siempre confundiendo la velocidad con el tocino, e intentando convencernos a los demás de que la velocidad, en realidad, es el tocino. Se ha hecho una cirugía estética esperada como maná por sus asiduos, por los que la idolatran y la han encumbrado a ser musa tanto de carnavales como de días del Orgullo Gay. Evidentemente, lo hizo en hiper-ultra-mega exclusiva en la cadena que la ha llevado a las cotas más altas de popularidad – quién sabe si no fue la cadena la que costeó a cambio la intervención quirúrgica.
Por si no fuera poco en esta paranoia, llega el domingo por la mañana y me compro los periódicos habituales. En la última página de uno de ellos, cada vez más con tendencia a inclinarse sus renglones un poco más a la derecha, aparece junto a la columna del infatigable Manuel Alcántara una entrevista a Ramón Vila-Rovira, el artífice de la restauración. De ella se desprenden tres perlas: a) asegurar que Operar a la Belén ha sido como hacer bricolaje; b) decir que de haber ido su paciente a la Universidad hubiera llegado a ministra; c) explicarnos que tuvo que recurrir a sus costillas para remodelarle el tabique nasal.
La reflexión o moraleja final de esta crónica es harto sencilla y el que no quiera ver que la suerte de este país está cayendo por el retrete desagüe abajo, que programe Telecinco y se siente pacientemente a esperar la explicación de cuándo son los cuartos y cuándo las campanadas hecha por el escote de moda de turno. Así mudará de año y brindará ebrio de felicidad, creyendo que algo ha cambiado.
Las noticias que cambian el mundo son otras. Éstas sólo trastornan y transforman el mundo de las noticias, que se adaptan a unos tiempos extraños, gobernados por la búsqueda de la desinformación. Pero a veces no culpo a nadie, porque ser conscientes de dos o tres bocados de realidad es como para pegarse un tiro. ¡Feliz Navidad!
p.d. Leído el 22 de diciembre en Radio Candil.
ENTEREZA PARA LO QUE ME ECHEN

Hay una frase que se ha prodigado por todos los medios de comunicación este fin de semana de mano de uno de los personajes públicos nacionales más tristes que ha dado nuestra joven democracia: don Mariano Rajoy. Ha sido la de decir: “Tengo entereza para aguantar lo que me echen”. Cuando la escuché por primera vez no pude aguantarme darle un telefonazo a los de la SGAE y ver qué se podía hacer, porque esa frase es de un servidor, y no creo justo que vaya en boca de un cualquiera. Los de la SGAE me dijeron que ellos no podían hacer nada si no había filón de por medio y por eso es que estoy aquí desahogándome.
Lo de la entereza me lo repito mucho. Cada vez que me pongo delante del televisor y le doy al mando para saltar de canal en canal. Es casi un deporte de riesgo, me atrevería a decir, sobre todo en esa franja horaria impracticable de mediodía los fines de semana. Casi peor que la franja de sobremesa de los domingos, donde los telefilmes de mujeres deshonradas o niños pijos australianos te hacen llorar al maestro Hitchcock. Lo mismo te encuentras a Carmen de Mairena recitando un soneto de exabruptos con rima AB BA que haría las delicias del mismísimo Moncho Borrajo que a un antiguo soldado británico intentando convencernos de que lo mejor para sobrevivir en mitad de la sabana africana es hidratarse recogiendo el zumo parduzco que sale de estrujar excrementos de elefante. Por lo visto, la una de la tarde de un sábado no representa horario infantil y las cadenas privadas combaten así la maravillosa y poco reconocida labor del maestro Argenta, intentando inculcarles Bach o Mahler a unos niños que dentro de poco fliparán con lo último de Los Caños en su primer y recién estrenado móvil de 200 euros.
Así uno no puede resistirse a tirar de la red y bajarse extraoficialmente y en versión subtitulada las novedades de las series que van saliendo en USA. Uno, ajeno a ese fervor popular y casi me atrevería a decir místico de tragarse series nacionales de difícil acceso al intelecto como puedan ser Los Hombres de Paco o Sin Tetas no hay paraíso, se revuelca de placer como un gorrino en el fango ante las vueltas que la vida le da a ese Sherlock Holmes moderno y adicto a la Vicodina que es el doctor Gregory House. No soy el único adicto a las tribulaciones semanales del gran adicto, por lo que se puede comprobar fácilmente en la red, donde hay una página incluso llamada La Vicodina. La droga de House.
