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RUA DOS ANJOS PRETOS

EL EXTRAÑO CENSO DE LA VIDA

EL EXTRAÑO CENSO DE LA VIDA

Aprovechando mi reciente visita a la casa de mis padres, me encontré con una de mis ex.  Los astros habían trasnochado ante su caprichoso deseo de que tuviéramos un reencuentro. Soltado así, puede sonar pretencioso, decir eso de una de. No hay muchas, así que las recuerdo a todas. No con todas, apenas media docena, para ser sinceros, tengo la oportunidad de tomar un café en una plaza un día de luz mediterránea, así que me animé a darle el visto bueno a su propuesta de ponernos al día en ese extraño censo de la vida sin el otro al que una vez estuvimos habituados.

Ella estaba también de vacaciones, regresaba de Huancayo, provincia del Perú, donde había terminado con un hombre que debía comprenderla mejor que yo. Trabajaba de animadora social en una escuela para discapacitados desde hace tres años y era inmensamente feliz. No recuerdo, mi memoria siempre ha sido selectiva, que fuera infeliz conmigo. Nuestro distanciamiento vino dado por incompatibilidades de horarios y por su afán de cubrir todos los eventos que favorecieran la reintegración social de todo bicho viviente. Éramos por aquel entonces, cuando nos aglutinábamos en un corto y sincero “nosotros”, un ejemplo a seguir por nuestros conocidos y amigos. Teníamos el récord provincial de cooperación con oenegés y se nos bendecía con la mirada todos nuestros esfuerzos por solidarizarnos con cualquier causa que fomentara la no discriminación.

Su agenda, por tanto, nos jugó una mala pasada, pues una relación se basa principalmente en interioridades particulares y nuestra vida era demasiado pública y explícita. Pronto comprendimos que no había un “nosotros” sino un “todos ellos” y decidimos avanzar por senderos diferentes. Yo terminé en Extremadura, ella cerca de los Andes, queriendo a un tipo que nunca le daría un bienestar social – tampoco es que yo pudiera garantizarle eso, la verdad, pero sí el bienestar espiritual que ella precisaba.

No vino sola. Trajo a su niña y yo no podía dejar de observarla como pensando si aquella criatura podría haber sido igual de haber dado conmigo como figura paterna. Los ojos y el pelo eran de su madre, no había duda. De cinco años, era bien educada y escuchaba, algo inusual en los niños de hoy en día. No es que estuviera atenta a lo que decían los mayores, pero si la llamabas, te prestaba atención.

Mi cuestionario fue el típico que se le puede hacer a un niño de cinco años, sobre todo alguien que aparcó sus necesidades doctrinales hace tiempo y no sabe cómo anda hoy el plan Bolonia. Ya les digo: sabes contar hasta dónde, a qué curso vas, cómo se llaman tus amigos y poco más. La pequeña repetía el nombre de Osvaldo incesantemente y tal era su influencia que llegué a pensar que era su profesor en Huancayo. Pero las palabras de mi ex me alejaban de las de su pequeña.

Estaba mejor que nunca, el aire de los Andes la había beneficiado. Hermosa había sido y seguía siéndolo. Y esto no es ponerme una medalla, sino una simple constatación. Seguía con su costumbre de ayudar a los desprotegidos, su labor de integradora social se había reforzado y ahora estaba más pendiente de la educación de niños de atención dispersa que de otra cosa.

Volví, en un momento dado, a captar la atención de la niña y ella volvió a hablar de Osvaldo. Le pregunté si era su profesor y ella me dijo que era su novio.

Entonces su madre se trasmutó en un ser que yo había olvidado y dado un pequeño manotazo en la mesa le dijo que no era su novio. No mientas al amigo de mamá, le dijo. Es sólo un amigo. Sois muy jóvenes para ser novios. Ahí está, pensé yo. Es bueno que vayan haciendo ya ciertas distinciones. La niña no se lo tomó a mal y continuó jugando con dos piedrecillas. Conforme se iba alejando pude observar que mudaba el paso y antes de que yo reflexionara sobre el por qué del cambio, saltó su madre con el mismo enrabietado gesto de antes y le  espetó: ¡te tengo dicho que no imites a Osvaldo!

Ah, la paternidad. Cuántos mitos y leyendas hay sobre ella. Cómo te cambia la vida, nos dicen, cómo te radicaliza los pensamientos y desorienta tus antiguas creencias. Huelga decir que durante lo que quedó de encuentro supe que la niña tenía un coeficiente intelectual por encima de la media y que Osvaldo, sin embargo, poseía un déficit de atención dispersa. Y no pude más que regresar a la que fue mi casa un día sonriendo, pensando que, en el fondo, por muy psicopedagogos que seamos, por muy regeneradores de la conciencia social que nos pretendamos y por muchas chapitas de oenegés que nos pongamos en la solapa de la gabardina, una madre siempre será una madre y por un hijo cambiamos hasta el acento.

O quizás siempre hemos sido más simples que un botijo y necesitamos de estos golpes para entenderlo.

 

Canción del día, Soy una taza, de los Cantajuegos

p.d. Leído en Días de Radio.

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