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RUA DOS ANJOS PRETOS

LA NUEVA CARA DE ESTA NAVIDAD ES DE CEMENTO

LA NUEVA CARA DE ESTA NAVIDAD ES DE CEMENTO

Bajo a la sala de descanso. Hay cinco o seis personas ancladas a lo que sucede en la televisión. Me pregunto si será por lo de la cumbre de Conpenhague. La expectación por ver si consiguen un acuerdo es importante, hasta ahora lo que hay, según lo que nos va llegando de los medios, es una pena, tanto dinero despilfarrado para organizar tal evento para nada, sólo para que los delegados de los países en vías de desarrollo tengan la posibilidad de hacer turismo y ver la nieve.

Me recordaron a mí mismo, cuando me planto delante de la pantalla el día del sorteo del Gordo de Navidad y me dedicó a aprehender los gestos de los niños y los gestos de sus manos para saber en qué varilla irá el número dador de fortuna y felicidad. Aunque por lo general no juego, o acaso llevo un décimo o una participación que he adquirido por compromiso o por los ojos de la portadora. Sin embargo, está claro que por el día y por la hora no tiene nada que ver con el legendario sorteo que por unas horas iguala a todos los españoles, a jefes y subordinados, a alcaldes y vecinos, a presidentes de clubes y a sus jugadores. Ese día no hay distinciones, como en la canción de Serrat.

Así que yo también me acerco, no voy a ser menos, no me quedaré de brazos caídos o leyendo un periódico. No hablan entre ellas, pues están esperando a que alguien que esté de espaldas se gire y muestre su cara. De momento, hace aspavientos con las manos y una peineta a los que le hablan.

¿Qué expectación tendrá ver al dueño de semejante educación? Por el contexto, parece algún prófugo que ha sido atrapado a punto de abandonar el país, o uno de los cabecillas de alguna banda sembradora de pánico. Ha tenido que pasar algo gordo, pero no me atrevo a preguntar, pues el respeto a las imágenes me desborda.

Sigo investigando. Por las horas de emisión y tratándose de Telecinco, nuestra cadena amiga, debemos concluir que es un aparte que han hecho dentro de su programación de medianoche y nos encontramos ante un especial de informativos, lo que me produce más ansiedad si cabe, porque para que esta cadena decida hacer algo así ha de ser tan gordo como el atentado que sufrió Aznar en 1995 o algún suceso particularmente escabroso o morboso sobre la familia real.

Pero no, qué va, que poco a poco se va deshaciendo el entuerto, que diría el famoso Manco de Lepanto, y vamos quitándole vendas al misterio hasta desarroparlo y dejar todas las vergüenzas de una España cada vez más plural, más vanguardista y más zafia, con esa zafiedad propia del ignorante, del que tiene todos los saberes a un clic de ratón de portátil y no lo hace por pereza. Se trataba de ver el nuevo rostro de Belén Esteban, esa musa tocinera, que se ha hecho cotidiana de los chascarrillos y célebre para el populacho gracias a su labor encomiable de estar siempre confundiendo la velocidad con el tocino, e intentando convencernos a los demás de que la velocidad, en realidad, es el tocino. Se ha hecho una cirugía estética esperada como maná por sus asiduos, por los que la idolatran y la han encumbrado a ser musa tanto de carnavales como de días del Orgullo Gay. Evidentemente, lo hizo en hiper-ultra-mega exclusiva en la cadena que la ha llevado a las cotas más altas de popularidad – quién sabe si no fue la cadena la que costeó a cambio la intervención quirúrgica.

Por si no fuera poco en esta paranoia, llega el domingo por la mañana y me compro los periódicos habituales. En la última página de uno de ellos, cada vez más con tendencia a inclinarse sus renglones un poco más a la derecha, aparece junto a la columna del infatigable Manuel Alcántara una entrevista a Ramón Vila-Rovira, el artífice de la restauración. De ella se desprenden tres perlas: a) asegurar que Operar a la Belén ha sido como hacer bricolaje; b) decir que de haber ido su paciente a la Universidad hubiera llegado a ministra; c) explicarnos que tuvo que recurrir a sus costillas para remodelarle el tabique nasal.

La reflexión o moraleja final de esta crónica es harto sencilla y el que no quiera ver que la suerte de este país está cayendo por el retrete desagüe abajo, que programe Telecinco y se siente pacientemente a esperar la explicación de cuándo son los cuartos y cuándo las campanadas hecha por el escote de moda de turno. Así mudará de año y brindará ebrio de felicidad, creyendo que algo ha cambiado.

Las noticias que cambian el mundo son otras. Éstas sólo trastornan y transforman el mundo de las noticias, que se adaptan a unos tiempos extraños, gobernados por la búsqueda de la desinformación. Pero a veces no culpo a nadie, porque ser conscientes de dos o tres bocados de realidad es como para pegarse un tiro. ¡Feliz Navidad!

 

p.d. Leído el 22 de diciembre en Radio Candil.

 

 

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