Hay otras que me atraen, como Fringe, Dexter o The Closer, pero creo que jamás desbancarían a House de su trono, por purita deformación profesional, pues ya digo que busco las correspondencias entre el detective de Conan Doyle y el personaje del Hospital Princeton-Plainsboro.
Pero de todas las series que he seguido en los últimos años ninguna me ha vinculado tanto con la ficción como la saga de Los Soprano. Y no porque haya sido magnificada incluso por mi reverenciado Javier Marías, del que ya me gustan hasta sus costuras, sino por todos los referentes culturales que hay en toda la serie: desde las caricaturas que se hacen de la Mafia vista con los ojos de un director de cine, como el espíritu Tony Montana que cada uno de los personajes tiene al ser miembros de una familia.
El mensaje de la serie es devastador y deberíamos aprender todos de él. El espíritu Tony Montana es ése que todo bicho viviente posee, y por el que pensamos que nos merecemos todo por el simple hecho de haber nacido. Es decir, ¿por qué yo no me lo merezco todo y Michael Jordan sí, siendo los dos del mismo barrio? Los mafiosos del cine y la televisión tienen ese espíritu, pero es un espíritu universal, el de creernos tan importantes que nos lo merecemos todo. Si tú te lo mereces todo no harás esfuerzo por nada y accederás a él de la manera más simple, rápida y directa: la fuerza, la violencia, el poder que da el miedo del otro. Ese mismo espíritu es el que hace que todos los que nos ponemos delante de un televisor o una pantalla de cine nos sintamos cercanos a los mafiosos que allí se nos presentan, porque, en el fondo, todos hemos querido ser alguna vez ese mafioso, poder dar y quitar con la misma facilidad y la misma aquiescencia. No nos importaría ser Michael Corleone por un tiempo, a pesar de la soledad del personaje; o ser Henry Hill, el chico de barrio de Uno de los Nuestros, aunque termine siendo un villano delator. Sabemos de los riesgos de ese mundillo, pero todos hemos querido sentir la emoción de ese poder, de ser invulnerables mientras matamos a un don nadie a puñetazos.
Por eso, como sabemos que todo eso es ficción y nuestro deseo no puede traspasar al otro lado de la pantalla, nos conformamos con el subidón de adrenalina cuando sisamos en la compra, o lo quitamos las medias o los calcetines a nuestro compañero de taquilla, esperando el día en que las puertas de la política se nos abran y entremos en el maravilloso mundo de las corruptelas.
p.d. Leído el 17 de Noviembre en Radio Candil.
QUÉ ATREVIDACIÓN LA DE LA IGNOPERANCIA
Sigamos con los perros. Una reciente crónica trajo a mi desfallecida memoria la anécdota preciosa que siempre cuento para ejemplificar el deterioro intelectual que los universitarios vienen, mejor diré venimos, sufriendo desde los noventa. La persona protagonista hace mucho que consiguió una interinidad como docente, así es que es de imaginar que a día de hoy habrá obtenido su plaza y estará afianzado en la docencia, por lo que sólo nos resta desearle la mejor de las suertes a sus pupilos, los que han sido y los que vendrán, aunque es ley natural que sean los primeros los más afectados.
En cuestión de segundos, de un plumazo, le propinó tal suerte de bofetadas al castellano y a su rico maridaje con el latín que el propio Menéndez Pidal hubiera ejercido la gracia del tiro en la nuca de haber estado presente.
El caso es que estábamos en la biblioteca de nuestra Universidad y teníamos que hacer un trabajo sobre el Cantar del Mío Cid. Por aquel entonces había un fichero de cartulinas todavía como sistema de búsqueda y sobre él estábamos hojeando el famoso poema, viendo exactamente por dónde íbamos a hincarle el diente a sus versos, para parecernos lo más posible al eminente filólogo. Él nos acompañaba, por un razón que no recuerdo, pues andaba dos o tres cursos por debajo de nosotros. Como recién iniciado, era curioso. Con esa curiosidad malsana de los españoles, que te quitan la revista cuando tú la estás leyendo y piensan que tienen toda la salvación de los planetas porque te piden disculpas cuando te la arrebatan. Se puso a hojear él también, imitando el modelo de una de las chicas, causa más que probable de que estuviera en aquel escenario.
