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RUA DOS ANJOS PRETOS

HAPPIEST CITIZENS

En la madrileña estación de autobuses de Méndez Álvaro a las seis de la mañana poco o casi nada puede hablarse de la felicidad, disertar sobre ella con los que esperan una salida. Son rostros cansados, perdidos, olvidados. Rostros que podrían llamarnos la atención por un momento, pero que no volveríamos a recordar en cuanto saliéramos de allí, hacia nuestro destino. Son rostros huraños, perdidos en el laberinto de sus diferentes responsabilidades, que a duras penas levantan la mirada del suelo para ver si su autobús está ya esperándolos en el andén indicado. Rostros que fuman para pintar su propia cortina o que se buscan a sí mismos en el misterio de los posos del café, intentando vislumbrar algo de lo que le deparará el día. Si tropezáramos con una cara amable o sonriente entre ese océano de minutos de impaciencia, nos preguntaríamos, tal y como lo haría Mafalda, por qué no nos prescriben su receta.

A las seis de la mañana, en Madrid, no son felices ni aquéllos que regresan a casa de la fiesta, haciendo balance de las horas danzantes y de los alcoholes ingeridos, recordando esa sonrisa que pasó por nuestro lado y no supimos abrazar. Y, sin embargo, Madrid es una de las ciudades elegidas a través de una encuesta realizada por la revista Forbes entre las diez más felices del mundo. La sexta, para ser exactos. Una ciudad donde la fiesta no acaba nunca y donde, si hacemos caso a las palabras de la revista, hay una vibrante cultura y una alta calidad de vida.

Es curioso que una revista que se ha hecho famosa por sus célebres listas anuales de los más ricos del planeta termine dando el galardón de la metrópoli más feliz a Rio de Janeiro, una de las urbes más pobres del mundo, donde la vida vale lo mismo que una encuesta y es más fácil encontrar un cadáver que una farmacia. Quizá el COI se haya valido de esta lista para posicionarla recientemente por encima de Madrid en cuanto a posibilidades de celebrar unos juegos olímpicos.

Es probable que a las seis de la mañana en la parada de autobuses del barrio de Rocinha, antigua favela, tampoco encuentre uno rostros felices, entusiasmados con la idea de un nuevo amanecer. Ni en Sydney, la segunda ciudad de la lista. Ni en Barcelona, que cierra el podio. No he visto yo a esas horas en la Ciudad Condal rostros felices, si acaso los típicos de los turistas haciéndose fotografías en Plaza Cataluña, pero recelo de creer que incluso a los turistas a esas horas les provoque el mismo placer Gaudí. Dice Michelle Finkelstein, vicepresidenta de una de las agencias de viajes implicadas en la encuesta, que los mejores ingredientes de Barcelona son sus excelentes guarderías públicas; su el clima, catalogado como uno de los mejores del continente y contar con el mejor equipo de fútbol del momento. Pudiera ser que el leve recuerdo de esta extraña suma nos arrancara una sonrisa mientras encendemos el coche, pero dudo mucho de las dos primeras razones.

Es probable que la conclusión de la encuesta sea recordar las alegres palabras de Palito Ortega y sospechar que los de la revista Forbes andan enamorados y cantan de gozo a la vida porque

 

La gente en la calle parece más buena,

 Y todo es diferente gracias al amor.

 

Ninguna ciudad es hermosa o feliz a las seis de la mañana. Eso ya me lo enseñó hace mucho la poeta madrileña Cristina Morano. Ni Ámsterdam, ni Roma, ni tan siquiera París, a la que siempre vuelvo y en la que soy desdichadamente feliz paseando entre sus interminables jardines. Debe ser que la felicidad va por barrios, y no por ciudades.

 

p.d. Leído en el programa Días de Radio de Radio Candil.

 

 

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