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RUA DOS ANJOS PRETOS

VIVIR POYEYA: UN ESTADO DE ÁNIMO

VIVIR POYEYA: UN ESTADO DE ÁNIMO

El Poyeya es un estado de ánimo, que para sí lo quisieran los que han llegado al Nirvana. Es el estado por antonomasia de este crudo verano y de estos días que nos atropellan y nos arrasan con su duro trasiego.

Gracias a Soraya, supuesta cantante, lo hemos conocido algo mejor. Y hay que reconocerle a la extremeña que el palabro es pegadizo de cojones.

Yo llevo un verano bastante poyeya. No doy un palo al agua ni aspiro a ello. Sólo rumio pensamientos incoherentes y asimilo imágenes desde la pantalla de la televisión. En el trabajo estamos bajo mínimos, y casi me pegan por no dormirme, básicamente.

Estar poyeya es como estar sin ganas de vivir, pero debido a los acontecimientos (atmosféricos, principalmente). Es algo parecido al trauma post-vacacional, sólo que sin vacaciones, pues es científico que se arraiga mucho más en aquellos que no tenemos vacaciones en verano y tenemos que esperar a septiembre, por poner un mes.

Fidel está bastante poyeya también. Y le falta el canto de duro para estar poyeya del todo. En Miami se lo pasan en grande con la espera, porque los pobreticos se ve que no se dan cuenta de que los USA van a meter baza hasta que se les salgan las cuencas de los ojos del gusto. Y aviso para caminantes al respecto de la sucesión cubana. Como dijo Cañizares en el tercer gol de la octava: Cuidado con Raúl.

Pero no cabe duda de que en el ranking de gente que está poyeya del todo el número uno es para ese vecino de Salobreña, a quien el sonido de las olas y la cercanía del mar de poco le han servido.

Su pensamiento, débil, endémico, le llevó a una fase Terminal extrema. Lo negro se impuso en él y lo que era un ritual del amor y la convivencia se convirtió en un odio exacerbado por exagerado. El matrimonio mata más que el calor. Hay quien afirma que es un cáncer. Definitivo y furioso. Y algo de eso debe de haber porque hay que estar muy poyeya para asestarle ciento setenta y cuatro puñaladas a tu mujer antes de suicidarte. Eso pasma, pone los pelos de punta. ¿Qué ha de hacer una infeliz para terminar así? ¿Cómo ha de minarse la vida del otro para merecer tamaño castigo?

Como en toda teleserie que se precie, hay una vuelta de tuerca, que cada uno de nosotros ya se imagina una vez visto la cifra de cortes. Primero la degolló con un cuchillo jamonero. Luego, el resto. Algo más que silencio. El sonido de la sangre a borbotones. El del cuchillo abriéndose camino entre la carne recién muerta. García Márquez no lo tendrá más fácil para hacer otra crónica magistral de las suyas.

La escena final. Al parecer, imagino que exhausto por el esfuerzo del arrepentimiento y una última ráfaga de lucidez (la lucidez, ay, el mayor enemigo de la vida en estado poyeya) se infligió casi noventa cortes por toda su piel, antes de suicidarse.

Por si vale de algo, decir que los mejores remedios contra el estado poyeya son: mucho aire acondicionado, la filmografía completa de los hermanos Cohen o del manido Kubrick y dosis ingentes de granizado de limón con un chorrito de Cacique 500.

Esto último no mata la poyeya, pero reduce la estulticia y relaja bastante.

p.d. la foto es de la finlandesa ELINA BROTHERUS (1972) y su nombre "Estudio con Modelo núm. 12". 

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