En un momento dado soltó la voz de alarma, y dejó caer la bomba como si hubiera descubierto una vacuna contra la tuberculosis que anulara a todas las demás. Nos dijo, con cara de sorpresa, que no tenía ni idea de que en aquella época ya hubiera anglicismos en España a principios del siglo XIII. Es evidente que, ante tamaña observación, paramos cuanto hacíamos para atenderle. Mi cara de incredulidad no pareció ahuyentar sus ganas de hacer un ridículo espantoso. Así, nos espetó: claro, es aquí, mirad lo que dice, que ya entonces el verbo “to can” se usaba en nuestra península.
Efectivamente, atónitos acudimos al milagro. Por arte de magia un anglicismo había aparecido en nuestra edición, algo que se le había pasado al mismísimo Menéndez Pidal, y lo que era más grave para mí, a mi maestro de gramática José Perona. Menos mal que antes de salir raudos a la prensa a divulgar nuestra noticia habíamos desayunado y teníamos las energías suficientes para no ser tan memos como él, y así pudimos entender que el tal anglicismo era la hermosa palabra “can”, tan fiel al castellano como lo que representa a su amo.
Esa persona, cuyo cerebro universitario de mañana tempranera otoñal no era capaz de percibir la palabra “can” como un referente de su lengua materna y sí como el de una extranjera en uno de los primeros textos que se conservan de nuestro idioma, es el ejemplo de toda una sociedad que ha dejado, o a la que se le ha permitido perder unos referentes culturales, como es la lengua latina, por el simple hecho de que no es esencial para el día a día. Pues por lo visto, ilustres psicopedagogos, auspiciados por la ignorancia de algunos padres y madres asociados, han decidido que saber que los perros son cánidos y que los dientes caninos se llaman así por tener una función de desgarrar los alimentos, así como los molares, por triturar, toman su nombre de la muela de un molino no sirve para el día a día. Y como en su realidad, la que nosotros le inculcamos con nuestras gilipolleces, les enseñamos que CAN es el verbo poder en inglés y no le enseñamos que es otra forma de llamar al perro por su nombre, extraída del latín, su cerebro es evidente que leerá un anglicismo donde hay un latinajo.
Así, cuando el buen poeta y mejor amigo José Manuel Gallardo les pide a sus alumnos que le construyan una oración con el vocablo CACIQUE, que es un préstamo también, sale lo que sale:, su día a día, su realidad, la que todos hemos auspiciado de una manera o de otra: la realidad del cubata de ron, y el fiel aliado de todo Señor Cacique que se precie: la Coca-Cola.
p.d. Leído en el programa "Días de Radio", el 9 de Noviembre.
DESPUÉS CONQUISTARÉ BERLÍN

Yo estuve en el cosmódromo de Baikonur en junio del 63 durante unas vacaciones con mi abuelo, aristócrata húngaro invitado por los rusos al evento. Recuerdo mi alucinación ante objeto de tal tamaño, casi 5000 kilos de metal apuntando hacia la Luna, el tremendo ruido que hacen los cohetes antes de desaparecer, engullidos por las nubes. Vi despegar al Vostok 6 y a una nerviosa Valentina Tereskhova, cuya mirada era una de las más perdidas que yo me haya encontrado. Mi abuelo me dijo que estaba contrariada porque no la iban a dejar pilotarlo. Era guapa, se parecía a las fotos que la abuela tenía de joven.
Yo fui la luz para Ezer Weizman en 1967, cuando me vio jugando con una linterna en una cena en casa de mis padres. La familia sefardí de mi madre mantenía buenos contactos con los israelitas. Recuerdo que aquel hombre tomó la linterna, me besó la frente y me dijo que estuviera atento a la radio, que cuando oyera noticias de Israel mantuviera las orejas pegadas al aparato. Si escuchaba Operación Foco, me dijo, nosotros sabríamos que estaban hablando de este momento. Fue un conflicto breve, sólo fueron seis días, pero yo no me separé de mi linterna durante aquel periodo.
Yo estuve en Riad el 23 de Agosto de 1973 con el Rey Faisal y Anwar El Sadat. La guerra del Yom Kippur era inminente y los países árabes decidieron utilizar el petróleo como arma política. Mi presencia allí fue como mero testigo. Hacía mucho calor y todos los guardaespaldas de nuestra majestad llevábamos los pañuelos empapados en sudor. El acuerdo afectaba a mi país, así que desde mi posición de privilegio tuve la oportunidad de hablar en dos ocasiones con el monarca para que la contienda afectara lo menos posible a Francia.
