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RUA DOS ANJOS PRETOS

LAS PROHIBICIONES NO LO SON TANTO A LAS SEIS DE LA MAÑANA

LAS PROHIBICIONES NO LO SON TANTO A LAS SEIS DE LA MAÑANA

A veces, te gustaría poder pedir en los locales un piano para que sonara. Pero es demasiado aparatoso, como las buenas ideas o la conciencia.

En la Estación Sur de Méndez Álvaro, en Madrid, los ojos vidriosos no se contentarían con un piano, no esperan nada, sólo algún destino, alguna razón para creerse otro. Se mezclan los rostros mientras arrastras tu maleta con el hilo de los pensamientos que sale de los cigarrillos, y las gorras desmesuradas de los guardias de seguridad. Trabajo duro el suyo, explicar la razón a gente medio dormida y que no comprende ni el sesenta por ciento de lo que dices. Decirles en breves palabras por qué tienen que abstenerse de fumar, por qué a usted señora no se le permite ocupar siete asientos con su equipaje cuando hay embarazadas esperando de pie. Cada bucle de tiempo por megafonía una voz metalizada repite que se recuerda a todos los usuarios de la estación que está prohibido fumar en todo el recinto.

La cafetería se despereza. Todas las empleadas son sudamericanas, esto es Madrid, hay que recordar, y la gente que se levanta a las cinco para servir churros con cafés tiene que tener la esperanza consumida de antemano. Las ilusiones no saben limpiar una barra como corresponde. Existe en ella, sin embargo, una zona para irreductibles galos, que resisten ahora y siempre al invasor, al nocivo ministerio que permuta los votos por salud y que deja el mundo a manos del libre albedrío. Es la zona acristalada, la jaula ahumada, donde con una poción mágica de alquitrán y nicotina se toman su dosis diaria de optimismo con churros los que no tienen esperanzas y saben que detrás de un billete y un asiento de autobús sólo está el otro lado, un decorado diferente y poco más. Donde sólo cambia el atrezzo.

Sí, es lo hermoso de las paradojas. Que se prohíba fumar en todo el recinto y que la cafetería tenga una zona disponible para fumadores. A las seis y media de la mañana el autobús que me llevará hasta un hospital está ya situado en su correspondiente punto de salida. Recorro el trayecto con el cansancio que da no entender ni la mitad de lo que te gustaría comprender el mundo. En las dársenas, los conductores apuran su última calada, como si con ella todos los miedos del viaje expiaran a otra dimensión de la que nadie tiene noticia. Me gustaría saber a ciencia exacta qué significa “en todo el recinto” a la hora de las prohibiciones. Pero es tan tarde para razonar que sólo la posibilidad de saberlo hace que comience a dolerme la cabeza.

Necesito un piano.

Cuánto me gustaría poder escuchar el sonido de un piano. Me contentaría con que apareciese Marian Lapsansky - no pido mucho más, con eso me sobra - y ejecutara para los que allí nos abatimos perdidos en el humo la Slawische Tänze op. 46 de Antonin Dvorak. Pero me quedan unas horas de viaje y la verdad de un hospital.

p.d. La espléndida foto es de Mari MAHR. Si buscan, encontrarán la suya. Nos gusta tanto que estamos pensando ponerle su nombre a una de nuestras calles en esta rua.
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