Yo estuve en abril de 1994 en Ruanda, en un hotel de las afueras, invitado como ministro por el general Habyarimana. Vi su sangre, sus ojos sin vida, antes llenos de rencor y de buenas palabras; odiaba a los de su propia tez y adulaba a los de piel blanca. Huelga decir que no firmamos acuerdo alguno aquella vez, y que los Cascos Azules se precipitaron por sacarme de allí. Por eso cada vez que reviso Hotel Ruanda no evito caer en un mar de lágrimas: yo podría haber sido uno de ellos y ése podría haber sido mi panegírico.
Pero de entre todos los gloriosos días de mi vida que hoy recuerdo me quedaría con éste:
La mañana del 9 de noviembre de 1989 yo estaba en mi oficina de mi partido, Reagrapamiento por la República, en la calle de la Boétie. Las informaciones que llegaban de Berlín cada vez eran más esperanzadoras. Como estaba solo en casa, pues Marie-Dominique se hallaba en Córcega, llamé a Juppé y cogimos el coche para recorrer los 1057 kilómetros que había hasta la puerta de Brandeburgo. Llegamos molidos, pero al ver el entusiasmo general, la masa enfervorecida y con una mirada nueva y llena de luz nos dejamos llevar por la alegría. Quiso el azar que diéramos con un francés, François, con el que habíamos compartido algún mitin o evento y nos dejó alguno de los picos que había traído para la ocasión. Enfilamos hacia el punto de chequeo y nos unimos a las familias enteras que derribaban el cemento a golpe de lágrimas y gritos de años contenidos…
Pero me estaba preguntando usted quién era y qué he hecho hasta ahora. Podría decirle que toda mi vida se ha resumido en perseguir un sueño. Tengo un deseo de adolescencia: atacar naves en llamas más allá de Orión, ver Rayos C brillando en la oscuridad de la Puerta de Tannhäuser. Pero no le he dicho mi nombre. Me llamo Nicolas Sarkozy, Presidente de la República de Francia, copríncipe de Andorra y declarado europeísta. Seguramente, aunque no sepa con quién estoy casado en la actualidad, habrá deseado usted a mi esposa en algún momento de su vida.
p.d.Canción del día: Napoleon, Ani Difranco.
p.d. 2. Leído en el programa Días de Radio el 12 de Noviembre.
UN MENÚ DE PERROS

No dejo de sorprenderme ante la proliferación de perros que en mi urbanización viene dándose en los últimos meses. Aumenta paralelamente con la aparición de niños correteando y de madres primerizas que se cuentan anécdotas de pañales y las diferentes tonalidades de los residuos de sus infantes. Todo con esa naturalidad propia de los microcosmos, al igual que un grupo de enfermeras habla de antidepresivos tricíclicos o uno de poetas de la simetría rítmica entre Kavafis y Baudelaire.
Así, bajo el falso ideal de sociedad de bienestar que nos hemos creído, repetimos el modelo de familia que esta sociedad nos ha impuesto: una pareja, un niño, una mascota. Podríamos pensar que la venida de un perro sustituye el recibimiento de un segundo hijo o que la llegada de un hijo suple la posibilidad de una segunda mascota en casa.
Por esto, tampoco es de extrañar que en esta sociedad tan acostumbrada a los cánidos y al esparcimiento con ellos, surja la idea de que los chinos son unos bichos raros porque se dice que comen carne de perro. Y como la curiosidad no es algo que nos sea del todo ajena, cuando juntas a un grupo de españoles y los sueltas de luna de miel por el gran país asiático es de contundente lógica que, antes o después, van a hacerle la pregunta de rigor a los guías: ¿Aquí se come perro?
El guía de turno, sin borrar la sonrisa, dirá que los chinos son respetuosos en su mayoría con los perros, conocedores de la repulsa generalizada que eso nos provoca a los narizotas – apelativo por el que llaman a los occidentales - pero aclararán, acto seguido, que en la región cantonesa, mucho más sureña, es tradición comerse todo lo que tenga cuatro patas, excepto las mesas y las sillas. Entonces, ¿en Pekín, coméis perro?
A esas alturas ya hemos visto infinidad de perros siendo felices mascotas de felices pequineses, y sabemos que hay una raza de perro a la que se le llama precisamente así, pero el gusto de los españoles por generalizar como si de silogismos se tratara es más poderoso que la lógica. Es como si un islandés visitase Almería y le preguntara a los alegres transeúntes si ellos alguna vez habían practicado el tiro en la nuca, puesto que un reducido grupo de ciudadanos nacidos en Euskadi alguna vez lo han llevado a cabo. Eso sería otro silogismo, aberrante, pero silogismo.
Al igual que, bien pensado, lo sería, un silogismo aberrante, el hecho de pensar que los más de 1300 millones de habitantes de China hubieran comido carne de perro alguna vez. Los guías, continuando con su amabilidad, nos comentaron que hay una creencia de que la carne de perro es buena para mantener la virilidad. Por lo tanto, tradicionalmente ha sido una práctica reservada exclusivamente a los hombres. Sólo con ello, ya estás quitando de en medio esa repulsiva, desde el ojo occidental, tradición a más de la mitad de la población. Y se sabe que en Cantón el perro para consumo humano es un perro criado en granja y cebado con piensos, para su engorde y posterior disfrute. Reconocen los que han hablado con los que la han probado que es una carne de sabor fuerte y muchos aseguran que con una sólo experiencia es suficiente.
Así, algunas de las excursiones que los chinos nos preparan será una visita a un mercado típico tradicional de una ciudad. Por ejemplo, el que visitamos en Suzhou, donde uno encuentra de todo, si tiene tiempo a pararse a mirar y a observar, dejándose llevar por la algarabía de los lugareños.
Había de todo, ya digo: pollos, anguilas, serpientes, ratas de agua, codornices…
También, es obvio, había perros. Parecían felices. A pesar de las correas, siempre atendían a sus amos.
p.d. Leído en el programa "Días de Radio" de Candil Radio el 3 de Noviembre.
BURBUJILLAS SINCRONIZADAS REVISITED

Quizás, a lo mejor es un decir, nada tenga que ver una cosa con la otra, pero resulta cuanto menos escamoso ver que está siendo en estos tiempos de crisis acuciante cuando más tramas de corrupción política se están sacando a la luz. Como si en verdad fuera necesario que los ayuntamientos y comunidades de este país tuvieran precariedad financiera y económica, o como si, desestabilizados los consumidores de Mercedes y promotores hipotecarios de este país hayan decidido tirar de la manta y aquí sálvese quien pueda.
Para los que aún sosteníamos la más que razonable duda de que estuviéramos sumergidos en una crisis, los que pensáramos que la subida del IVA propuesta por el gobierno para el próximo verano no era una espantada más de los chicos de Zapatero, nos ha llegado la prueba precisa de que esto es algo más que reducir la ingesta de cañas de cinco a tres por salida. Y es que la mítica marca de cava nacional (no diré español para no herir sensibilidades sensibleras), ésa que todos tienen en la mente y que año tras año nos regalaba por Navidad la sonrisa de algún famoso venido a menos, y que veía así engrosada su cartera sustanciosamente, a costa de unos españoles que apenas sabían chapurrear el inglés de Texas, esa marca, insisto, ha decidido repetir el mismo anuncio del año anterior.
Ellos, que han sido capaces de hacer duetos insobornables, como el de Miguel Bosé con Shirley MacLaine; o el más rocambolesco, si eso era posible después de lo dicho anteriormente, de Placido Domingo con Ana García Obregón, se han dejado llevar por la belleza plástica de las chicas de natación sincronizada, capitaneadas por la natural y especial belleza de la Mengual.
Pero no porque les afecte la crisis, qué va. Lo hacen por un compromiso ético con el duro momento que nos está tocando franquear. Cómo podríamos aceptar los televidentes el hecho de que se esté despilfarrando ese brebaje maravilloso, haciendo piscinas de dorada ambrosia para la rutilante estrella del momento, mientras en nuestra casa el día de Navidad tendremos que lidiar con unos langostinos con guarnición de hielo y su salsa mayonesa de los supermercados Aldi.
Eso está muy bien, qué loable, desde aquí bien que se podría proponer un aplauso ante tan valiosa gesta. Y, sin embargo, ¿por qué esta congoja que me abotarga? ¿Por qué esta necesidad de llorar que se me ha puesto en el pecho desde que supe la noticia? ¿Por qué me vi saliendo al balcón de mi casa anoche y les regué y colmé de atenciones malsonantes? Pues grito desde estas humildes ondas: ¡Traidores! ¡Farsantes! ¡Rompe Tradiciones!
Si no teníamos ya bastante con el vergonzoso mutis por el foro que hace unos años hizo el calvo de la lotería, ahora nos quitan el anuncio que era pistoletazo de salida para las compras masivas en las principales calles de nuestras ciudades.
¿Qué nos queda a los que creemos firmemente en tan señaladas fiestas? Si no podemos salir porque no podremos gastar, ¿cómo vamos a saber que es Navidad? Si no hay calvo, si no hay burbujas, si el soldado no volviera a casa por Navidad a comer el turrón de la madre, ¿cómo sabríamos a qué hora hay que comenzar a rellenar el pavo? ¿Tendríamos que ver el mensaje monárquico para saber por dónde va la cosa?
No tengan escrúpulos con los españolitos, sean patronal una vez más y acuchillen sin piedad, como en una película de Tarantino, los instintos más consumistas y las ilusiones más básicas de todo hijo de vecino. Ciérrennos las puertas en las narices y retomen de nuevo a las burbujitas sincronizadas, para que nos sepan aún peor los sucedáneos de caviar o la pantomima de ensalada de ahumados a la que vamos a resignarnos este año.
Mejor aún, señores del Cava: deberían reponer, puestos a destrozarnos la Navidad y a reventarnos las ilusiones, aquel anuncio que protagonizó el antivicio (ejem ejem) Don Jonson con ¡Norma Duval! Eso sí que es no tenerle miedo a nada. Manolete hubiera llorado emocionado ante tanto coraje exhibido.
Sólo me queda, mísero de mí, brindar con mi póster de la Mengual.
p.d. Leído en el programa Días de Radio, de Radio Candil, el 22 de Octubre de 2009.
LA VIDA SIGUE IGUAL

Cuando uno se marcha de su país durante dos semanas con el simple deleite de desconectar de las cosas, piensa, en la mejor versión cinematográfica de sí mismo, que deja a su país en manos de la providencia y que, a su regreso, todo el curso natural que se hubiera dado de haber permanecido en él, se desmoronará y cambiará su fisonomía de manera similar a como lo hacía en La balsa de piedra de Saramago. Es algo exagerado, pero es que la cinematografía que cada cual se monta en su sesera es exagerada.
Me he pasado quince días sin saber nada de lo que ha ido aconteciendo por aquí en estos primeros días de octubre. Acaso me alcanzó a tantos kilómetros a conocer el dramatismo de los diferentes cataclismos que asolaron Asia, la exhibición impúdica y privada de los festejos por el 60 aniversario del nacimiento de la República Popular de China, cuyas consecuencias viví en una segunda fila privilegiada, y el desafío de la Academia Sueca al bochorno al concederle el Premio Nobel de la Paz a alguien que no lleva ni un año en el poder, ni ha retirado sus tropas de ningún país.
Me he desvinculado de los multiusos de Internet. En primer lugar por satisfacción personal y en segundo por la inaccesibilidad que el gobierno chino ha explayado en esos días tan importantes para ellos.
Y así, después de 22 horas de viaje, he regresado a mi casa, con los oídos taponados por culpa de una lluvia traicionera en Shanghai y la presión de los aviones a la hora de tomar tierra.
He dormido lo que mi cuerpo ha querido, que no ha sido mucho. Y me he puesto a buscar entre las noticias esos cambios deseados, imaginados, en espera de que alguien hubiera recuperado, al menos una persona, la sensatez y hubiéramos evolucionado algo, una noticia que mereciera la pena el regreso, la vuelta a la cotidianeidad y el trabajo.
Pero no, definitivamente no.
En España todo sigue igual. Las noticias parece que me han esperado, que han sido permisivas con mis vacaciones y han decidido dejar los sobresaltos para otra ocasión, quizá más invernal, porque este otoño está siendo de risa, climatológicamente hablando.
Quienes copan los titulares siguen siendo los mismos que cuando me fui, como si ellos mismos por sí mismos fueran el maná nutricional de este nuevo y hastiado antiperiodismo que nos quieren vender desde los medios de comunicación: el grupito del caso Gürtel y sus cansinos cruces de acusaciones; las peticiones de dimisiones y las exigencias de responsabilidades de unos y otros; la lesión de Cristiano Ronaldo, que acapara la indignación de unos memos entrañables, los periodistas deportivos, capaces de llamar a un lance del juego: la lesión más cara de la historia, eso se se dice ya; los abucheos a Zapatero; las lágrimas patriotas de los desconsolados por haber perdido otra oportunidad de ser especuladora y maravillosamente olímpicos; las cuentagotas de los detenidos por corrupciones inmobiliarias, aún ahora que se habla de la crisis del ladrillo; los irracionales que siguen sesgando las vidas de sus parejas; la poca vergüenza de Antena 3 que se ríe de las muertes de los afectados por la gripe A, inventándosela para sus alumnos de su nuevo programa Curso del 63; la academia de Cine, que al mando de un desconocido Álex de la Iglesia, mediocre director de cierto talento y hacedor de pastiches legendarios como Perdita Durango, Muertos de Risa y Crimen Ferpecto, decide de nuevo llevarse a los Óscares a Trueba, pasando por encima de Almodóvar.
Sólo desfallezco un poco ante la siempre triste noticia de la pérdida irreparable: en este caso, la de Mercedes Sosa y Miret Madalena y las críticas a la nueva película de Amenábar.
Pero reconforta saber que podría coger ahora mismo el petate y salir pitando de nuevo, perderme otras dos o tres semanas, que aquí seguirían los mismos disfrutando del reflejo de su imagen en el espejo de sus banalidades.
Es trágicamente hermoso saber todo esto.
p.d. Leído en el programa Días de Radio, el pasado 14 de octubre.
PARA QUE YO ME LLAMARA VICENTE FERRER

Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que arrancarme de las cuencas estos ojos que han aprendido a mirar las cosas desde el lado gris de la circunstancia; tendría que realizar infinidad de cursos de aromaterapia para mudar esta costumbre de oler siempre a amenaza de lluvia; tendría que morderme la lengua hasta que mis dientes sintieran la viscosidad de la sangre, cual torrente golpeando el rompeolas de mis encías cariadas.
Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que robar en un banco de ojos, unos limpios y claros, sinceros, muy sinceros, que supieran decir hasta en la concavidad del rigor mortis: tranquilo, yo no voy a traicionarte. Unos ojos, como de ciego, que supieran tender la mano sólo conociendo la voz de quien la pide.
Para que yo me llamara Vicente Ferrer mis manos tendrían que haber reconocido la tierra sólo con posar la palma de mi mano; haberme confundido muchas mañanas de primavera con la tierra, haber escarbado buscando raíces donde sólo crecen campos de minas, tendría que olvidarme de estas uñas pulidas con lima, que habrían aprendido a sentir el agua a metros de distancia.
Para que yo me llamara Vicente Ferrer hubiera precisado hace tiempo un cortecito en el córtex de unos pocos centímetros, creo que con cinco hubiera sido suficiente, o haberme dejado practicar por el doctor Gregory House una biopsia incisional, de ésas que apenas duelen y en todo momento uno es consciente de que le están apuntando con cámaras de televisión y haciendo preguntas para trepanar hasta el quid de la cuestión y su reverso. Para así dejarme extraer todos los pensamientos que destilan lentamente los sucesos, haciendo un licor de angostura en el alma imborrable, capaz de profanar tumbas, que destiñe las bienaventuranzas de la vida, poniéndole formol a las emociones.
Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que ver el tiempo no como una amenaza constante, sino como un reto a nuestra voluntad, una carrera de fondo por los acantilados del Mar del Norte; sería una sucesión de instantes en los que ayudar a los demás se convertiría en auxilio de mí mismo.
Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que haber aprendido a desbrozar del hombre su lado absurdo y ridículo: ése que le lleva a realizar las inmundicias más imprudentes en nombre de las libertades, que llama a la volatilización de inocentes daños colaterales, que le arrastra a cambiar cocaína por polvos de talco para revenderla, que llama al lucro obligación.
Para que yo me llamara Vicente Ferrer tendría que ver el hambre y la pobreza como un lúgubre túnel de cientos de metros donde se vislumbra un diminuto halo de luz al que hay que llegar aunque las piernas y el esfuerzo nos venzan; y no como lo veo: un mal menor para muchos, una necesidad vital para unos tantos engreídos, que siendo conscientes de que con el diez por ciento de su riqueza harían un boquete en el túnel por donde pudiera pasar sin dificultades un arco iris, prefieren ponerle ladrillos y comprarle bolsos de gucci a sus mascotas, mucho más valiosas para la supervivencia de este planeta.
El currículo de Vicente Ferrer fue demasiado fatigante para mí.
Yo nunca podría ser Vicente Ferrer.
Ninguno de nosotros podría ser Vicente Ferrer.
Y el que lo piense, que siga aparcado en su arrogante insensatez.
p.d. Leído en Días de Radio, el 21 de septiembre.
HAPPIEST CITIZENS
En la madrileña estación de autobuses de Méndez Álvaro a las seis de la mañana poco o casi nada puede hablarse de la felicidad, disertar sobre ella con los que esperan una salida. Son rostros cansados, perdidos, olvidados. Rostros que podrían llamarnos la atención por un momento, pero que no volveríamos a recordar en cuanto saliéramos de allí, hacia nuestro destino. Son rostros huraños, perdidos en el laberinto de sus diferentes responsabilidades, que a duras penas levantan la mirada del suelo para ver si su autobús está ya esperándolos en el andén indicado. Rostros que fuman para pintar su propia cortina o que se buscan a sí mismos en el misterio de los posos del café, intentando vislumbrar algo de lo que le deparará el día. Si tropezáramos con una cara amable o sonriente entre ese océano de minutos de impaciencia, nos preguntaríamos, tal y como lo haría Mafalda, por qué no nos prescriben su receta.
A las seis de la mañana, en Madrid, no son felices ni aquéllos que regresan a casa de la fiesta, haciendo balance de las horas danzantes y de los alcoholes ingeridos, recordando esa sonrisa que pasó por nuestro lado y no supimos abrazar. Y, sin embargo, Madrid es una de las ciudades elegidas a través de una encuesta realizada por la revista Forbes entre las diez más felices del mundo. La sexta, para ser exactos. Una ciudad donde la fiesta no acaba nunca y donde, si hacemos caso a las palabras de la revista, hay una vibrante cultura y una alta calidad de vida.
Es curioso que una revista que se ha hecho famosa por sus célebres listas anuales de los más ricos del planeta termine dando el galardón de la metrópoli más feliz a Rio de Janeiro, una de las urbes más pobres del mundo, donde la vida vale lo mismo que una encuesta y es más fácil encontrar un cadáver que una farmacia. Quizá el COI se haya valido de esta lista para posicionarla recientemente por encima de Madrid en cuanto a posibilidades de celebrar unos juegos olímpicos.
Es probable que a las seis de la mañana en la parada de autobuses del barrio de Rocinha, antigua favela, tampoco encuentre uno rostros felices, entusiasmados con la idea de un nuevo amanecer. Ni en Sydney, la segunda ciudad de la lista. Ni en Barcelona, que cierra el podio. No he visto yo a esas horas en la Ciudad Condal rostros felices, si acaso los típicos de los turistas haciéndose fotografías en Plaza Cataluña, pero recelo de creer que incluso a los turistas a esas horas les provoque el mismo placer Gaudí. Dice Michelle Finkelstein, vicepresidenta de una de las agencias de viajes implicadas en la encuesta, que los mejores ingredientes de Barcelona son sus excelentes guarderías públicas; su el clima, catalogado como uno de los mejores del continente y contar con el mejor equipo de fútbol del momento. Pudiera ser que el leve recuerdo de esta extraña suma nos arrancara una sonrisa mientras encendemos el coche, pero dudo mucho de las dos primeras razones.
Es probable que la conclusión de la encuesta sea recordar las alegres palabras de Palito Ortega y sospechar que los de la revista Forbes andan enamorados y cantan de gozo a la vida porque
La gente en la calle parece más buena,
Y todo es diferente gracias al amor.
Ninguna ciudad es hermosa o feliz a las seis de la mañana. Eso ya me lo enseñó hace mucho la poeta madrileña Cristina Morano. Ni Ámsterdam, ni Roma, ni tan siquiera París, a la que siempre vuelvo y en la que soy desdichadamente feliz paseando entre sus interminables jardines. Debe ser que la felicidad va por barrios, y no por ciudades.
p.d. Leído en el programa Días de Radio de Radio Candil.




